domingo, 22 de abril de 2018

El periodismo valiente que no debemos perder de vista


Estos días han sido muy tristes para el periodismo ecuatoriano. La muerte de tres de nuestros compañeros nos demuestra la vulnerabilidad de todo un sistema, en el que la profesión del periodista es aún más vulnerable, por su función de informarnos, de mostrarnos verdades que nos niega la institucionalidad. En esta ocasión, los hechos rebasan a cualquier palabra que pueda decirse, sobre todo porque quienes más trabajan por acercarnos los hechos a las palabras están amenazados. Ya fuimos testigos de estas amenazas durante todos estos años, y, en general, desde siempre, porque el periodismo (el bueno, por supuesto, el que no responde a los intereses de los dueños de los medios) es una profesión incómoda para el poder. Incómoda porque desenmascara, incómoda porque descubre, incómoda porque cuenta. Y el hecho de que en este caso nuestros compañeros hayan sido tomados como moneda de cambio resulta muy grave y doloroso.

Sin embargo, algo igual de grave que la falta de protección y de seriedad de las instituciones me parecen los comentarios desproporcionados que se desencadenaron, muchas veces desde los mismos colegas, desde gente incapaz de darse cuenta de que, si el azar no era benévolo, pudo estar en la misma situación. Desde que ocurrió el secuestro de nuestros compañeros, aparecieron manifestaciones morbosas e insolidarias que tachaban al secuestro de un montaje. Hubo quienes desacreditaron la gravedad del secuestro y se atrevieron a cuestionar que fuera cierto que nuestros compañeros estaban encadenados, con la vida pendiendo de una decisión, con sus familias desesperadas. Con estas actitudes vemos cómo quien debe usar la palabra para construir, informar y guiar lo hace para calumniar, destruir y hacer mucho más dolorosa la realidad. Vemos también cómo las redes sociales, sobre todo, deben ser usadas con cuidado porque se crean hilos llenos de odio y de desinformación.

También vimos cómo circularon sin ninguna muestra de solidaridad las imágenes de nuestros compañeros. Es verdad que la gente necesita informarse, pero no es posible hacerlo mediante el morbo y la insensibilidad. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y sí, son útiles para develarnos la realidad, pero se vuelven inútiles cuando el fin con el que se las difunde carece de empatía. Pienso, en este punto, en Paúl Rivas, que nos mostró tantas imágenes dolorosas pero que nos condujeron a pensar, a cuestionarnos, a querer cambiar el mundo. Eso es lo que debe hacer la fotografía. No me parece un justo homenaje mostrar todo el tiempo la foto de nuestros compañeros encadenados y, mucho menos, las de sus presuntos cadáveres. Lo único que se logra es que pierdan su valor, que dejen de doler, que se naturalicen; que las imágenes valgan más que la verdadera tragedia. 

El homenaje, sin duda, es seguir trabajando, hacer un periodismo valiente, que informe sin miedo, que devele la realidad, y cree una cadena de respeto, solidaridad, empatía. El homenaje es apoyarse entre todos, no cansarse de contar lo que pasa en el mundo. El homenaje es permanecer en vigilia, estar alertas, exigir seguridad para la profesión y para todos. El homenaje es seguir demostrando la fuerza del periodismo bien hecho. Es usar ese don maravilloso de la palabra y de la imagen para construir un mundo más justo para nuestra generación y las siguientes.


Este artículo se publicó en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 20 de abril de 2018

Ethos, pathos y logos, los secretos de la persuasión


En la retórica aristotélica, que es una de las grandes bases de la argumentación, se plantea que existen tres pruebas para establecer la validez de un argumento: el ethos, el pathos y el logos. El ethos se refiere a cómo se presenta en enunciador del discurso; o sea, todo lo que nos dice de sí mismo, tanto mediante de lo que muestra como de aquello que enuncia. El pathos se refiere a las emociones, a cómo el enunciador logra ‘empatar’ con la audiencia. El logos, en cambio, tiene que ver con el discurso mismo, con la forma de argumentar para que el público apoye la idea de enunciador. Todos estos estamentos han sido tratados ampliamente en el estudio de la argumentación. Aunque no nos demos cuenta, se aplican, en diversas medidas, en cada uno de los discursos que damos, en cada una de las ocasiones en las que intentamos persuadir de algo. No es necesario que se trate de grandes discursos, pueden ser situaciones simples como elegir un lugar donde comer o pedir vacaciones.

El ethos se manifiesta en la persona de quien enuncia el discurso, en la posición que adopta para argumentar, en el lugar desde el que se ubica, siempre pensando en la intención del discurso. Esta persona se apoya en lo que ya se conoce sobre ella, en sus cualidades morales, profesionales, personales. También se apoya en lo que muestra, en su forma de hablar, sus gestos, el modo de presentarse, de dirigirse al público, en su timbre de voz. Para que el mundo ‘éthico’ del enunciador sea convincente, aquello que muestra, lo que dice y lo que es debe concordar perfectamente. Por ejemplo, si alguien a quien se le han demostrado actos de corrupción (ethos mostrado) se presenta como una persona honesta en su discurso (ethos dicho), este carece de coherencia, el argumento no funciona. Cuando se recurre al ethos hay que generar credibilidad; aunque el carisma juegue un papel importante, si el enunciador es carismático pero no convincente, no logrará persuadir a la audiencia.

En relación con el pathos, lo que se pone en juego son las emociones. El enunciador intenta persuadir poniéndose en el lugar del público, generando empatía.  Si el ethos se enfoca en el enunciador, el pathos se enfoca en la audiencia. Es el enunciador el que se pone en los pies de quien lo escucha, el que lo entiende, el que es capaz de resolver sus problemas. El pathos no deja indiferente a la audiencia, puede generar ira, tristeza, solidaridad, compasión, etc. Pero, sobre todo, es importante mostrarse como uno más; por esto, precisamente, los discursos populistas logran calar tan hondo en las audiencias.

El logos, en cambio, tiene que ver con la lógica del argumento, con su estructura, con cómo está construido el discurso para que sea entendido por el público. Para convencer por el logos, el discurso debe ser sencillo, contundente, coherente. No basta con que el enunciador se ponga en los pies del público, aquí es importante que lo que se transmita cale en quien escucha; que cuando se le pregunte sobre qué se trató el discurso, quien lo ha escuchado sepa responder. Como vemos, ethos, pathos y logos están relacionados dentro de los discursos. Por supuesto que unas veces tiene más fuerza uno que otro, pero quien domina el arte de persuadir debe poner atención en estos tres aspectos, que, pese a su antigüedad, no han dejado de estar vigentes.

Este artículo se publicó en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 14 de abril de 2018.

La lengua también dice mucho de nuestras ideologías


Como sabemos, la lengua es el mayor instrumento del que disponemos para comunicarnos. Sin ella sería casi imposible transmitir nuestros sentimientos y pensamientos; sería complicado llegar a acuerdos, construir puentes. Por las palabras pasa todo lo que somos, pasan nuestra historia, nuestra realidad, nuestros sueños, nuestra memoria. Y por las palabras pasa también nuestra ideología, nuestra manera de pensar y de percibir el mundo. Por esto mismo, las palabras que elegimos dicen más de nosotros de lo que podemos imaginar. Muchas veces, también, las usamos para hablar sobre la misma lengua y para dar cuenta de las percepciones que tenemos acerca de ella. Esto se conoce como ‘ideología lingüística’.

Muchas veces, seguramente habremos escuchado este tipo de ideologías acerca de la lengua. Por ejemplo, una ideología lingüística muy común dice que el inglés es la ‘lengua franca’ de la comunicación actual, que quien no conoce y habla este idioma es, prácticamente, un analfabeto funcional. Vemos aquí cómo las ideas preconcebidas que tenemos acerca de la hegemonía política, académica y cultural de Estados Unidos se manifiestan en nuestra percepción de la lengua. Pensamos que para tener acceso a un mejor estatus de vida debemos manejar esta lengua. Lo mismo sucede actualmente con el chino y la ideología lingüística que lo ubica como el idioma del futuro. En tiempos pasados sucedió, por ejemplo, con el francés, y la ideología dominante respecto a este, que lo ubicaba como el un idioma elegante y elitista.

En relación con el español también suelen generarse ideologías, como, por ejemplo, cuando se repite que es la segunda lengua materna más hablada, o cuando se cuestiona su escasa presencia en las publicaciones académicas. También ocurre cuando debatimos acerca de cuál es el mejor español de todas las variantes que se hablan en el mundo. Todas estas percepciones están configuradas por otras maneras más ‘macro’ de ver el mundo, pues evidencian una realidad de tensiones, de los hablantes de una lengua (y ciudadanos) que se disputan hegemonías y buscan posicionar sus realidades a través del idioma. En el caso de las lenguas ancestrales, las ideologías lingüísticas también se hacen patentes. Por ejemplo, al luchar por reivindicar una lengua o al identificarla como un ‘idioma menor’ o inútil que no conduce al progreso.

Las ideologías lingüísticas también se manifiestan en otros campos que no se relacionan con lo regional. Por ejemplo, cuando decimos que el español es un idioma sexista, y cuando se toman decisiones con respecto a esto. Optar, por ejemplo, por escribir la letra ‘e’ en lugar de los marcadores de género es es hacer de la lengua algo más que un instrumento de comunicación, es dotarla de ideología y hacer que transmita nuestra manera de ver el mundo, las luchas, las rebeliones. Por eso, cada vez que hablamos de la lengua, hablamos de lo que somos, de lo que tenemos, de lo que esperamos. Solo que, a veces, nos quedamos en un nivel superficial que nos impide ver el potencial de lo que decimos, o callamos.

Este artículo se publicó en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 7 de abril de 2018


Ante todo el glamur: usemos las palabras para hechizar


Siempre, cuando hablamos de ‘glamur’ o de gente ‘glamurosa’, pensamos en las estrellas de cine o de la farándula, con ropa costosísima, viajes a lugares paradisiacos, fiestas y demás. El glamur se asocia, de cierta forma, con lo superficial o con el encanto inexplicable que emanan algunas personas o lugares. En el Diccionario de la Lengua, esta palabra se define como “encanto sensual que fascina”; sin embargo, el uso que le solemos dar no se limita solo a lo ‘sensual’, sino que tiene más que ver con la fascinación, con el hechizo. Precisamente, esta palabra procede de ese ‘hechizo’.

La etimología de glamur se remonta a los griegos, a la palabra grammatikḗ, que pasó al escocés como grammar y al latín como grammatica. En griego, esta palabra se refiere al arte o técnica de las letras, y este significado se transmitió al resto de lenguas que se nutrieron del griego. Sin embargo, en el escocés grammar mantuvo su sentido, pero también derivó en glamour, relacionada con el hechizo que producen ciertas personas en otras. Luego glamour pasó al francés y desde este al español glamur. Desde que la RAE publicó el Diccionario Panhispánico de Dudas, se sugiere que esta palabra se escriba tal como se pronuncia, así como los adjetivos glamurosa y glamuroso. Es curioso el viaje que hacen las palabras y las múltiples asociaciones que pueden generar en sus trayectos.

La etimología de glamur no deja de ser fascinante, pues el término del que deriva en un inicio, la gramática de los griegos, nos dice mucho también de la palabra, de la lengua. El término griego viene, a su vez de grámma (letra), es decir, el arte de usar las letras. Quien domina el arte de las letras, quien sabe usarlas de manera adecuada, quien comunica una idea correctamente y también quien las maneja de tal forma que puede crear una obra de arte es también un hechicero, es un artista. El dominio de las letras se refiere también a la magia que se genera cuando se las transforma y se crea. Este hechizo y esta atracción indescifrables que se produce provienen de un acto de alquimia, de un saber cómo dar vida a aquello que, aparentemente, es inerte. Por eso no parece extraño, cuando nos remontamos a la etimología, que la creación mediante la palabra tenga algo de glamuroso.

Tal vez a veces nos olvidamos de que las palabras son mágicas, de que con la lengua podemos crear sensaciones tan increíbles que, curiosamente, a veces no pueden ser ni siquiera explicadas con palabras o que pueden ser explicadas con otra creación artística maravillosa. Pero aparte de la creación literaria, que es una manera sublime de aplicar la gramática primigenia, también está esa técnica de saber usarlas adecuadamente. No solo es ‘glamuroso’ quien crea con las palabras sino también quien sabe transmitir ideas con ella de una manera clara y concisa, quien se acerca a la escritura (de cualquier tipo) con el respeto que se merecen las palabras y quienes las reciben, como lectores u oyentes. Sería bueno que cuando pensáramos en escribir o hablar, también pensáramos que estamos creando magia, que usamos un material que, mediante un acto de alquimia cotidiana, se transforma en algo que puede desencadenar una maravilla. Que este sea el momento de quitarle a la palabra glamur lo superficial y volverla a sus inicios, que también consideremos ‘glamuroso’ a lo que puede transmitir la magia de la lengua.

Este texto fue publicado en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 31 de marzo de 2018

Palabras que suyacen: los discursos no son planos, son polifónicos


En los estudios del discurso, la polifonía es un concepto recurrente. Esta se trata de traer al discurso propio otras voces, ya sea para que apoyen nuestros argumentos o para refutarlos y, de esta forma, legitimar lo que afirmamos. Uno de los mayores teóricos de la polifonía es Oswald Ducrot, cuya teoría polifónica de la enunciación es fundamental al estudiar las diversas voces, explícitas o implícitas, que subyacen en un discurso. Sus principales postulados se encuentran en su obra El decir y lo dicho. Ducrot se basó, sobre todo, en los estudios dialógicos de Mijail Bajtin, que postulan que en los textos literarios se establece un diálogo entre quien lo emite y quien lo recibe. Ducrot amplió este estudio a otros tipos de ‘textos’ distintos del literario.

Los estudios de la polifonía son muy interesantes para descubrir, sobre todo, aquello que permanece escondido en los discursos y las diversas estrategias para incorporar en nuestros propios enunciados las palabras de otros; por esto, los discursos son heterogéneos. Esta heterogeneidad se manifiesta de forma explícita o velada, y evidencia diversas intenciones del enunciador. De forma explícita, por ejemplo, la vemos en los discursos reproducidos, aquellos en los que traemos la voz del otro de manera prácticamente literal. En los textos escritos encontramos marcas de estilo directo como comillas, dos puntos para introducir la palabra ajena o verbos ‘del decir’. Asimismo, se manifiesta en el discurso indirecto, aunque no se usen marcas. Aunque pareciera que, al introducir el discurso directo, el enunciador pretende ser neutral, no siempre resulta así. Si bien el discurso se reproduce ‘tal cual’ se enuncia, quien trae al texto este discurso escoge qué se enuncia, entrecomilla lo que conviene para su argumento, contextualiza las frases de acuerdo con su conveniencia.

También existen otras formas más sutiles de heterogeneidad en el discurso. Por ejemplo, las negaciones. Cuando afirmamos que alguien no es apto para tal o cual labor, subyace otro discurso, que estamos refutando, que afirma que ese alguien sí es apto para ese trabajo. Es decir, aunque no lo evidenciemos, existe un discurso contrario al nuestro. Otra forma de este tipo de polifonía son las ironías. Al recurrir a un discurso irónico, el enunciador pone en duda el discurso ajeno, lo ridiculiza, le resta valor. Asimismo, la ironía funciona como un mecanismo para crear en el público una visión sesgada del opositor.

Otro mecanismo polifónico es el uso de los verbos. El condicional de rumor es muy usado por los medios de comunicación para enunciar un discurso de otros. Al usar este tiempo verbal, el enunciador evita hacerse cargo del discurso al que se refiere. Por ejemplo, si se afirma: “El Gobierno elevaría el precio del gas”, se atribuye la responsabilidad del discurso al otro. Como vemos, los discursos no son elementos planos, que solo llevan un mensaje. Es necesario estar atentos a todo lo que nos quieren decir y a las múltiples voces que subyacen en ellos.

Este texto fue publicado en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 24 de marzo de 2018.


Si está llucho, en medio de la cancha y sin cushqui, le interesará esto


La semana pasada revisamos un par de ejemplos de cómo el kichwa ha influenciado en algunas construcciones de nuestra variante del español, sobre todo en lo relacionado a cómo solemos organizar las palabras. Esto se debe, cómo veíamos, a que el kichwa es una lengua con construcción sujeto-objeto-verbo, al contrario del español, que se construye con sujeto-objeto-verbo. Sin embargo, la influencia del kichwa es mucho más cotidiana de lo que pensamos, pues está presente en muchas palabras que usamos. Ahora veremos algunas.

Uno de los términos más comunes que cuenta con influencia directa del kichwa, y que usamos cotidianamente, es cancha. En kichwa, kancha significa ‘fuera’ o ‘patio de juego’, que es el significado más extendido en el español. Sin embargo, cancha, en América se usa para referirse a varios espacios amplios y abiertos. También contamos con expresiones como ‘abrir cancha’ (dejar espacio para que pase algo o alguien) o ‘tener cancha’ (tener experiencia en algo), e incluso nos referimos a alguien experimentado o de carácter extrovertido como ‘canchero’. Como vemos, la influencia del préstamo kichwa kancha ha abierto un considerable campo semántico en el español.

Otras palabras que usamos con frecuencia son guambra y guagua, que proceden de wamra (adolescente, muchacho) y wawa (niño, bebé). También usamos ruco, que procede de ruku (viejo), y que en nuestra variante coloquial se ha extendido incluso para referirse al sueño (echarse una ruca) o al alguien dormido (se quedó ruco). Asimismo, cuando nos referimos a que alguien está desnudo decimos que está ‘llucho’, que procede de lluchu, que en kichwa significa ‘desnudo’ o ‘pobre’. Una palabra similar es wakcha, que significa ‘pobre’, ‘desnudo’, ‘huérfano’, y de aquí procede nuestro guachito de lotería (que es una fracción ‘huérfana’ del entero). Si no le hemos atinado al guachito y andamos sin dinero, solemos decir que no tenemos ‘chusqui’, es decir ‘kullki’, plata o dinero en kichwa.

Si hablamos de familiaridad, tenemos los términos ‘ñaño’ y ‘ñaña’. En este caso, la influencia es interesante, porque en kichwa solo existe la palabra ñaña, que se usa para referirse únicamente a la hermana de una hermana. Esta lengua cuenta con términos distintos para hacer referencia a los diversos tipos de hermandad (hermano de hermano, wawki; hermano de hermana, turi, o hermana de hermano, pani, y ñaña), pero la única que pasó al español fue ñaña, que se usa también como masculino. También solemos utilizar tayta y mama (papá y mamá), sobre todo para referirnos a personas mayores y sabias.

 Otra palabra bastante común y que ha adquirido un amplio campo semántico es chulla. Esta significa ‘impar’ y se usa en este sentido (chulla media, por ejemplo) o para referirse a algo único (chulla vida). También es usado en sentido peyorativo, especialmente hacia las mujeres. Asimismo, se utiliza para referirse al clásico ‘chulla’ quiteño. Al usar chulla como adjetivo, también se puede ver la influencia del kichwa porque siempre lo anteponemos al sustantivo. En el kichwa, al contrario del español, el adjetivo siempre antecede al sustantivo, por eso decimos, por ejemplo, chulla vida y no vida chulla. Estos son unos pocos ejemplos de la influencia del kichwa en nuestro español, hay muchas otras palabras y muchos otros usos, que es muy interesante (y divertido) investigar.

Este texto fue publicado en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 17 de marzo de 2018.

Kichwa y español: una influencia más allá de las palabras


La semana pasada hablé acerca de la importancia de conocer y de valorar nuestras lenguas ancestrales, pues esto implica revalorizar las lenguas y evitar que estas se pierdan junto con las culturas de las que son parte. Muchas veces, minorizamos las lenguas ancestrales porque pensamos que no tienen nada que ver con nosotros (pensamos que siempre en Ecuador se habló español), porque no están asociadas al ‘progreso’ (como lo está el inglés) o porque nos avergüenza nuestra raíz indígena (aunque es innegable que es parte de nuestra identidad, y eso debería llenarnos de orgullo). Sin embargo, como mencioné en una columna anterior, nuestra lengua materna está constituida por otras ‘maternidades’ que le han dotado de rasgos especiales. En nuestro español ecuatoriano, sobre todo en la Sierra, la lengua kichwa es una de las principales ‘madres’ de nuestra variante, y está presente, incluso, en rasgos que no imaginamos.

Antes de revisar algunas de estos influencias, haré dos precisiones sobre el kichwa. En primer lugar, es una lengua aglutinante. En este tipo de lenguas, una palabra puede contar con varios morfemas, que indican diversas características, o se pueden juntar varias palabras para expresar un solo concepto. Por ejemplo, en el kichwa, se añade el morfema –ka para indicar el sujeto, la persona que realiza la acción, o el morfema –ta para indicar objeto directo. Otro rasgo característico del kichwa es que tiene una estructura sujeto-objeto-verbo (SOV), o sea, el verbo va al final de la oración, después del objeto o complemento. Veamos un ejemplo: “Mamaka tantata mikun”. En español esta oración se traduce, literalmente, como ‘La mamá pan come’ (ka=la, mama=mamá, tanta=pan, ta=objeto directo, mikun=come). Como el español es una lengua con estructura sujeto-verbo-objeto (SVO), la estructura del kichwa puede sonar extraña, aunque la solemos usar. Estos dos rasgos del kichwa han influido más de lo que pensamos en nuestro español andino.

En muchas ocasiones, nos habremos sorprendido introduciendo antes de un nombre propio un determinante (la Susana, el Fernando, etc.), o tal vez lo usemos con mucha naturalidad en el ámbito coloquial. También, seguramente, nuestros maestros de la escuela nos ‘hablaron’ (otro uso de influencia kichwa, pues en kichwa, el verbo rimana significa hablar y retar) porque esa no era una forma correcta de hablar español. Sin embargo, en este rasgo puede encontrarse la influencia kichwa del morfema –ka que mencioné, pues este siempre es necesario antes del nombre para enfatizar el sujeto (aunque se permite su ausencia en la primera persona del singular y del plural). Aquí vemos una influencia de la aglutinación del kichwa en nuestro español. En el caso de la influencia de la estructura SOV, podemos encontrar expresiones como ‘carito está’ o ‘cerquita nomás es’, en las que anteponemos el objeto al verbo. Estos son solo un par de ejemplos de la gran influencia que tiene el kichwa en nuestra variante, la semana que viene veremos otras.

Este texto fue publicado en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 10 de marzo de 2018. 

lunes, 5 de marzo de 2018

Lo que nos enseñan las lenguas ancestrales sobre nuestra realidad


Como sabemos, en nuestro país se hablan 14 lenguas ancestrales. De estas, el kichwa cuenta con una mayor cantidad de hablantes: más de 300 mil, según datos del Instituto de Idiomas, Ciencias y SaberesAncestrales de Ecuador de 2016. Le sigue el shuar, con casi 80 mil hablantes. Las lenguas menos habladas son el siapedee, de la nacionalidad épera, con 546 hablantes, y la lengua sápara, de la nacionalidad del mismo nombre, con 559. También cuentan con menos de mil hablantes el baaikoka (611, de la nacionalidad siona) y el paaikoka (689, de la nacionalidad sekoya).

Por la cantidad de hablantes (y también por el peso político de las nacionalidades), el kichwa y el shuar son reconocidas en la Constitución como lenguas oficiales de intercambio intercultural. El resto de lenguas ancestrales son reconocidas como lenguas de intercambio en sus territorios; sin embargo, si sus hablantes quieren, por ejemplo, efectuar trámites deben comunicarse en alguna de las lenguas oficiales de intercambio intercultural, y en español si lo que necesitan es algo más importante. Esto genera que las lenguas ancestrales menos habladas se vayan perdiendo, pues muchos de sus hablantes se ven obligados a migrar y a comunicarse en una lengua que no es su lengua materna. Además, los esfuerzos por revitalizar las lenguas suelen restringirse al espacio en el que estas se hablan, lo que les da (especialmente a aquellas habladas en la Amazonía) un escasísimo espacio de difusión.

En nuestro país existen muy pocos institutos de idiomas ancestrales en los que se dé espacio a las lenguas menos habladas. En general, el idioma más difundido es el kichwa, sobre todo porque, especialmente en los últimos años, sus hablantes han hecho un gran esfuerzo por revitalizar la lengua. Esta lengua ha contado en los últimos años con una especie de ‘bum’, que ojalá se siga extendiendo y contagie a las otras. Del siapedee o del sápara se sabe muy poco, de hecho, seguramente solo nos enteramos de su existencia cuando los medios publican notas de color sobre el Día Internacional de la Lengua Materna, y eso si lo hacen. Y también, aunque suene lapidario, porque a muy pocos les interesa que estas lenguas se pierdan o no, de todas formas nadie las extrañará cuando se vayan. Lo triste, por supuesto, es que cuando se pierde una lengua se pierden miles de conocimientos asociados con ella, se pierde una cultura, se pierde la memoria de los pueblos, de nuestros pueblos.

Quizá con lo globalizado que está el mundo nos interese muy poco aprender una lengua ancestral, pues nos resulta poco práctico e, incluso, inútil. Sin embargo, la verdad es que acercándonos a alguna de ellas podemos entender muchas cosas acerca de nuestra cultura ecuatoriana, de cómo son nuestras relaciones, de por qué somos como somos. Cada una de las lenguas y de las culturas tiene algo que enseñarnos sobre nosotros mismos.


Esta columna se publicó en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 2 de marzo de 2018

lunes, 26 de febrero de 2018

La riqueza milenaria de las lenguas maternas


En 1999, la Unesco declaró que el 21 de febrero sería el DíaInternacional de la Lengua Materna, y en 2007 esta decisión recibió el beneplácito de la Asamblea General de la ONU. Generalmente, cuando pensamos en la lengua materna, se nos vienen a la mente las lenguas indígenas o aquellas que están en peligro de desaparecer; sin embargo, con lengua materna no nos referimos solamente a estas (que reciben mayor atención en este día por su vulnerabilidad), sino a todas aquellas que los hablantes del mundo tenemos como lengua principal. La lengua materna se nos transmite por medio de la familia, es la primera que hablamos, y aquella con la que construimos el mundo y adquirimos habilidades lingüísticas y culturales. Para la mayoría de ecuatorianos, la lengua materna es el español, y para los integrantes de las diversas nacionalidades indígenas lo es la lengua de su nacionalidad, pues es mediante ella que han aprendido a reconocer el mundo.

Sin embargo, con las lenguas pasa lo mismo que con las familias. Aunque nos reconozcamos hijos de nuestros progenitores y llevemos su apellido, tenemos rasgos que cuentan una historia que viene de mucho más atrás. Somos la conjunción de varias historias, tenemos varios rasgos que nos asemejan incluso a parientes lejanos. Nuestra historia va más allá de la familia nuclear. Con las lenguas pasa lo mismo: aunque nuestra lengua materna sea el español, el kichwa, el shuar, el guaraní o el aimara, hay una historia detrás que nos habla de innumerables maternidades. Para que nuestra lengua materna se haya convertido en lo que es, ha tenido que pasar por un largo proceso en el que han intervenido otras lenguas maternas cuyos rasgos persisten en el tiempo, y que a veces ignoramos.

El español, por ejemplo, antes de consolidarse y obtener su nombre, se nutrió de muchas ‘madres’, como el latín o los dialectos mozárabes, que a la vez se nutrieron de muchas otras lenguas maternas. Cuando esta lengua llegó a América, se nutrió de las lenguas que ya existían en el continente. En el caso del español del Ecuador, la principal fuente americana fue el kichwa. En otros países recibió influencia de otras lenguas. Esto hace que, aunque en la mayoría de América se hable español, la variante materna sea distinta, pues esta maternidad lingüística influye en la maternidad cultural. Asimismo, los idiomas vernáculos de América también se nutrieron de otros que existían antes. Y muchos rasgos de estas lenguas persisten aún en nuestra lengua materna, aunque solo se trate de topónimos o algunos rasgos de cuya procedencia nunca nos hemos preguntado.

La historia de las lenguas es fascinante, y más fascinante aún es saber que en este proceso histórico ha habido muchas madres que nos han heredado su cultura, sus rasgos, su modo de ver el mundo y comunicarnos. Cuando pensamos en lenguas madres, no debemos quedarnos en lo superficial, sino agradecer y valorar aquel proceso del que vienen nuestras palabras y nuestras maneras de nombrar el mundo.

Esta columna se publicó el 23 de febrero en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo.

lunes, 19 de febrero de 2018

Los ‘dos Huasipungos’ y la literatura como protesta

La mayoría de veces, cuando leemos un texto literario, pensamos en que este llegó a nuestras manos tal cual fue escrito en un inicio, sin ninguna intervención. Nos imaginamos al autor escribiéndolo sin parar, sin volver atrás, sin dudar, y entregándolo al editor, que, sin demora, lo mandará a impresión, para que lo leamos así, pulcro y original. Sin embargo, en los hechos, la situación no es tan idílica. Para que un texto llegue a nuestras manos, tuvo que pasar por un intenso periplo, lleno de dudas, de reformulaciones y de cambios; incluso muchos, seguramente, corrieron el riesgo de ser abandonados en el cajón o enviados a la papelera de reciclaje. Muy pocas veces el texto que leemos es el original, la idea inicial del autor. Con Huasipungo, la famosa novela de Jorge Icaza, y tal vez la más importante de nuestra literatura, pasó algo curioso en este aspecto.

Icaza publicó por primera vez su novela en 1934, pero la versión que la mayoría de nosotros conoce y ha leído es la de 1953. Podríamos decir que existen ‘dos Huasipungos’, pues la versión de 1953 es bastante distinta de la primera versión. Si bien ambas cuentan la misma historia y conservan la misma esencia, tienen diferencias bastante marcadas. Bien sabemos que la intención de este texto, más allá de la literaria, era ideológica: Icaza quería remover la conciencia de la sociedad de la época. Como el mismo Icaza lo mencionó varias veces, la intención de su novela era protestar contra la injusticia que vivían los indígenas huasipungueros. Y para reforzar esta protesta, para dar a conocer la realidad, revisó su novela y la reformuló en muchos aspectos. La intención del autor, sobre todo, era facilitar la traducción de su novela, para que la realidad pudiera ser conocida en el mundo. Él mismo lo explica en una carta dirigida a Ross Larson en 1965: “Al escribir la novela no creí que ella pudiera tomar un vuelo hacia todas las latitudes del mundo. Mi afán era regional -que sirviera de mensaje y emoción a las gentes de mi pueblo para la resolución de sus problemas-. Pero la dificultad de las traducciones en los giros y en las palabras se hacía cada vez más infranqueable. En tal virtud me vi, casi obligado, a la revisión”.

De esta manera, Icaza intervino en el registro del habla de los indígenas, que en la primera versión era bastante marcado, y, por eso, bastante hermético y presentaba problemas en el momento de traducir. Esta intervención en el habla kichwa no contribuyó a minorizar o a ocultar las expresiones indígenas sino a darles vitalidad. Otra estrategia que usó Icaza, y que me parece muy interesante, fue cambiar numerosos pasajes narrativos por diálogos. Con esta estrategia, Icaza logra dar mayor voz a los indígenas, y acercar más al lector a la realidad de los huasipungueros. El caso de los ‘dos Huasipungos’ es fascinante, pues nos da una pauta de cómo un autor puede intervenir en su propio lenguaje y reformularlo, con intenciones más ideológicas y sociales. La literatura también es una manera de protestar.

Esta columna se publicó en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 16 de febrero de 2018.

lunes, 12 de febrero de 2018

El 'activismo' en la lengua: hagamos oír nuestras maneras de hablar


La semana pasada hablé sobre la necesidad de que losusuarios de la lengua intervengamos en ella y no dejemos en manos de otras personas o instituciones esta labor tan importante. Tal vez como hablantes comunes y corrientes, como gente que anda por la calle y cuya voz no es tomada en cuenta en ‘grandes escenarios’, sea difícil lograr que de la noche a la mañana una palabra conste en los diccionarios oficiales o deje de hacerlo, pues bien sabemos que la elaboración de estos dispositivos es compleja, y conlleva largas discusiones, no solo metalingüísticas sino también ideológicas y políticas. Seguramente será complicado que alguno de nosotros, simples hablantes, sea invitado a intervenir y a participar en alguna reunión académica, pero podemos intervenir con gestos pequeños que, a la larga, incluso pueden generar revoluciones.

En la actualidad, gracias a las redes sociales, es mucho más fácil expresar nuestras opiniones acerca de diversos temas, y la lengua es uno de estos. De hecho, nos expresamos mediante la lengua, lo que quiere decir que esta está presente en todos los ámbitos, y la reflexión sobre ella también lo está. Por ejemplo, aquella polémica que levantó la quinta acepción del adjetivo ‘fácil’, sobre la que hablé la semana pasada, surgió de la queja de alguien en Twitter, que luego fue replicada por varias personas. Tal vez la acepción no cambie en el Diccionario de la Lengua Española (DLE), pero por lo menos la polémica está patente, y los usuarios conscientes tratarán de evitar ese uso discriminatorio. De la misma manera, se acercarán a estos dispositivos con mayor conciencia crítica ante la lengua y cómo esta refleja lo que somos como sociedad.

Hace algún tiempo, hubo una campaña en redes sociales, con videos incluidos, que alertaba sobre la acepción de la palabra ‘gitano’, que la definía como ´trapacero’, es decir, alguien que emplea artimañas y trampas para lograr sus objetivos. Esta acepción constaba sin marcas en el diccionario de la RAE, es decir, estaba tan naturalizada que se asumía que ‘gitano’ era sinónimo de ‘trapacero’. Luego de la campaña, se incluyó en el diccionario la precisión ‘usado como despectivo y discriminatorio’. Lo mismo sucedió recientemente, luego de una campaña en change.org para que se incluyera la precisión ‘usado con intención despectiva o discriminatoria’ en la entrada que se refería a ‘sexo débil’ como “conjunto de mujeres”.

Otro ejemplo sobre estas intervenciones de los usuarios en la lengua es la incorporación de la palabra montuvio a la última edición del DLE. Este ecuatorianismo y su única acepción: “campesino de la Costa” fueron incorporados gracias a que algunos académicos de la Costa la solicitaron a la directora de la Academia de la Lengua Ecuatoriana, Susana Cordero. Según Cordero lo comentó en 2014, esta inclusión era necesaria, pues solo constaba ‘montubio’, definida como “dicho de una persona: montaraz, grosera”, que no tenía nada que ver con los campesinos de nuestra Costa. Como vemos, aunque la RAE no nos escuche, se puede recurrir a las academias nacionales, que seguramente son más accesibles y conscientes de los cambios urgentes. Con estos pocos ejemplos, que no son todos afortunadamente, nos podemos dar cuenta de que, como usuarios, se puede hacer algo en lugar de criticar y esperar que otros resuelvan los temas que tienen que ver con nuestra manera de nombrar las cosas. Quizá con el tiempo logremos que las acepciones discriminatorias desaparezcan o, al menos, cuenten con las marcas que nos alerten sobre sus usos.

Esta columna fue publicada en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 9 de febrero de 2018


lunes, 5 de febrero de 2018

Sobre ‘fácil’ y la intervención en la lengua


 Esta semana ha causado polémica el artículo de un diario español que alerta sobre una de las acepciones del adjetivo ‘fácil’ en el Diccionario de la Lengua (DLE) de la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale). Esta acepción, la quinta, dice lo siguiente: “Dicho especialmente de una mujer: Que se presta sin problemas a mantener relaciones sexuales”. Como lo menciona el artículo, la acepción carece de marcas que indiquen que se trata de un uso peyorativo, desusado, irónico o lo que sea; como si el uso fuera común y normalizado. La RAE no ha dicho aún nada al respecto, pero seguramente cuando se consulte a cualquier académico (casi nunca se consulta a las pocas académicas que hay), dirá que el diccionario se remite a plasmar cómo usan los hispanohablantes las palabras y dará por zanjado el tema. No obstante, estos temas ya no pueden darse por zanjados porque, ahora más que nunca (y por suerte), quienes hablamos la lengua cuestionamos a las ‘autoridades’ y tenemos conciencia de que esta no solo se discute en un nivel lingüístico sino también político.

Esta acepción para el adjetivo ‘fácil’ consta en los diccionarios de la RAE desde los inicios, aunque ha variado ligeramente. El Diccionario de Autoridades de 1732 anota lo siguiente: “Se llama de ordinario a la mujer deshonesta porque ligeramente se mueve a la torpeza”. En el de 1791 dice: “Mujer fácil. La que es conocidamente frágil”. En el de 1817 se elimina, hasta 1852, donde vuelve a aparecer con la siguiente definición: “Aplicado a la mujer, la que es frágil, liviana”. Esta acepción se mantiene hasta la edición de 2002. Para la vigésima tercera edición, que es la última, la definición cambia a la anotada arriba. Como vemos, el cambio de la definición es total, y se ubica a la ‘mujer fácil’ explícitamente en el terreno de lo sexual (se deja la mojigatería de llamarla ‘liviana’, que al final es lo mismo). Sin embargo, lo que ha no ha variado es el hecho de que nunca se ha considerado a esta acepción peyorativa, y esto es lo polémico.

Es verdad que los diccionarios plasman el habla de los usuarios; pero hay que reconocer que los usuarios tenemos ideologías que cargan al habla y le dan sentidos. Para canalizar esta dimensión ideológica (y a la vez política), existen personas e instituciones que elaboran los diccionarios; se supone que la labor de estas debería ser analizar bien los usos y plasmarlas en estos textos, pero no siempre es así. El hecho de obviar marcas y, en ocasiones incluso manipular las acepciones, demuestra que se mantienen las mismas estructuras dominantes que han existido desde siempre en nuestra sociedad. Lamentablemente, analizamos muy poco los dispositivos en los que se normalizan estas estructuras, y los seguimos y los reproducimos sin cuestionarlos. Yo creo que, si bien debemos exigir que las instituciones cambien y dejen de reproducir todos los ‘ismos’ deplorables, también debemos, como ciudadanía, intervenir sobre lo que nos afecta, en este caso la lengua, crear entre todos nuestros propios dispositivos, más democráticos y más ‘movilizadores’. Las instituciones retrógradas lo seguirán siendo, pero está en nuestras manos ser más creativos y no darles tanta importancia, debemos hacernos cargo de nuestros presentes diversos, así dejaremos a las futuras generaciones más herramientas de cuestionamiento e intervención.

Este texto fue publicado en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 2 de febrero de 2018.

lunes, 29 de enero de 2018

Los currículos: ¿educación o adoctrinamiento?


Por lo general, los primeros textos mediante los cuales conocemos sobre el mundo suelen ser los escolares. Seguramente a todos nos pasó que cuando entramos en la escuela y llegamos con los libros nuevecitos y forrados, nos sentimos importantes y dispuestos a empezar una larga carrera de conocimiento. Con los textos escolares aprendimos a leer, a escribir, a hacer cuentas; con ellos nos empezamos a acercar a las diversas materias: ciencias naturales, historia, literatura, cívica, etc., etc., etc. Muchos los tendremos rayados, llenos de dibujos o de anotaciones; subrayados o pintados, pero siempre hay una marca que nos indica que nuestro conocimiento del mundo pasó por ahí. Y, claro, también eran los aliados incondicionales de nuestros docentes. Sin embargo, probablemente nunca nos cuestionamos sobre lo que ellos nos contaban o la manera de hacerlo.

Hace poco, corregí unos libros de historia para una editorial. Mientras revisaba los textos, me llamaba la atención que se omitieran ciertos episodios importantes de la historia nacional y universal; episodios que me parece indispensable conocer y tratar para entender nuestra realidad actual. También noté que ciertos episodios, en cambio, contaban con un espacio desproporcionado. Se enaltecía a personajes y momentos, sobre todo de nuestra historia reciente, que, si bien son importantes y merecen un espacio en los textos escolares, tal vez no tienen la misma relevancia histórica (todavía) de aquellos que se obviaba. Lo primero que pensé fue que el autor del texto no había sido objetivo al escoger los temas y al dar el espacio a los personajes; sin embargo, luego revisé los currículos del Ministerio. Ahí, en esos textos que sirven de derrotero para los autores de libros escolares y para los maestros, se obviaban ciertos temas y se privilegiaban otros. De hecho, se impelía a usar los mismos términos que han formado parte de la retórica gobiernista de los últimos años. Me pareció sorprendente que desde los mismos currículos se intente guiar ideológicamente a los estudiantes, pues eso no es educar sino adoctrinar.

Por el tiempo en que corregí esos textos, estaba siguiendo un seminario en la Universidad de Buenos Aires que precisamente hablaba sobre los textos escolares. Recuerdo que un día la profesora llevó a la clase libros escolares de la época de la dictadura, y nos comentó que en aquella época estaba prohibido nombrar a Perón o hacer referencia a esa etapa histórica tan reciente. La dictadura, mediante la omisión de esas alusiones históricas, pretendía borrar los hechos e influir ideológicamente en los receptores de esos textos. No quiero hacer aquí una comparación entre nuestra realidad y la de Argentina, pero sí quiero llamar la atención sobre lo poco objetivos que pueden ser los currículos y lo poco que los cuestionamos. Seguramente, y lamentablemente, muchos maestros se basan en ellos al pie de la letra y no piensan que estos responden a un determinado momento político. Tal vez muchos docentes solo obvian los hechos que obvia el currículo y hacen como que nunca se hubieran llevado a cabo, cuando la memoria es lo único que mantiene vivos a los acontecimientos y a los personajes.

Aunque el caso de la historia es el más evidente (y creo que el más peligroso), estas omisiones o enaltecimientos no solo se dan en esta materia. Suceden en otras como en la literatura, donde se canoniza a ciertos autores y se ignora a otros. Ocurre también en las ciencias naturales, en las que, por ejemplo, se dio cabida por largo tiempo solo a la teoría creacionista, en detrimento de otras como la evolucionista. Tal vez los currículos siempre respondan a los intereses políticos, pero es importante que los docentes se tomen en serio su labor de educadores, de guías, para que los estudiantes sepan ser críticos con las realidades y, quién sabe, algún día sean quienes planifiquen una educación más objetiva e inclusiva.

Esta columna fue publicada en la revista CartóNPiedra, de diario El Telégrafo, el 26 de enero de 2018.

miércoles, 24 de enero de 2018

'Armonizar las academias'

En varias ocasiones, cuando edito o corrijo textos académicos, suelo encontrarme con dudas acerca de usos lingüísticos y palabras que no constan en los documentos ‘oficiales’ sobre la lengua: neologismos, extranjerismos, resaltes tipográficos, variaciones de género, etc. Lo que sucede es que muchas veces la academia (me refiero a la que reúne a personas dedicadas a la ciencia y a la investigación) no camina al mismo ritmo o por la misma vereda que la otra academia (la que, se supone, norma nuestra lengua). En los textos académicos, sobre todo en los de ciencias sociales, es muy común encontrar palabras que no aún no constan en los diccionarios, que son creadas por sus autores, o son muy específicas de la materia o préstamos de otras lenguas. A veces pienso que uno de los principales objetivos de quienes se dedican a la academia es complicar la vida de quienes editan y corrigen; pero otras veces (sobre todo cuando escribo textos académicos) pienso que la lengua (la normada, por supuesto) queda bastante corta para tanto que se tiene que decir.

Cuando se editan o se corrigen textos, se cuenta, generalmente, con una herramienta fundamental: los manuales y los diccionarios, no solo los referentes a la lengua sino aquellos especializados en las materias específicas con las que se trabaja. Aunque estos manuales y diccionarios sean en muchos casos restrictivos, son un apoyo para enmarcar los textos dentro de un género, de una lengua, de una disciplina, de un estilo; es decir, para darle al lector un texto adecuado a sus necesidades. Estas herramientas ayudan a quienes editamos o corregimos a cumplir nuestro papel de mediadores entre quien escribe y quien lee los textos. Muchas veces, armados con diccionarios y manuales, nos comunicamos con los autores para comentarles sobre un término, para llegar a un acuerdo sobre un uso, para sugerirles una mejor opción. Los autores, al ser los dueños de su texto, tienen la última palabra, y acatan o no las sugerencias. Es aquí donde las academias (la científica y la normativa) suelen tener sus encontronazos o sus ‘romances’, pues algunas veces el texto que norma la lengua no sirve (o no es suficiente) para expresar aquello que quien escribe necesita expresar. Otras veces, claro, los diccionarios y los manuales son la solución perfecta para ese texto que estaba tambaleando y ahogándose entre neologismos y rarezas.

Cuando los diccionarios y los manuales ayudan, todo es tranquilidad y armonía; sin embargo, cuando no son suficientes, aparece la duda y es necesario buscar puntos de equilibrio que salven la adecuación y la coherencia de los textos. Estas últimas son las ocasiones en la que más disfruto mi labor de editora y correctora, pues es un reto ‘armonizar’ las academias. Es ahí cuando es necesario ‘hurgar’ más en la maravilla de la lengua y de la ciencia, buscar de dónde surgen los términos que se acuñan, de dónde los usos, cuáles son las realidades a las que se refieren, evaluar las pertinencias, buscar posibilidades, incluso ayudar a crear. También son una oportunidad para enfrentar a los fantasmas o para derrumbar un poco los mitos, pues suele suceder que las armas con las que cuentas no son suficientes, que las realidades son tan fuertes, tan nuevas o tan inabarcables, que es imposible meterlas en un molde o ponerles un nombre ya existente. 

Es necesario dejar la arrogancia de lado y escuchar al autor, y también, sobre todo, pensar en la persona que leerá el texto, para que no se confunda, para que entienda, para ese mensaje le sirva de algo. Lo bueno de todo esto es que al final se termina comprendiendo que la norma y la ciencia no están reñidas, sino que siempre hay acuerdos entre ambas, que la lengua, en sus maravillosas posibilidades, puede acercar realidades, y ser creativa y efectiva.

Esta columna se publicó el 19 de enero en http://www.cartonpiedra.com.ec/