sábado, 27 de octubre de 2018

De correctores voluptuosos y demiurgos


Dijo el corrector, Sí, el nombre de este signo es deleátur, se usa cuando necesitamos suprimir y borrar, la misma palabra lo dice, y tanto más vale para letras sueltas que para palabras completas. Esta es la primera frase de Raimundo Silva en Historia del cerco de Lisboa, de José Saramago. Corrige textos para una editorial de Lisboa, pero es autónomo, afortunadamente trabaja en casa y dispone de su tiempo. Tiene Raimundo Silva el hábito higiénico de concederse a sí mismo un día de libertad cuando termina la corrección de un libro. Es como un desahogo, dice él, una purga.

Esta mañana ha salido luego de entregar una corrección, pero no una corrección cualquiera: ha modificado un texto de historia de tal forma que ha cambiado el relato del cerco de Lisboa. Raimundo ha roto el código deontológico no escrito que pauta la relación del corrector en relación con las ideas y opiniones de los autores. Sin embargo, antes de que todo estalle, se sienta en una mesa de la confitería A Graciosa, con el manuscrito del libro que acaba de corregir. Saca unas páginas y lo lee. La confitería, la cafetería, el restaurante… lugares donde trabajan muchas veces los correctores. Junto a una taza de café dejan que pasen las horas mientras, en su computadora portátil o en los manuscritos, realizan esa labor de dar sentido a un texto, de ordenarlo para que quien lee pueda hacerlo con tranquilidad. Este café imaginario, que puede estar en cualquier esquina de Quito, Lima, Montevideo, Buenos Aires, Madrid, Barcelona, Caracas… nos convoca esta tarde a conversar sobre la corrección de textos.

Todos quienes compartimos esta mesa llevamos en la corrección por lo menos una década, nos han juntado congresos, trabajos, talleres… somos colegas de aquí y de allá; diría que más que colegas: cómplices y amigos. Cuando nos preguntamos sobre nuestra profesión, las respuestas surgen raudas, naturales. Nuria Gómez Belart vive en Buenos Aires y es correctora desde finales de los noventa. “La corrección es una forma de vida”, dice mientras bebe un sorbo de té. “También es un juego, donde hay que descubrir errores, y es un arte, donde hay que pulir los detalles de las obras que otras personas escribieron”. 

Andrea Torres, de Quito, suelta una frase que nos deja pensando: “Los correctores somos lectores que redimen”, y añade: “somos lectores especializados y expertos en la lengua; somos, no solo correctores, sino asesores lingüísticos”. Todos asentimos, pues nos identificamos: nuestra labor se ha convertido en una suerte de asesoría lingüística. Ya no solo consiste en corregir las erratas de un texto, sino en acompañar al autor, desde el aspecto lingüístico, para que su documento sea limpio y legible. Raimundo, desde su mesa, detiene su lectura: En lo más secreto de nuestras almas secretas, nosotros, los correctores, somos voluptuosos y esta voluptuosidad de la que habla con tanto desparpajo nos permite acercarnos a los lectores y tratar de mirar dentro de su alma. María Ester Capurro, de Buenos Aires, observa en silencio, piensa que necesitamos volver a la corrección gourmet, esa que se relaciona con el autor, que lo escucha y que lo asesora.

La corrección es uno de los eslabones indispensables de la cadena editorial. Mientras ceba un mate, Pilar Chargoñia, nuestra colega de Montevideo, lo resume así: “Cuando cada uno de los actores editoriales está formado para la tarea que se le pide, trabajar en la edición de las publicaciones es un verdadero placer: hacer buenos libros para los buenos lectores. No hay nada mejor”. Los correctores no trabajamos solos, lo hacemos con editores, diagramadores, diseñadores y, por supuesto (algunas veces), directamente con el autor. En este equipo editorial, el objetivo siempre es el lector. Por eso, una de las mayores satisfacciones de nuestro trabajo es ofrecerle un buen producto. 

Oscar Carrasco es limeño y, además de corrector, escritor de literatura juvenil. “Yo amo los libros”, nos dice, “y lo que más me satisface de la corrección es contribuir a hacerlos”. Gabriela Vargas, coterránea de Oscar, coincide con él: “Lo que me gusta más de esta profesión es ver el trabajo terminado. Es un orgullo saber que mi trabajo ha contribuido para que ese agente comunicacional pueda decir, cambiar planes o afianzarlos, y regalar conocimiento nuevo”. Para María Ester, este trabajo es especial: “Me da placer el hecho de tener un texto delante y enfrentar el desafío de mejorarlo”. Y Sofía Rodríguez, también de Lima, añade: “Me gusta mucho el trabajo terminado, también las dudas resueltas. Me emociona ser la primera lectora; me hace feliz aprender algo nuevo con cada trabajo”.  “Ese primer encuentro con el libro y la revista”, dice también la argentina Carolina Tosi, “es un placer inexplicable”. Somos voluptuosos, piensa Raimundo mientras nos mira.

Aparte de la satisfacción de entregar un trabajo bien hecho, la corrección nos reporta satisfacciones personales. Ricardo Tavares, de Caracas, nos confiesa que gracias a esta profesión se convirtió en un “mejor lingüista”, pues la corrección le ha “cambiado la vida” y le ha ayudado a ver nuevas perspectivas lingüísticas en su trabajo. También confiesa que una de las cosas que más le gusta de la profesión es la glocalidad, “actuar local en un contexto local”. Esto nos permite trabajar desde cualquier lugar del mundo para clientes de cualquier lugar del mundo. Todos trabajamos desde nuestras ciudades, pero eso no nos impide revisar textos de otros lugares, como Panamá o España, en el caso de Ricardo. 

Alberto Gómez Font, de Madrid, quien no se considera un “corrector al uso”, nos cuenta, mientras se sirve un martini (además de filólogo, Alberto es barman), que cuando trabajó en la agencia Efe, desde los ochenta hasta la primera década de los dos mil, el principal trabajo del Departamento de Español Urgente (que luego se convirtió en la Fundéu) era cuidar que los textos se presentaran en un español inteligible para todos los confines hispanohablantes; glocalidad en su máxima expresión. 

Amelia Padilla vive en Barcelona y, junto con Alberto, es, de todos nosotros, quien más tiempo se ha dedicado a esta profesión: más de treinta años. Ella, que empezó a corregir cuando todo se hacía en papel, nos cuenta: “Me gusta mi profesión, a la que no le es ajena una cierta vocación, y me vuelco en cada texto con la misma ilusión del primer día, con el afán de mejorarlo en la medida de lo posible; intento aprender algo cada día, así como evitar caer en la rutina”.

Llevamos horas hablando sobre nuestra profesión, nos sentimos hermanados en esa tarea a la que hemos llegado, casi siempre, por ‘caminos culebreros’. Gabriela nos cuenta que ella empezó a corregir porque se enfermó el corrector principal de la editorial donde trabajaba. Andrea dice que todo empezó “por necesidad y un golpe de suerte”, pues un amigo le pidió que revisara su tesis y, años más tarde, le contrató para revisar unos libros. María Ester es traductora, pero también se decantó por la corrección. Para Nuria la corrección fue una salida rebelde a la carrera de Secretariado en la que le matriculó su papá para que no estudiara Historia. Oscar optó por el mundo editorial porque no soportaba dedicarse a la docencia. Alberto aprendió de manera autodidacta. Amelia siguió unos cursos en una editorial, donde luego se quedó más de una década. Yo empecé como correctora cuando en un periódico, con la intención de ‘ascender a periodista’, y me apasioné tanto que esta profesión se convirtió en mi placer y sustento. Pilar y Carolina hicieron la carrera de docentes en Letras. En fin, todos llegamos a esta profesión por alguna casualidad maravillosa (o “causalidad”, como me corrige María Ester).

“Sin embargo, no todo es coser y cantar”, nos dice Amelia y todos asentimos. Es que si bien la corrección tiene innumerables satisfacciones, también tiene dificultades. Una de las principales es que los correctores no escapamos a la crisis económica que afecta a todos los países, en mayor o en menor medida. “La realidad actual, en España, pasa por la crisis mundial económica que nos ha afectado de pleno y que ha motivado que algunos sectores hayan recortado algunos procesos, en los que los correctores hemos visto mermada la demanda de nuestros servicios”, nos cuenta Amelia. María Ester comenta que en Argentina la situación es complicada; igual que en Ecuador. 

Sin embargo, el caso más complicado es el de Venezuela, donde la corrección se encuentra determinada por la grave crisis que afronta el país: “Por una parte, cada vez se cierran más espacios laborales tradicionales, pues la baja demanda de productos editoriales en papel y su elevado costo de producción desestimula mantener operativas a las empresas de este ramo. Por otra parte, presupuestar un proyecto de corrección en un contexto de hiperinflación es harto complicado, pues lograr que el cliente acepte el costo de los honorarios profesionales y sobre todo que lo pague con prontitud es toda una carrera contra el tiempo. En caso de tener un trabajo para una editorial, la presión sobre el cumplimiento de los plazos es aún mayor, porque las imprentas ofrecen presupuestos de muy corta vigencia. Otra dificultad, mucho más acentuada en el interior del país, son las constantes fallas de energía eléctrica y de conexión a internet. Limita mucho el trabajo, pues todo se hace a computadora”. Todos nos quedamos en silencio…

Aparte de la crisis económica, tenemos otras dificultades, como la poca valoración que todavía sufre nuestra profesión, que incide, sobre todo, en la baja remuneración. Gabriela resume esta realidad, que es la misma en Perú como en el resto de nuestros países: “Lo que más frena a la profesión en el Perú, es que la mayoría no le da tanta importancia. Por eso ofrecen bajos sueldos y los independientes enviamos muchos presupuestos y casi ninguno es aceptado. Estar mal pagado tiene consecuencias. Una de ellas es no poder acceder a capacitaciones, actualizaciones, congresos, etcétera, aparte de lo que exige vivir. Otro ejemplo de lo que sucede aquí es que cada vez hay más improvisados que toman el papel de “corrector de textos”, cobran menos de la mitad de lo justo y consiguen los trabajos (quién sabe cómo dejan los encargos)”. Y, justamente, uno de los problemas que genera esta proliferación de “improvisados” es el hecho de que en muchos países, como Ecuador, todavía no exista una educación formal en corrección de textos. Por fortuna, en Venezuela, Argentina, España y Uruguay, sí la hay, cuentan nuestros colegas.

Pilar nos pincha el globo a todos, que atribuimos nuestras tribulaciones a causas ajenas. “Los correctores también tenemos carencias”, nos dice, y enumera tres: “La falta de conocimiento normativo, la falta de comprensión lectora y la falta de una cultura mínima”. Los que estamos en la mesa bajamos la mirada, sabemos que no sufrimos de esas carencias, pero estamos conscientes de que todavía hay mucho que hacer en la corrección de textos, y ese mucho que hacer pasa por la formación constante, la actualización, la capacitación, y, claro, la apertura de estos espacios para conversar sobre nuestra profesión, nuestros retos, satisfacciones y dificultades. 

Aun así, todos amamos nuestra profesión, incluso Raimundo, que, aunque hojea el texto que acaba de corregir (e invadir), no ha dejado de estar atento a lo que sucede en nuestra mesa. Sin embargo, se acerca y, con una actitud de demiurgo, nos dice: Los correctores, si pudieran, si no estuviesen atados de pies y manos por un conjunto de prohibiciones más impositivo que el código penal, sabrían mudar la faz del mundo, implantar el reino de la felicidad universal, dando de beber a quien tiene sed, de comer a quien tiene hambre, paz a los que viven agitados, alegría a los tristes, compañía a los solitarios, esperanza a quien la tenga perdida, por no hablar ya de la fácil liquidación de miserias y crímenes, porque todo lo harían con un simple cambio de palabras…

martes, 25 de septiembre de 2018

Los cambios en la lengua como una cuestión pública


Hace un par de semanas se suscitó una polémica en España porque se comentó que el Gobierno solicitaría a la Real Academia Española que revisara la Constitución del país y la adecuara a un lenguaje inclusivo. Es interesante el debate que esto ha armado, pues, por un lado, se encuentran quienes apoyan que los documentos oficiales, sobre todo, estén escritos en un lenguaje inclusivo, que no solo evidencie la presencia femenina y de otros géneros entre la ciudadanía sino la de todas las llamadas minorías. Por otro lado, se encuentran quienes defienden a capa y espada el statu quo en la lengua, y recurren al hecho de que el masculino sea el género marcado en el español.

Los grupos que defienden el statu quo afirman que la lengua ya cuenta con los géneros definidos y que tratar de incluir un tercer género atentaría contra el sistema de la lengua, pues no solamente se trata de cambiar una letra en sustantivos y adjetivos, sino de pensar en cambios estructurales que afectan a todo el sistema. Esto es obvio, pues no se trata solo de un cambio en el léxico, sino de cambios morfológicos que serán mucho más complejos de asimilar. El incluir un género neutro, por ejemplo introduciendo la letra ‘e’, es más complicado  que cambiar acepciones en el diccionario. Y ya vemos que lograr que la RAE haga cambios en este aspecto es algo muy peliagudo. Sin embargo, hay que empezar por algo y, al parecer, este tema no va a detenerse porque la RAE lo ignore o porque los gobiernos se pronuncien al respecto (por ejemplo, en Francia, el Gobierno se manifestó contra el lenguaje inclusivo).

Otro argumento que esgrimen quienes defienden que la lengua permanezca como está es que  ya existen dentro de esta fórmulas que permiten evidenciar que no es sexista ni oculta a las minorías. Se han generado textos académicos sobre el tema, como el informe que Ignacio Bosque redactó para la RAE en 2012, en el que analiza varias guías de lenguaje no sexista, y, al final, llega a la conclusión de que no es necesario hacer un cambio en la lengua. También se ha tachado a todos estos cambios de ‘novelerías’ o se ha tratado de minimizar cualquier lucha en el campo lingüístico, son argumentos lingüísticos, por supuesto. El problema es que no solo se trata de un asunto gramatical o léxico; se trata de una cuestión pública, de las demandas de grupos que han sido eternamente minorizados.

La cuestión es que la lengua no le pertenece a un gobierno ni a una institución, pertenece a quien la usa. Si bien todas las lenguas cuentan con normas internas que la regulan y la encauzan, estas pueden modificarse. El debate sobre el lenguaje inclusivo es una muestra de que la lengua está en constante movimiento, y que quienes la usamos podemos intervenir sobre ella, proponer y generar modificaciones que evidencien los cambios y las luchas sociales. Debemos ver que esta lucha no es una ‘novelería’, independientemente de qué letra se imponga en las terminaciones, es una cuestión pública y política en la que lengua juega un papel importante. Y me parece una suerte que seamos parte de este debate, porque decídase lo que se decida se está generando un cambio de conciencia.


La educación intercultural bilingüe y las relaciones diglósicas


Cuando nos encontramos en contextos interculturales, como el ecuatoriano, surge la duda de hasta qué punto se practica la interculturalidad, o es un instrumento funcional que sirve para legitimar y naturalizar las hegemonías. A lo largo de la historia, encontramos ejemplos que dan cuenta de que conceptos como interculturalidad, diversidad o pluralidad se han utilizado como mecanismos para disfrazar prácticas de dominación a las mismas comunidades a las que se pretende ‘revitalizar’, integrar y proteger. En el caso de la lengua, varios grupos colonizadores usaron las lenguas autóctonas para legitimar su poder; como sucedió con la colonización española, que se valió de traducciones de la Biblia a las lenguas autóctonas para dominar a los colonizados. Aun hoy, muchos siglos más tarde, seguimos siendo testigos de este tipo de prácticas, tal vez más sutiles pero igual de ‘eficaces’.



En la educación intercultural bilingüe (EIB) se pueden observar rasgos que indican que la interculturalidad es una práctica y un concepto que muchas veces se queda en el papel. Sabemos que el castellano es la lengua oficial de nuestro país, y que esta, el kichwa y el shuar son reconocidas en la Constitución como lenguas de relación intercultural. Las otras lenguas ancestrales son de uso oficial en su territorio de influencia. Pese al plurilingüismo del país, al ser el castellano el idioma oficial, todos los documentos oficiales deben expresarse en esta lengua. El hecho de que el castellano, el kichwa y el shuar sean lenguas de relación intercultural implica que cuando se apliquen normas relacionadas con la interculturalidad, estas se contrasten. En la EIB, este ‘bilingüismo’ implicará al castellano, como lengua oficial, y a otra de las lenguas de relación intercultural. En el artículo 347 de la Constitución, se establece que dentro del sistema de EIB, la lengua de la nacionalidad es la principal, mientras el castellano será la segunda lengua de relación intercultural. Es decir, aunque el castellano no sea el idioma principal, todos los aprendizajes deberán pasar por su tamiz. Esto ubica a las lenguas en una relación diglósica.


En la EIB se contempla el estudio de dos currículos paralelos de lengua y literatura: uno que se imparte en castellano y otro, el de Lengua y Literatura de la Nacionalidad, impartido en la lengua de las comunidades. Aunque ambos se basen en un enfoque comunicativo, en el que la lengua es un elemento funcional que forma usuarios competentes que puedan comunicarse de manera oral y escrita, al comparar varios pasajes se nota esta relación diglósica de las lenguas. Por un lado, el castellano sirve como lengua funcional, para desenvolverse en el mundo, y, por otro, la lengua de la nacionalidad sirve para revitalizar las culturas, no se llega totalmente a su funcionalidad. Este es un caso muy claro en el que la interculturalidad no alcanza a la realidad del país. Esperemos que ahora, que se está revitalizando la EIB, se considere a las lenguas y a sus usuarios en los mismos niveles.



Reubicar al ser ecuatoriano, una tarea de todos


Esta semana se celebró en Guayaquil el vigésimo Congreso de la Asociación de Ecuatorianistas, con el tema ‘(Re)ubicando el ser ecuatoriano’. En este congreso, que se efectúa cada año en diversas ciudades del país, participan estudiosos e intelectuales que discuten acerca de varios temas que se relacionan con la ecuatorianidad y, sobre todo, cómo nos vemos desde los distintos espacios culturales. Los temas de las ponencias tienen que ver especialmente con la literatura, con cómo se construye ese ser ecuatoriano desde las letras, desde la ficción, desde los estudios sobre nosotros mismos. Y a la vez es un diálogo con otras latitudes, con otros espacios en los que nos reflejamos y en los que se habla sobre nosotros.

La Asociación de Ecuatorianistas surgió en EE.UU., con la intención de reunir a los investigadores ecuatorianos que trabajan en las universidades de ese país, en el campo de la literatura y las artes. La idea era crear foros que permitieran el intercambio de información, tanto dentro como fuera del país. Estas redes que se crean permiten compartir los conocimientos, dar a conocer los trabajos que se efectúan, las investigaciones, así como promover nuevos estudios interdisciplinares y difundir lo que se hace en Ecuador. En la actualidad no solo forman parte de la Asociación quienes residen en el exterior, sino varios investigadores que han participado en los congresos y han contribuido a la discusión sobre el ser ecuatoriano.

Los temas del Congreso de la Asociación de Ecuatorianistas son muy variados, en cuanto abarcan varias etapas de la literatura y la cultura ecuatoriana. Es destacable, por ejemplo, el espacio que se da a nuevas lecturas de los autores de la generación del 30 de nuestro país. Se revisan obras de los autores indigenistas, de los miembros del grupo de Guayaquil, hay varios espacios dedicados a releer la obra de Pablo Palacio… Es interesante esta (re)ubicación del ser ecuatoriano desde estos autores que marcaron una etapa importante en nuestra literatura, sobre todo porque a partir de esta generación la literatura nacional empezó a mirar hacia adentro y a pensarse como ecuatoriana, ya sea desde la denuncia de la explotación de los desposeídos por parte de los terratenientes, la iglesia o el poder político, o desde una nueva manera de hacer literatura.

También se ponen en diálogo las nuevas escrituras con los autores canónicos de nuestra literatura y de la literatura extranjera. Se plantean revisiones a la luz de nuestra realidad actual. Asimismo, se da espacio a la ciencia ficción y a nuevas voces, ya sea desde la periferia o desde la academia. Los congresos como este siempre son una buena noticia porque nos acercan al pensamiento de otros, a las diversas formas de afrontar una obra o una manifestación cultural, nos pone frente al espejo, y hace que nos pensemos hacia adentro y hacia afuera. Estas iniciativas deben diseminarse y también compartirse; es importante que los diversos estudios circulen y se discutan, pues eso ayuda a pensar sobre nuestra identidad.


Las dificultades y los retos de los profesionales de la edición

Hace unos días, una exalumna me escribió para pedirme que revisara un texto que había escrito y lo necesitaba de urgencia, “es corto”, me decía, a manera de excusa. También me llamó un señor que necesitaba que alguien corrigiera su ‘librito’, pero me advirtió que no tenía mucho presupuesto; revisé la primera página y tiene más de cincuenta errores. Varias veces me han llamado amigos para pedirme que les enviara cotizaciones para trabajos de edición o corrección y, días más tarde, he descubierto que ellos necesitaban saber cuánto se cobraba porque estaba iniciándose la tarea. Hace poco, una universidad me ofreció un trabajo en el que pagaban menos de la mitad (¡menos de la mitad!) de lo que se paga normalmente a un corrector, resaltando que, aunque son conscientes de que no pagan mucho, el prestigio de trabajar para la institución lo valía. Estas son unas pocas historias con las que me he enfrentado durante las dos décadas que llevo en la corrección y en la edición. Y no solo me pasan a mí ni a los correctores; esto es bastante común entre los profesionales de la edición: editores, traductores, diseñadores, ilustradores, autores, etc.   

Parece que se pensaría que trabajar con un texto, en cualquiera de sus niveles, es solo cuestión de ‘echarle un ojo’, cuando no es así. Cada uno de los profesionales de la edición (de los profesionales, recalco, no de los improvisados) ha tenido que invertir mucho en su carrera. Con inversión me refiero al dinero invertido en estudios formales, en capacitación y en actualización; al tiempo que esto ha demandado, y a todo el trabajo para conseguir experiencia y experticia. Hay esa falsa idea de que corregir, traducir, editar o diseñar son algo así como un ‘pasatiempo’ para nosotros; se cree que si pasas todo el día leyendo o en la computadora ‘haciendo dibujitos’, cinco minutos de revisar un texto son nada. 

Seguramente esas mismas personas no hacen su trabajo gratis. No se atreverían tampoco a pedirle a un cirujano que, ya que abrió el cuerpo del paciente para operar el corazón, les ‘eche un ojo’ al hígado y a los pulmones; o a un arquitecto, que ya que hizo los planos para una casa, de una vez diseñe una bodega sin cobrar más. Creo que hace falta tomar conciencia de que trabajar con textos es igual de importante para nuestra sociedad que trabajar con cualquier otro tipo de objetos. Los libros, y los textos en general, cumplen, casi siempre, una función educativa fundamental para nuestro desarrollo como sociedad; de ahí nuestra importancia.

Sin embargo, a veces esta subvaloración del trabajo de las profesiones relacionadas con la edición no solo surge de afuera, sino de adentro, de los mismos profesionales que no son conscientes de su importancia. Esto genera una competencia desleal que va en detrimento de la valoración de todos sus colegas. Me parece que, ahora más que nunca, es importante que unirse y plantear propuestas conjuntas para que se valoren nuestras profesiones. Es necesario insistir a las universidades y a las instituciones educativas para que se abran opciones de carreras y de capacitación, y también trabajar en equipo para diseñar perfiles profesionales que nos permitan exigir un trato y un pago justo. Hay que valorar nuestras tareas para que nunca, nadie más, confunda ‘echar un ojito’ con trabajar seriamente.

El terror de la página en blanco y la estructuración de las ideas


Uno de los mayores terrores que afronta quien empieza a escribir, sea novato o experimentado, es la hoja en blanco. Muchas veces resulta angustioso mirar titilar el cursor, si escribimos en la computadora, u observar la hoja de papel vacía, inmaculada. Cuesta empezar, y cuesta, sobre todo, porque cuando empezamos a escribir a veces no sabemos exactamente qué vamos a decir. Tenemos una idea vaga en nuestra cabeza, acaso el tema o dos puntos importantes, pero no hemos pensado en el texto antes de volcarlo a la página. Por esto ocurren muchos problemas de redacción, ya que al tener una idea poco clara de qué queremos escribir, nos lanzamos a decir todo lo que se nos ocurre sobre el tema que escogimos y lo hacemos de una manera desordenada. A la hora de escribir, por lo tanto, es importante planificar el texto y estructurar previamente las ideas que abarcará.

Cuando trabajo en clases de redacción, uno de los ejercicios consiste, precisamente, en ordenar las ideas para escribir un texto. El ejercicio parte de la redacción de una tesis, que no es más que una oración con una idea principal y tres secundarias que la apoyan. La idea principal refleja la intencionalidad del texto (argumentativo, contrastivo, descriptivo, etc.) y las ideas secundarias son los argumentos, ideas, descripciones, etc., que refuerzan esa intencionalidad. El ejercicio parece fácil, pero cuesta bastante, porque se complica encontrar solo tres ideas que apoyen a la principal. Y cuesta también encontrar una idea principal alrededor de la cual gire el resto. También es difícil ‘dejar ir’ otros asuntos relacionados con el tema principal, que nos parecen igual de importantes. Para empezar a escribir un texto, debemos tener claro, entonces, sobre qué hablaremos y cómo restringiremos el tema. Con esta oración base de cualquier texto, la idea queda delimitada y la página vacía empieza a llenarse de ideas ordenadas e importantes.

Otro ejercicio que propongo es escribir un esquema del texto. Con la oración de tesis bien delimitada esto es más fácil, pues simplemente se toman las ideas secundarias y se buscan otras ideas que las sostengan. Con tres o cuatro ideas que sostengan a cada una de las secundarias, tenemos ya estructurado un párrafo. Los párrafos, como sabemos, son un conjunto de oraciones que sostienen una idea principal. En este ejercicio también suele ser complicado ‘dejar ir’ a ideas que pueden ser interesantes, pero no aportan suficientemente al texto que queremos redactar. Hay otros ejercicios, como hacer una lluvia de ideas, servirnos de esquemas gráficos para discriminar lo principal y lo secundario, dejar los textos reposar, etc. Lo importante es buscar una manera de estructurar nuestro texto antes de volcarlo a la página en blanco.

Si tenemos idea de lo que vamos a decir, la página en blanco nos resulta menos terrorífica, y nuestros textos resultarán más interesantes y ordenados. Hay una frase del escritor del Siglo de Oro Baltasar Gracián que funciona como una máxima para la escritura: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Cuando nos enfrentamos con una página en blanco es bueno tener esta frase en mente, sobre todo porque en el momento de estructurar las ideas que vamos a comunicar a nuestro lector, escribiremos solo lo importante, lo que aporte, y dejaremos de lado aquello que corte el ritmo, que no brinde información necesaria o que esté de relleno.

El impulso a la cultura, un reto nacional


La semana pasada, en Quito, se llevó a cabo en la Universidad Católica (PUCE) la 51 edición de la Feria del Libro. Esta es, tal vez, una de las ferias más antiguas de nuestro país. En ella se efectuaron varias mesas de discusión, presentaciones de libros, entrevistas, talleres y mucho más. Estuvieron presentes varias editoriales y librerías, independientes y sobre todo de la ciudad. Fue una fiesta, como tiene que ser toda feria que celebre al libro y a la lectura. Afortunadamente, esta no es la única feria ni la única ventana que se abre para las letras en nuestro país. Cada vez son más las iniciativas que impulsan el que se discuta y se comparta acerca de las diversas labores que rodean al libro. Aunque, todavía, sigue tratándose de espacios y de proyectos que cuentan con poca difusión y un público acotado.

Durante los últimos años, se han fortalecido las ferias del libro organizadas por universidades, entre las que se destacan la mencionada de la PUCE o la Libre Libro de la Universidad de las Artes. Y también han ganado fuerza aquellas regionales organizadas por iniciativa gubernamental o privada, como las de Quito y de Guayaquil. Asimismo, ha aumentado la oferta editorial, sobre todo de editoriales literarias independientes y universitarias. Hay una oferta muy amplia de libros, algunos de muy buena calidad en cuanto a contenido como a presentación. Igualmente, se abren nuevas librerías y centros culturales que apuestan por brindar espacios alternativos, que promueven debates, talleres, incluso micrófonos abiertos para que el que quiera comparta sus creaciones. Sin embargo, aunque estos espacios proliferan, no convocan a un público masivo, pues parece que todavía se cree que la cultura está reservada a ‘las personas de letras’.

Esto se debe, sobre todo, a que la difusión de estos espacios se da por el boca a boca. Salvo las grandes ferias o las grandes editoriales, que cuentan con un presupuesto para difusión, la mayoría de iniciativas se difunden apenas por redes sociales o cuentan, si tienen suerte, con un espacio diminuto e insuficiente en los medios masivos. Parece que si bien la oferta aumenta, no encuentra un impulso. Una muestra de esto es que el círculo se restringe casi siempre a los mismos nombres y a los mismos autores y actores, o quizá a grupos pequeños de ‘habitúes’, lo que convierte a muchas iniciativas en fuegos que se apagan con facilidad. Hace falta una mayor difusión y un compromiso desinteresado de quienes están a cargo de los grandes espacios para hacerse eco de iniciativas que contribuyen al crecimiento como sociedad.

Deben darse a conocer las iniciativas, crear asociaciones de actores culturales que puedan llegar a espacios más grandes, dejar de lado el ego y abrirse a otras manifestaciones enriquecedoras y válidas. También es necesario que se abran espacios de creación, como talleres y concursos para que los interesados puedan participar sin miedo. Debemos hacer esfuerzos para que los buenos ejemplos se difundan porque una sociedad sin arte, sin espacios culturales, sin creatividad y sin memoria camina en círculos y no va a ninguna parte.

Las falencias de la edición universitaria en Ecuador


En los últimos años, sobre todo a raíz la Ley Orgánica de Educación de Superior, las universidades ecuatorianas han aumentado su producción editorial. No es que antes no publicaran textos (especialmente en las instituciones de posgrado), sino que con la Ley esto se volvió indispensable, pues garantiza una mejor evaluación. Además, publicar es uno de los requisitos indispensables y de las obligaciones que debe cumplir un profesor universitario de tiempo completo. Por esto, en los últimos años, ha habido un crecimiento exponencial de las publicaciones y las editoriales universitarias. Esto debería ser una buena noticia y un indicador de que la producción editorial académica está despegando muy bien en nuestro país. Sin embargo, cabe preguntarse si lo que se publica es relevante, si tiene calidad, si aporta al conocimiento, si los canales de distribución son los adecuados, si quienes escriben los libros están preparados para escribirlos...

Lamentablemente, publicar muchos libros no garantiza que sean de calidad. Hay universidades, sobre todo de posgrado, que ya cuentan con una larga trayectoria editorial, con departamentos editoriales consolidados y profesionales, y evaluadores competentes. En estos casos, la producción se mantiene y la calidad es evidente. Sin embargo, muchas otras no cuentan con estas trayectorias y el material que producen deja mucho que desear. He encontrado libros de ‘editoriales universitarias’ cuya presentación es muy mala, parecen diagramados por inexpertos y no cuentan con un estilo académico definido. En varios casos, se nota que los textos no pasaron por los filtros adecuados de edición. Son textos mal escritos, poco rigurosos en cuanto a la investigación, pobres en cuanto a propuesta. En esos momentos, una no solo se pregunta acerca del proceso editorial, sino acerca del proceso de revisión por pares ciegos que exige el Reglamento de Carrera y Escalafón del Profesor e Investigador del Sistema de Educación Superior. ¿En realidad alguien revisa esos textos? Parece que no, que su publicación es una obligación para que la institución se acredite y nada más.

Además de las fallas que tienen las instituciones y sus ‘editoriales’ (insisto, no todas), también está la preparación de los docentes. Muchos no están acostumbrados a producir textos académicos o a investigar. Si bien estas destrezas se adquieren en la vida académica, en varias ocasiones no se lo hace con la debida rigurosidad. Otra razón es que los docentes tienen muy poco tiempo real para investigar y, por lo tanto, producir textos. Para sistematizar en un texto una investigación de calidad se necesitan años y un trabajo en equipo, pero las instituciones y las leyes no garantizan esto. En fin, muchas las costuras se le encuentran aún a la producción editorial universitaria, y quizá para arreglarlas sea necesario revisar las leyes y los reglamentos y, sobre todo, crear conciencia de que la producción no son números sino calidad y seriedad.



La lengua, el cambio, los usuarios y el devenir de la historia

En estas semanas, a raíz de la discusión sobre el aborto seguro y legal en Argentina, han surgido varias discusiones acerca del lenguaje. Palabras y conceptos como feminismo, machismo, concepción, anticoncepción, religión, vida, aborto y muchas más se han pensado y reformulado. Asimismo, la OMS acaba de ‘despatologizar’ la transexualidad, lo que llevará a meditar sobre nuevas maneras de nombrar la realidad de esta identidad sexual. También vimos la tragedia del Aquarius, que obliga a reflexionar acerca de términos como solidaridad, asilo, migración... Hay protestas en muchos países que nos conducen a pensar qué son los gobiernos o la oposición, qué la guerra o las desapariciones. También hay procesos de elecciones que nos ponen frente a palabras como continuidad, terrorismo, Estado, ciudadanía... En el mundo pasan cosas todo el tiempo que nos enfrentan con disyuntivas sobre cómo lograr que todos nos sintamos cómodos al hablar de ellas, para que asimilemos, vivamos y cuestionemos las realidades no solo desde lo político o ideológico, sino también desde lo lingüístico. 

Las palabras, precisamente porque son parte de la historia, siempre están en transformación. Por eso no es raro que ellas se vuelvan el campo de batalla, y su uso suscite largas discusiones y pugnas por el poder de su reino. Sin embargo, estas pugnas resultan incluso risibles e infructuosas porque en el devenir de la historia el uso dicta la última palabra. Es necesario que existan instituciones que normen y regulen la lengua, pero estas no son palabra sagrada. El usuario es quien discrimina las voces, los usos, las connotaciones. Quien está inmerso en el manejo constante de la lengua, desde la calle o desde la plaza, moldea la lengua hasta que las instituciones normativas no tengan otro remedio que fijarlas. Ha pasado siempre durante la historia de nuestras civilizaciones y seguirá pasando. Seguramente siempre habrá alguien que no esté de acuerdo y que pugnará por seguir transformando la lengua. Bendita y maravillosa mutación.

Con las palabras pasan cosas curiosas: adquieren nuevas connotaciones; están quietas esperando una coyuntura que las movilice; otras veces es necesario crear nuevos términos porque el universo léxico es insuficiente; también puede que estén ahí hiriéndonos pero sean tan naturales que no nos damos cuenta de su violencia, o que el rato menos pensado detone la carga ideológica y política con la que se las ha dotado para darnos cuenta de que están ahí…

En estos momentos de mutación es importante que quienes trabajamos con la lengua estemos muy atentos. Escritores, periodistas, docentes, lexicógrafos, lingüistas, correctores, editores, traductores, filólogos, etc., tenemos que estar alertas a las mutaciones y dar respuestas que encaucen los usos para que los significados no se pierdan. Hoy más que nunca tenemos que pensar acerca de la lengua, estar cerca de los usuarios, ser puentes para que las transformaciones lleguen a buen punto, para que todos podamos hacer de la lengua no solo nuestro campo de batalla sino también nuestro refugio y nuestra respuesta.

El género en la lengua: los cambios se avecinan


En los últimos meses, sobre todo, han tomado fuerza las luchas por cuestiones relacionadas con el género. La lengua no se queda fuera de estas demandas y de las discusiones que suscitan. Como sabemos, el masculino es el género marcado en el español: se usa para referirse a una colectividad en la que se incluyen elementos de ambos géneros, incluso cuando existe una mayoría femenina. Esto no significa que sea un idioma machista. Hay que dejar en claro que las lenguas, en su esencia, no tienen una ideología; sin embargo, quienes sí la tienen somos sus usuarios y dotamos a los usos de diversas características.

El hecho de que el masculino sea el género marcado responde a cuestiones históricas de la lengua misma, relacionadas con sus procesos ‘genealógicos’ y evolutivos. Obviamente, estos van de la mano con los cambios que se operan en las sociedades usuarias, y no podemos negar que nuestras sociedades han sido históricamente patriarcales, machistas, racistas, heteronormativas, etc. Si bien la lengua en sí no es machista, ni racista ni clasista, los usos que se le han dado lo son, por eso, si queremos cambiar a las sociedades también debemos procurar que los procesos lingüísticos vayan de la mano. Estos procesos son mucho más lentos, porque para hacer cambios estructurales en la lengua, es necesario que se obren cambios estructurales en la sociedad, y que estos tengan cierto grado de sedimentación y alcancen las conciencias de las mayorías.

Sin embargo, debe empezarse por algo, y creo que lo que vemos desde hace algunos años en relación con la lengua es una semilla que poco a poco irá dando frutos. Hemos visto cómo, desde la lengua, se han intentado establecer parámetros de visibilización de los diversos géneros. Entre estas propuestas se encuentra el desdoblamiento de géneros; por ejemplo, decir ‘todos los ciudadanos y todas las ciudadanas’, ‘los niños y las niñas’, etc. Si bien esta es una opción muy usada, y la más difundida, presenta problemas en relación con la concordancia, pues llega un momento en que el desdoblamiento resulta engorroso y los enunciados no pueden mantenerse.

También existe la propuesta de usar el femenino como género no marcado en lugar del masculino o en el caso de que la mayoría de elementos de la colectividad sea femenino. Esta, por ejemplo, ha sido la propuesta para nombrar al Consejo de Ministros de España, compuesto por una mayoría de mujeres. Se propone que se lo llame Consejo de Ministras, aunque existan hombres también en el grupo. Esta propuesta es interesante, y las respuestas (incluida la de la RAE) evidenciam cómo nuestra sociedad machista no está preparada para los cambios.

Asimismo, hay propuestas que incluyen el uso de la arroba (@), de la x o de la e en lugar de la marca de género. Creo que la arroba y la x no son una opción que podría sedimentarse, pues se trata de elementos que no calzan fonológicamente. Sin embargo, usar la e como marcador de género neutro es una opción que puede llegar a funcionar en nuestra lengua (que me perdonen los ortodoxos). Lo cierto es que es necesario cambiar los paradigmas y ver más allá; es urgente ser creativos y llevar las luchas hacia todos los campos que las implican. No se trata de modas pasajeras ni de caprichos, se trata de cambios en la forma de vernos y de asumirnos como individuos y como sociedad. Hay que dejar que los cambios de una manera ordenada, pensada, asumida. El camino es largo, pero existe la semilla.

La autopublicación: ventajas y desventajas


Autopublicar se refiere a cuando el mismo autor publica su libro, prescindiendo de los actores de la cadena editorial tradicional. En estos casos, quien decide publicar cumple las funciones de editor, corrector, diagramador y distribuidor. El fenómeno de la autopublicación no es nuevo, lo podemos rastrear desde el inicio de la historia del libro, pues en muchas ocasiones los propios autores han puesto en circulación sus textos, haciéndose cargo de todo el proceso de edición y distribución, algunos con éxito y ganancias, y otros con pérdidas y fracaso rotundo. En la actualidad, con el avance de la tecnología, el fenómeno de la autoedición ha aumentado considerablemente. Cada vez más autores deciden prescindir de la cadena editorial tradicional para publicar sus textos. Como todos los procesos, este tiene ventajas y desventajas.

En primer lugar, las ventajas suelen ser para el autor. Este decide qué publica y cuándo lo hace; se hace cargo del proceso; evalúa los mejores canales de distribución; puede llegar a un público más amplio; elige qué decir y cómo decirlo. Debido a la existencia de muchas plataformas para autopublicar (Amazon es la más grande), el autor ni siquiera necesita imprimir su libro, basta con invertir en la circulación y en la promoción. En muchos casos, los autores que autopublican imprimen sus libros bajo demanda, es decir, solo imprimen el libro cuando el cliente/lector lo solicita. La autopublicación, además, implica una mayor ganancia por derechos de autor, pues quien publica en editoriales tradicionales no suele recibir muchas regalías por sus textos. Otra ventaja de la autopublicación es que, en muchas ocasiones, puede ser una plataforma para que el autor logre posicionarse en el mercado tradicional del libro, pues las editoriales suelen estar a la caza de autores que ya tienen relativa fama como autopublicados.

En relación con las desventajas, la autopublicación puede ser también un arma de doble filo para el mismo autor. Al no pasar por un proceso de evaluación y por los diversos filtros que implica la cadena editorial, puede llegar a publicar algo mediocre. He sido testigo de casos de autores que publican, literalmente, cualquier cosa solo porque piensan que son buenos en lo que hacen. Se admira la autoestima y la confianza en el trabajo de estos autores, pero creo que muchos podrían ahorrarse el bochorno (e incluso el dinero, si publican en papel) si recurrieran a un lector editorial, a un editor o a un corrector de textos. Si bien la autopublicación tiene ventajas, muchas veces solo es producto de la vanidad de los autores; se publica para satisfacer el ego y no se piensa en los lectores.

No existe una fórmula mágica para lograr el éxito con la autopublicación, a algunos autores les resulta un gran negocio y una gran plataforma mientras que a otros no. Además, esta será una tendencia que seguirá aumentando; sin embargo, me parece importante pensar que la cadena editorial no existe por capricho de alguien a quien se le ocurrió crear trabajos, sino porque cada uno de sus actores cumple un papel importante y especializado para lograr que el producto llegue adecuadamente al lector. Tal vez con fenómenos como la autopublicación sea el momento de considerar a la cadena editorial tradicional y dotarla de nuevos matices y nuevas formas de especializarse. Aunque puede ser productivo publicar por cuenta propia, hay que tener cuidado y pensar en que los lectores merecen contenido de calidad.

La diversidad en los géneros académicos


Cuando nos desenvolvemos en el ámbito académico, debemos manejar varios géneros textuales, incluso porque una misma investigación puede originar varios tipos de trabajos, destinados a diversos públicos. Mijail Bajtin, en Estética de la creación verbal, menciona que los géneros son tipos de enunciados que cuentan con rasgos estables; en estos, la información está distribuida de manera similar, por eso los reconocemos. Por ejemplo, en el ámbito académico podemos encontrar diversos géneros: el resumen, el ensayo, la monografía, la tesis, la ponencia, el póster, etc. Cada uno de estos cuenta con particularidades que los diferencian del resto, y quien está inmerso en la academia debe aprender a desenvolverse competentemente en los diversos géneros.

Como dije antes, de una misma investigación académica pueden desprenderse varios géneros. Podemos presentar los avances de ella en una ponencia, escribir una tesis, convertirla en un libro, entregarla como un artículo en una revista indexada, enviar el resumen para un congreso, o incluso salirnos del ámbito académico y preparar un texto para un medio de divulgación. Pero ¿cómo logramos que esta misma investigación se adapte a los diversos géneros? En primer lugar, debemos tener claro cuál es el género en el que vamos a trabajar y cuáles son las particularidades de este. Por ejemplo, un resumen para un congreso no suele tener más de 200 palabras, y en este corto espacio deben condensarse los puntos principales de la investigación, como los antecedentes, objetivos y resultados, además de palabras claves que ayuden a ubicar el resumen dentro de un eje temático. En este género es indispensable que las ideas sean concisas y claras, para que condensen la idea de la investigación.

Cuando queremos convertir este resumen en un nuevo género, como un artículo o una ponencia, deben considerarse otras particularidades. En el artículo debemos tener muy en cuenta el tipo de revista para la que escribimos, su orientación, el tipo de público al que se dirige, el tipo de pares que evaluarán el texto, los índices en los que aparece, etc. En este género es indispensable contar con un marco teórico contundente, una pregunta de investigación novedosa y resultados claros. Estos últimos suelen ser lo más importante. En el género ponencia, en cambio, se debe tener en cuenta el tiempo limitado que tendremos para leerla, que suele ser de 15 a 20 minutos. Esta debe condensar los resultados de nuestro trabajo. Muchas veces se preparan ponencias tan largas, que en el momento de exponer los resultados se cuenta ya con muy poco tiempo y no se los expone adecuadamente.

En muchas ocasiones, las ponencias o los artículos son parte de investigaciones más largas como tesis de maestría o doctorado, o trabajos posdoctorales. En estos, si bien hay mucho más espacio para exponer el marco teórico, las preguntas, las propuestas, los resultados y las conclusiones, es importante ser claros y concisos y, sobre todo, muy rigurosos. En el caso de estos géneros académicos, cuyo objetivo (aparte de demostrar los avances de la investigación) es obtener un título, es necesario condensar los saberes aprendidos durante el ciclo académico y demostrar probidad en el campo elegido. Como vemos, dentro de un mismo campo podemos tener muchas opciones de géneros, lo importante es reconocer sus particularidades, y ser originales, claros y minuciosos al presentar nuestros resultados.

Lo irreal de las fronteras lingüísticas


De vez en cuando aparece en el mundo alguna polémica relacionada con la lengua. Recientemente, se ‘hizo viral’ un video de un estadounidense que reclamaba porque en un restaurante de su país el camarero hablaba en español con otros comensales. El reclamo (exageradamente airado) se daba porque camarero y comensales hablaban, según este señor, una lengua que no era de Estados Unidos, es decir, distinta al inglés. Empecemos anotando que en ese país no existe, en la legalidad, una lengua oficial. Esto quiere decir que ni la Constitución ni las leyes establecen que el inglés sea la lengua nacional de Estados Unidos. Obviamente, en la práctica, se ha convertido en el idioma oficial, pues es el que más se habla, en el que están expresados los documentos oficiales, en fin, es la lengua de la cotidianidad. Este caso del que hablo se hizo famoso porque se ‘viralizó’ en la redes, pero no es el único. Desde siempre los seres humanos hemos convertido a la lengua en un espacio político, un espacio en el que se disputan nuestras presencias y nuestras identidades, el espacio de la independencia y de la memoria.

La lengua no solo es un conjunto de signos. Es lo que nos hace reconocernos y hermanarnos. Seguramente, el hecho de que comensales y camarero hayan hablado en español en aquel restaurante no solo fue una coincidencia feliz para ellos, sino también una manera de alzar la voz, de reconocerse en medio de la diversidad, una decisión personal y política. A través de la historia han sido innumerables las veces en las que la lengua ha estado en el centro de las disputas o de las discusiones, y estas tienen que ver con la oficialidad y la identidad. Los Estados, para afirmarse, han tenido que optar (en la legalidad o en la práctica) por una lengua que aglutine a sus ciudadanos, que los haga reconocibles en la globalidad. Cuando nuestros Estados americanos se crearon, los gobiernos fueron optando por las lenguas que mejor se acomodaban a sus intereses, que fueron las lenguas de los colonizadores. Estos idiomas, entre muchos otros elementos culturales y aglutinantes, permitieron que se fortalecieran los Estados, que se establecieran cadenas, que se tejiera una nueva memoria. Al optar por estas lenguas, se decidió dejar de lado a las lenguas autóctonas, lo que implicó no solamente dejarlas en la oscuridad sino ocultar la cultura. Por suerte, varias de estas lenguas se mantuvieron, aunque siempre ocultas, como lenguas de memoria y rebeldía, y ahora han conseguido un nuevo impulso.

En la actualidad, si bien existen lenguas oficiales en los distintos países, lenguas en las que se narra su historia y sus ciudadanos se comunican, hablar de fronteras lingüísticas resulta absurdo. No podemos prohibir o proscribir a alguien por hablar su lengua fuera de su país o de su región. Es un despropósito pretender silenciar a las lenguas y a las culturas. Lamentablemente sigue pasando, pero estos episodios también son una oportunidad para hermanarnos, para buscar nuestras raíces, para sentirnos orgullosos de ellas, para democratizar la cultura y la comunicación.

El reto de enseñar lengua: creatividad y actualización


Cuando dicto cursos de redacción o de corrección, o asisto a seminarios sobre la lengua, es frecuente encontrar grandes desniveles entre profesionales que deberían tener una alta competencia gramatical y lingüística. Se trata de profesores de lengua, correctores, editores, escritores e incluso investigadores que, en muchas ocasiones, no saben ni siquiera estructurar un párrafo o reconocer los elementos de un enunciado. Varios han estudiado alguna carrera relacionada con la lengua y viven de ella, pero les resulta complicado explicar un concepto con palabras distintas a las que constan en los manuales. Se les dificulta establecer una reflexión metalingüística, y esto me parece muy preocupante; pues si quienes enseñan lengua no están capacitados, ¿cómo aprenden las generaciones que están a nuestro cargo?

Creo que hay dos problemas principales. Uno está relacionado con la manera de aprender lengua (y, por lo tanto, de enseñarla) y el otro es la falta de actualización de los profesionales. En relación con el primer problema, aun en la actualidad se tiende a enseñar lengua de una manera memorística. Los estudiantes memorizan, por ejemplo, todos los tipos de hiato y de diptongo que existen, pero no saben cómo definirlos sin la ‘polla’. Pueden memorizar las preposiciones, y repetirlas al revés y al derecho, pero no entienden la función que cumplen en la oración. Todo es memoria sin reflexión. Para que los estudiantes entiendan bien el funcionamiento de la lengua, es necesario reflexionar acerca de ella, establecer analogías, comprender el orden de los elementos, atreverse a jugar, a experimentar, darse cuenta de que ella está implicada en todas las materias y en todas nuestras realidades. Lamentablemente, los mismos maestros no reflexionan acerca de la lengua y la enseñan de memoria, como ellos mismos aprendieron en su tiempo.

El problema de la actualización se relaciona con el anterior. Existe la tendencia a aprender y a enseñar de memoria, y a quedarse en la zona de confort de los conceptos memorizados. He escuchado de profesores que no conocen las ‘nuevas’ reglas de acentuación de la RAE (pongo nuevas entre comillas, pues se establecieron en 2010). Muchos no saben nombrar a los elementos de los enunciados. Algunos recurren a diccionarios o a gramáticas del siglo pasado. Varios de ellos no pueden leer un diccionario. La mayoría no se atreve a preguntar a los pares y, mucho menos, a entrar a foros virtuales donde se resuelven las dudas más sorprendentes. Es verdad que a Ecuador no llegan muchos de los textos indispensables de consulta, o que estos resultan caros, pero esa no es una excusa válida. Se puede consultar de todo en la web o acudir a bibliotecas que cuentan con el material necesario. La dificultad de acceso no es un pretexto para no actualizarse, al menos si se piensa que no solo se está instruyendo a los estudiantes para que enumeren las preposiciones, sino para que sean competentes en el uso de la lengua, y para que esta competencia los convierta en ciudadanos reflexivos y curiosos.

El silencio, a veces tan necesario y a veces tan cobarde


Se suele decir que el silencio vale más que mil palabras. De hecho, cuando se analizan los discursos y las conversaciones, los silencios y las pausas marcan momentos determinantes que se estudian con mucha atención. Ahí, donde hay un vacío, generalmente se esconde un secreto, una incomodidad, un descontento, una sorpresa, un titubeo, una inseguridad, un cambio de rumbo… El silencio esconde mucho más de lo que imaginamos. Las pausas, largas o cortas, son el indicio de algo que subyace en la profundidad del discurso. Así como las palabras pueden ser sanadoras o hirientes, los silencios también pueden serlo. Un silencio en un momento adecuado se agradece, pero se cuestiona cuando se necesitan palabras, voces, respuestas.

Es conocida aquella expresión de ‘romper el silencio’, y, sí, este siempre es una barrera que, al derrumbarse, genera reacciones que no nos dejan indiferentes; siempre, de alguna forma, se desata el caos. Cuando se quiebra un silencio necesario, de esos que se agradecen, nuestra reacción suele ser de sorpresa, de desconcierto. Por ejemplo, cuando necesitamos estar en paz para pensar, para evaluar diversas situaciones, y ocurre un ruido que despedaza esa paz, solemos quedarnos sin asideros, desubicados, incompletos… Cuando hacemos silencio por nuestros muertos, en las vigilias, cuando los recordamos e intentamos establecer un puente con ellos, y este puente silente se quiebra con voces de irrespeto y falta de solidaridad, sentimos rabia e impotencia. Asimismo, existen esos silencios necesarios, momentos de reflexión y preparación para la lucha, para la protesta, para expresar nuestros descontentos. Silencios dique que necesitan ser despedazados con la fuerza y el ímpetu de nuestra rabia y nuestra inconformidad ante lo injusto.

De la misma manera, existen esos silencios que no hacen bien. Aquellos que nos producen incomodidad, porque en el sitio en que se plantan debería haber una respuesta, una lucha, una protesta, un sí, un no, algo. Esos son los silencios que duelen, inquietan y cuestionan. Por ejemplo, el silencio de los Estados ante las injusticias. El callarse antes miles de muertos y desplazados por guerras, por hambre, por conflictos políticos o religiosos que no les corresponden… El silencio del que no habla cuando debe gritar, que no defiende lo suyo cuando debe hacerlo; el que no da las respuestas y las soluciones contundentes y urgentes; el silencio de los cobardes, de los asesinos y de sus cómplices. Este es un silencio que debe romperse. Ante este, es necesario hacer la mayor cantidad de ruido, desbaratarlo, destruirlo. Para estos silencios cobardes la única respuesta es la valentía, el grito continuado e incómodo, el cuestionamiento, la acción desde todos los frentes.

A veces, callarse es una muestra de respeto y de empatía. Es la mejor manera de decir “aquí estoy, y me solidarizo con tu dolor y con tu rabia”. Sin embargo, otras veces callarse es ser cómplice de las atrocidades y las injusticias, es decir “no me importa tu dolor, me valen tus luchas y tus sufrimientos”. Y para estos últimos la única respuesta contundente es alzar más la voz, para que los sufrimientos incomoden y escuezan, para que generen las respuestas que esperamos.

La lengua, el libro, la lectura: nuestras revoluciones



El 23 de abril es un día especial para la lengua y los libros. La Unesco lo declaró el Día Internacional del Libro, y la ONU, en el Pleno, el Día del Idioma Español y el Día de la Lengua Inglesa. Estas declaraciones se deben a que el 23 de abril de 1616 fallecieron Miguel de Cervantes y William Shakespeare, dos de los grandes genios de la literatura. Hay varios debates acerca de si esta es la fecha exacta en que murieron estos dos escritores, pues se dice que, en realidad, Cervantes murió en las últimas horas del 22 de abril, mientras que la fecha de la muerte de Shakespeare corresponde al calendario juliano, y no al gregoriano. Sin embargo, aunque las fechas no fueran exactas, el 23 de abril es un día de fiesta para el libro y las lenguas de estos dos escritores.

El libro, sin duda, ha acompañado por milenios a la humanidad, si nos remontamos a las planchas de barro que usaban los sumerios y los babilonios. Aunque su historia es milenaria, la creación de la imprenta en Occidente, en el siglo XV, marcó la verdadera revolución tecnológica. En 1440, Johannes Gutenberg inventó la imprenta moderna, que permitió que los libros pudieran producirse de una manera ‘masiva’ para la época, lo que democratizó la lectura y la hizo más accesible a la ciudadanía. Hasta entonces, la lectura estaba reservada únicamente para las élites económicas y culturales, especialmente para la Iglesia y los soberanos. Aunque el primer libro que se produjo con la imprenta de tipos móviles de Gutenberg fue la Biblia (lo que nos indica el poder que tenía la Iglesia), el hecho de que los libros pudieran llegar a una mayor población constituyó un gran adelanto para la divulgación del conocimiento, en la que el protagonista fue el libro.

Pensemos en los innumerables libros han pasado por nuestras manos. La mayoría de nuestras historias seguramente están atravesadas por los ellos, desde aquel que nos leían de pequeños hasta el que tenemos en nuestra mesa de noche o el que leemos a nuestros hijos. Gracias a los libros hemos aprendido a moldear nuestro mundo. Con ellos hemos crecido, a ellos nos remitimos. Son nuestra distracción, nuestro refugio, nuestros compañeros, nuestra fuente de conocimiento. Los libros nos acercan a la historia de la humanidad, juntan a generaciones, pueblos, ideologías. También nos llevan a mundos fantásticos o nos aterrizan en la realidad. Pese a que alguien no se considere un lector asiduo, estoy segura de que recordará un libro; al menos uno habrá marcado un momento de su vida de alguna manera (aunque sea para descubrir que no le gustan los libros).

En la actualidad ya no contamos solamente con el libro impreso, poco a poco las nuevas tecnologías nos acercan a nuevos formatos, pero siempre el libro (impreso o digital) tendrá un espacio en nuestras estanterías (físicas o virtuales). Probablemente Gutenberg, quien murió en bancarrota, no se imaginó el alcance de su revolución; tal vez Shakespeare o Cervantes no imaginaron que sus obras y sus muertes significarían lo que significan para nuestras culturas, pero lo cierto es que sus aportes generaron que ahora celebremos la vida del libro y de la lengua. Sigamos leyendo y cuidando nuestros libros, esa es una gran revolución para nuestros tiempos.

Esta columna fue publicada el 28 de abril de 2018, en la revista CartóNPiedra.

domingo, 22 de abril de 2018

El periodismo valiente que no debemos perder de vista


Estos días han sido muy tristes para el periodismo ecuatoriano. La muerte de tres de nuestros compañeros nos demuestra la vulnerabilidad de todo un sistema, en el que la profesión del periodista es aún más vulnerable, por su función de informarnos, de mostrarnos verdades que nos niega la institucionalidad. En esta ocasión, los hechos rebasan a cualquier palabra que pueda decirse, sobre todo porque quienes más trabajan por acercarnos los hechos a las palabras están amenazados. Ya fuimos testigos de estas amenazas durante todos estos años, y, en general, desde siempre, porque el periodismo (el bueno, por supuesto, el que no responde a los intereses de los dueños de los medios) es una profesión incómoda para el poder. Incómoda porque desenmascara, incómoda porque descubre, incómoda porque cuenta. Y el hecho de que en este caso nuestros compañeros hayan sido tomados como moneda de cambio resulta muy grave y doloroso.

Sin embargo, algo igual de grave que la falta de protección y de seriedad de las instituciones me parecen los comentarios desproporcionados que se desencadenaron, muchas veces desde los mismos colegas, desde gente incapaz de darse cuenta de que, si el azar no era benévolo, pudo estar en la misma situación. Desde que ocurrió el secuestro de nuestros compañeros, aparecieron manifestaciones morbosas e insolidarias que tachaban al secuestro de un montaje. Hubo quienes desacreditaron la gravedad del secuestro y se atrevieron a cuestionar que fuera cierto que nuestros compañeros estaban encadenados, con la vida pendiendo de una decisión, con sus familias desesperadas. Con estas actitudes vemos cómo quien debe usar la palabra para construir, informar y guiar lo hace para calumniar, destruir y hacer mucho más dolorosa la realidad. Vemos también cómo las redes sociales, sobre todo, deben ser usadas con cuidado porque se crean hilos llenos de odio y de desinformación.

También vimos cómo circularon sin ninguna muestra de solidaridad las imágenes de nuestros compañeros. Es verdad que la gente necesita informarse, pero no es posible hacerlo mediante el morbo y la insensibilidad. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y sí, son útiles para develarnos la realidad, pero se vuelven inútiles cuando el fin con el que se las difunde carece de empatía. Pienso, en este punto, en Paúl Rivas, que nos mostró tantas imágenes dolorosas pero que nos condujeron a pensar, a cuestionarnos, a querer cambiar el mundo. Eso es lo que debe hacer la fotografía. No me parece un justo homenaje mostrar todo el tiempo la foto de nuestros compañeros encadenados y, mucho menos, las de sus presuntos cadáveres. Lo único que se logra es que pierdan su valor, que dejen de doler, que se naturalicen; que las imágenes valgan más que la verdadera tragedia. 

El homenaje, sin duda, es seguir trabajando, hacer un periodismo valiente, que informe sin miedo, que devele la realidad, y cree una cadena de respeto, solidaridad, empatía. El homenaje es apoyarse entre todos, no cansarse de contar lo que pasa en el mundo. El homenaje es permanecer en vigilia, estar alertas, exigir seguridad para la profesión y para todos. El homenaje es seguir demostrando la fuerza del periodismo bien hecho. Es usar ese don maravilloso de la palabra y de la imagen para construir un mundo más justo para nuestra generación y las siguientes.


Este artículo se publicó en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 20 de abril de 2018

Ethos, pathos y logos, los secretos de la persuasión


En la retórica aristotélica, que es una de las grandes bases de la argumentación, se plantea que existen tres pruebas para establecer la validez de un argumento: el ethos, el pathos y el logos. El ethos se refiere a cómo se presenta en enunciador del discurso; o sea, todo lo que nos dice de sí mismo, tanto mediante de lo que muestra como de aquello que enuncia. El pathos se refiere a las emociones, a cómo el enunciador logra ‘empatar’ con la audiencia. El logos, en cambio, tiene que ver con el discurso mismo, con la forma de argumentar para que el público apoye la idea de enunciador. Todos estos estamentos han sido tratados ampliamente en el estudio de la argumentación. Aunque no nos demos cuenta, se aplican, en diversas medidas, en cada uno de los discursos que damos, en cada una de las ocasiones en las que intentamos persuadir de algo. No es necesario que se trate de grandes discursos, pueden ser situaciones simples como elegir un lugar donde comer o pedir vacaciones.

El ethos se manifiesta en la persona de quien enuncia el discurso, en la posición que adopta para argumentar, en el lugar desde el que se ubica, siempre pensando en la intención del discurso. Esta persona se apoya en lo que ya se conoce sobre ella, en sus cualidades morales, profesionales, personales. También se apoya en lo que muestra, en su forma de hablar, sus gestos, el modo de presentarse, de dirigirse al público, en su timbre de voz. Para que el mundo ‘éthico’ del enunciador sea convincente, aquello que muestra, lo que dice y lo que es debe concordar perfectamente. Por ejemplo, si alguien a quien se le han demostrado actos de corrupción (ethos mostrado) se presenta como una persona honesta en su discurso (ethos dicho), este carece de coherencia, el argumento no funciona. Cuando se recurre al ethos hay que generar credibilidad; aunque el carisma juegue un papel importante, si el enunciador es carismático pero no convincente, no logrará persuadir a la audiencia.

En relación con el pathos, lo que se pone en juego son las emociones. El enunciador intenta persuadir poniéndose en el lugar del público, generando empatía.  Si el ethos se enfoca en el enunciador, el pathos se enfoca en la audiencia. Es el enunciador el que se pone en los pies de quien lo escucha, el que lo entiende, el que es capaz de resolver sus problemas. El pathos no deja indiferente a la audiencia, puede generar ira, tristeza, solidaridad, compasión, etc. Pero, sobre todo, es importante mostrarse como uno más; por esto, precisamente, los discursos populistas logran calar tan hondo en las audiencias.

El logos, en cambio, tiene que ver con la lógica del argumento, con su estructura, con cómo está construido el discurso para que sea entendido por el público. Para convencer por el logos, el discurso debe ser sencillo, contundente, coherente. No basta con que el enunciador se ponga en los pies del público, aquí es importante que lo que se transmita cale en quien escucha; que cuando se le pregunte sobre qué se trató el discurso, quien lo ha escuchado sepa responder. Como vemos, ethos, pathos y logos están relacionados dentro de los discursos. Por supuesto que unas veces tiene más fuerza uno que otro, pero quien domina el arte de persuadir debe poner atención en estos tres aspectos, que, pese a su antigüedad, no han dejado de estar vigentes.

Este artículo se publicó en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 14 de abril de 2018.

La lengua también dice mucho de nuestras ideologías


Como sabemos, la lengua es el mayor instrumento del que disponemos para comunicarnos. Sin ella sería casi imposible transmitir nuestros sentimientos y pensamientos; sería complicado llegar a acuerdos, construir puentes. Por las palabras pasa todo lo que somos, pasan nuestra historia, nuestra realidad, nuestros sueños, nuestra memoria. Y por las palabras pasa también nuestra ideología, nuestra manera de pensar y de percibir el mundo. Por esto mismo, las palabras que elegimos dicen más de nosotros de lo que podemos imaginar. Muchas veces, también, las usamos para hablar sobre la misma lengua y para dar cuenta de las percepciones que tenemos acerca de ella. Esto se conoce como ‘ideología lingüística’.

Muchas veces, seguramente habremos escuchado este tipo de ideologías acerca de la lengua. Por ejemplo, una ideología lingüística muy común dice que el inglés es la ‘lengua franca’ de la comunicación actual, que quien no conoce y habla este idioma es, prácticamente, un analfabeto funcional. Vemos aquí cómo las ideas preconcebidas que tenemos acerca de la hegemonía política, académica y cultural de Estados Unidos se manifiestan en nuestra percepción de la lengua. Pensamos que para tener acceso a un mejor estatus de vida debemos manejar esta lengua. Lo mismo sucede actualmente con el chino y la ideología lingüística que lo ubica como el idioma del futuro. En tiempos pasados sucedió, por ejemplo, con el francés, y la ideología dominante respecto a este, que lo ubicaba como el un idioma elegante y elitista.

En relación con el español también suelen generarse ideologías, como, por ejemplo, cuando se repite que es la segunda lengua materna más hablada, o cuando se cuestiona su escasa presencia en las publicaciones académicas. También ocurre cuando debatimos acerca de cuál es el mejor español de todas las variantes que se hablan en el mundo. Todas estas percepciones están configuradas por otras maneras más ‘macro’ de ver el mundo, pues evidencian una realidad de tensiones, de los hablantes de una lengua (y ciudadanos) que se disputan hegemonías y buscan posicionar sus realidades a través del idioma. En el caso de las lenguas ancestrales, las ideologías lingüísticas también se hacen patentes. Por ejemplo, al luchar por reivindicar una lengua o al identificarla como un ‘idioma menor’ o inútil que no conduce al progreso.

Las ideologías lingüísticas también se manifiestan en otros campos que no se relacionan con lo regional. Por ejemplo, cuando decimos que el español es un idioma sexista, y cuando se toman decisiones con respecto a esto. Optar, por ejemplo, por escribir la letra ‘e’ en lugar de los marcadores de género es es hacer de la lengua algo más que un instrumento de comunicación, es dotarla de ideología y hacer que transmita nuestra manera de ver el mundo, las luchas, las rebeliones. Por eso, cada vez que hablamos de la lengua, hablamos de lo que somos, de lo que tenemos, de lo que esperamos. Solo que, a veces, nos quedamos en un nivel superficial que nos impide ver el potencial de lo que decimos, o callamos.

Este artículo se publicó en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 7 de abril de 2018


Ante todo el glamur: usemos las palabras para hechizar


Siempre, cuando hablamos de ‘glamur’ o de gente ‘glamurosa’, pensamos en las estrellas de cine o de la farándula, con ropa costosísima, viajes a lugares paradisiacos, fiestas y demás. El glamur se asocia, de cierta forma, con lo superficial o con el encanto inexplicable que emanan algunas personas o lugares. En el Diccionario de la Lengua, esta palabra se define como “encanto sensual que fascina”; sin embargo, el uso que le solemos dar no se limita solo a lo ‘sensual’, sino que tiene más que ver con la fascinación, con el hechizo. Precisamente, esta palabra procede de ese ‘hechizo’.

La etimología de glamur se remonta a los griegos, a la palabra grammatikḗ, que pasó al escocés como grammar y al latín como grammatica. En griego, esta palabra se refiere al arte o técnica de las letras, y este significado se transmitió al resto de lenguas que se nutrieron del griego. Sin embargo, en el escocés grammar mantuvo su sentido, pero también derivó en glamour, relacionada con el hechizo que producen ciertas personas en otras. Luego glamour pasó al francés y desde este al español glamur. Desde que la RAE publicó el Diccionario Panhispánico de Dudas, se sugiere que esta palabra se escriba tal como se pronuncia, así como los adjetivos glamurosa y glamuroso. Es curioso el viaje que hacen las palabras y las múltiples asociaciones que pueden generar en sus trayectos.

La etimología de glamur no deja de ser fascinante, pues el término del que deriva en un inicio, la gramática de los griegos, nos dice mucho también de la palabra, de la lengua. El término griego viene, a su vez de grámma (letra), es decir, el arte de usar las letras. Quien domina el arte de las letras, quien sabe usarlas de manera adecuada, quien comunica una idea correctamente y también quien las maneja de tal forma que puede crear una obra de arte es también un hechicero, es un artista. El dominio de las letras se refiere también a la magia que se genera cuando se las transforma y se crea. Este hechizo y esta atracción indescifrables que se produce provienen de un acto de alquimia, de un saber cómo dar vida a aquello que, aparentemente, es inerte. Por eso no parece extraño, cuando nos remontamos a la etimología, que la creación mediante la palabra tenga algo de glamuroso.

Tal vez a veces nos olvidamos de que las palabras son mágicas, de que con la lengua podemos crear sensaciones tan increíbles que, curiosamente, a veces no pueden ser ni siquiera explicadas con palabras o que pueden ser explicadas con otra creación artística maravillosa. Pero aparte de la creación literaria, que es una manera sublime de aplicar la gramática primigenia, también está esa técnica de saber usarlas adecuadamente. No solo es ‘glamuroso’ quien crea con las palabras sino también quien sabe transmitir ideas con ella de una manera clara y concisa, quien se acerca a la escritura (de cualquier tipo) con el respeto que se merecen las palabras y quienes las reciben, como lectores u oyentes. Sería bueno que cuando pensáramos en escribir o hablar, también pensáramos que estamos creando magia, que usamos un material que, mediante un acto de alquimia cotidiana, se transforma en algo que puede desencadenar una maravilla. Que este sea el momento de quitarle a la palabra glamur lo superficial y volverla a sus inicios, que también consideremos ‘glamuroso’ a lo que puede transmitir la magia de la lengua.

Este texto fue publicado en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 31 de marzo de 2018

Palabras que subyacen: los discursos no son planos, son polifónicos


En los estudios del discurso, la polifonía es un concepto recurrente. Esta se trata de traer al discurso propio otras voces, ya sea para que apoyen nuestros argumentos o para refutarlos y, de esta forma, legitimar lo que afirmamos. Uno de los mayores teóricos de la polifonía es Oswald Ducrot, cuya teoría polifónica de la enunciación es fundamental al estudiar las diversas voces, explícitas o implícitas, que subyacen en un discurso. Sus principales postulados se encuentran en su obra El decir y lo dicho. Ducrot se basó, sobre todo, en los estudios dialógicos de Mijail Bajtin, que postulan que en los textos literarios se establece un diálogo entre quien lo emite y quien lo recibe. Ducrot amplió este estudio a otros tipos de ‘textos’ distintos del literario.

Los estudios de la polifonía son muy interesantes para descubrir, sobre todo, aquello que permanece escondido en los discursos y las diversas estrategias para incorporar en nuestros propios enunciados las palabras de otros; por esto, los discursos son heterogéneos. Esta heterogeneidad se manifiesta de forma explícita o velada, y evidencia diversas intenciones del enunciador. De forma explícita, por ejemplo, la vemos en los discursos reproducidos, aquellos en los que traemos la voz del otro de manera prácticamente literal. En los textos escritos encontramos marcas de estilo directo como comillas, dos puntos para introducir la palabra ajena o verbos ‘del decir’. Asimismo, se manifiesta en el discurso indirecto, aunque no se usen marcas. Aunque pareciera que, al introducir el discurso directo, el enunciador pretende ser neutral, no siempre resulta así. Si bien el discurso se reproduce ‘tal cual’ se enuncia, quien trae al texto este discurso escoge qué se enuncia, entrecomilla lo que conviene para su argumento, contextualiza las frases de acuerdo con su conveniencia.

También existen otras formas más sutiles de heterogeneidad en el discurso. Por ejemplo, las negaciones. Cuando afirmamos que alguien no es apto para tal o cual labor, subyace otro discurso, que estamos refutando, que afirma que ese alguien sí es apto para ese trabajo. Es decir, aunque no lo evidenciemos, existe un discurso contrario al nuestro. Otra forma de este tipo de polifonía son las ironías. Al recurrir a un discurso irónico, el enunciador pone en duda el discurso ajeno, lo ridiculiza, le resta valor. Asimismo, la ironía funciona como un mecanismo para crear en el público una visión sesgada del opositor.

Otro mecanismo polifónico es el uso de los verbos. El condicional de rumor es muy usado por los medios de comunicación para enunciar un discurso de otros. Al usar este tiempo verbal, el enunciador evita hacerse cargo del discurso al que se refiere. Por ejemplo, si se afirma: “El Gobierno elevaría el precio del gas”, se atribuye la responsabilidad del discurso al otro. Como vemos, los discursos no son elementos planos, que solo llevan un mensaje. Es necesario estar atentos a todo lo que nos quieren decir y a las múltiples voces que subyacen en ellos.

Este texto fue publicado en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 24 de marzo de 2018.


Si está llucho, en medio de la cancha y sin cushqui, le interesará esto


La semana pasada revisamos un par de ejemplos de cómo el kichwa ha influenciado en algunas construcciones de nuestra variante del español, sobre todo en lo relacionado a cómo solemos organizar las palabras. Esto se debe, cómo veíamos, a que el kichwa es una lengua con construcción sujeto-objeto-verbo, al contrario del español, que se construye con sujeto-objeto-verbo. Sin embargo, la influencia del kichwa es mucho más cotidiana de lo que pensamos, pues está presente en muchas palabras que usamos. Ahora veremos algunas.

Uno de los términos más comunes que cuenta con influencia directa del kichwa, y que usamos cotidianamente, es cancha. En kichwa, kancha significa ‘fuera’ o ‘patio de juego’, que es el significado más extendido en el español. Sin embargo, cancha, en América se usa para referirse a varios espacios amplios y abiertos. También contamos con expresiones como ‘abrir cancha’ (dejar espacio para que pase algo o alguien) o ‘tener cancha’ (tener experiencia en algo), e incluso nos referimos a alguien experimentado o de carácter extrovertido como ‘canchero’. Como vemos, la influencia del préstamo kichwa kancha ha abierto un considerable campo semántico en el español.

Otras palabras que usamos con frecuencia son guambra y guagua, que proceden de wamra (adolescente, muchacho) y wawa (niño, bebé). También usamos ruco, que procede de ruku (viejo), y que en nuestra variante coloquial se ha extendido incluso para referirse al sueño (echarse una ruca) o al alguien dormido (se quedó ruco). Asimismo, cuando nos referimos a que alguien está desnudo decimos que está ‘llucho’, que procede de lluchu, que en kichwa significa ‘desnudo’ o ‘pobre’. Una palabra similar es wakcha, que significa ‘pobre’, ‘desnudo’, ‘huérfano’, y de aquí procede nuestro guachito de lotería (que es una fracción ‘huérfana’ del entero). Si no le hemos atinado al guachito y andamos sin dinero, solemos decir que no tenemos ‘chusqui’, es decir ‘kullki’, plata o dinero en kichwa.

Si hablamos de familiaridad, tenemos los términos ‘ñaño’ y ‘ñaña’. En este caso, la influencia es interesante, porque en kichwa solo existe la palabra ñaña, que se usa para referirse únicamente a la hermana de una hermana. Esta lengua cuenta con términos distintos para hacer referencia a los diversos tipos de hermandad (hermano de hermano, wawki; hermano de hermana, turi, o hermana de hermano, pani, y ñaña), pero la única que pasó al español fue ñaña, que se usa también como masculino. También solemos utilizar tayta y mama (papá y mamá), sobre todo para referirnos a personas mayores y sabias.

 Otra palabra bastante común y que ha adquirido un amplio campo semántico es chulla. Esta significa ‘impar’ y se usa en este sentido (chulla media, por ejemplo) o para referirse a algo único (chulla vida). También es usado en sentido peyorativo, especialmente hacia las mujeres. Asimismo, se utiliza para referirse al clásico ‘chulla’ quiteño. Al usar chulla como adjetivo, también se puede ver la influencia del kichwa porque siempre lo anteponemos al sustantivo. En el kichwa, al contrario del español, el adjetivo siempre antecede al sustantivo, por eso decimos, por ejemplo, chulla vida y no vida chulla. Estos son unos pocos ejemplos de la influencia del kichwa en nuestro español, hay muchas otras palabras y muchos otros usos, que es muy interesante (y divertido) investigar.

Este texto fue publicado en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 17 de marzo de 2018.