domingo, 27 de octubre de 2019

Escritura para la vida y la academia, taller de Emepecé Asesoría Lingüística

En este taller, que durará ocho horas, revisaremos pautas que nos permitan redactar todo tipo de textos de una manera clara y eficiente. Veremos algunos trucos infalibles para puntuar y acentuar correctamente, así como errores frecuentes que cometemos en el español. También nos acercaremos a las particularidades de la escritura académica. Revisaremos las normas de citación y referenciación de la APA, y cómo estructurar un ensayo.
     El encuentro se llevará a cabo los sábados 9, 16, 23 y 30 de noviembre, de 10:30 a 12:30, en librería Rayuela (Germán Alemán E12-62 y Juan Ramírez, Quito).



Curso Introducción a la corrección de textos

Este es un curso diseñado para quienes deseen conocer las bases de la corrección de textos. Cuenta con dos componentes: gramatical y práctico. En el primero, revisaremos la normativa referente a la puntuación, la acentuación y la sintaxis. En el segundo, exploraremos cuestiones prácticas sobre nuestra profesión, como corrección de originales, en PDF y en maqueta, y ortotipografía.
       El curso se llevará a cabo del 5 de noviembre al 18 de diciembre de 2019, los lunes, martes y miércoles, de 18:00 a 20:00, en la Facultad de Comunicación, Lingüística y Literatura de la PUCE-Quito.







viernes, 31 de mayo de 2019

Ser personas de palabra: una forma de resistencia


Si buscamos en el DLE el término palabra, nos encontramos con 14 acepciones y muchas más construcciones y locuciones. La palabra no es solo la unidad lingüística dotada de significado o la capacidad de hablar, es, además, el “empeño que hace alguien de su fe y probidad en testimonio de lo que afirma” y “una promesa u oferta”. No tener palabra, según el mismo DLE, es “faltar fácilmente a lo que ofrece o contrata”, igual que faltar a la palabra. La palabra, en este sentido, es uno de los conceptos más desvirtuados que existen.

Las primeras acepciones son fáciles de entender, pues se refieren al acto de hablar, de articular sonidos que tengan un sentido, de construir enunciados que nos permitan comunicarnos. Y también, por supuesto, son fáciles de llevar a cabo. Desde pequeños aprendemos a articular sonidos para comunicarnos. Las palabras van brotando a medida que vamos comprendiendo el mundo y la urgencia de ser parte de él. Hablar (no solo en el sentido de articular sonidos) nos permite ‘entrar en sociedad’. Sin embargo, lo complicado es hacernos responsables de aquello que decimos, de las palabras (o la palabra) que dejamos salir; ser personas de palabra.

Lamentablemente, nos damos cuenta de que en nuestra sociedad resulta cada vez más difícil encontrar personas capaces de sostener la palabra, es decir, de cumplir aquello que prometen. Parecería que esta ya no es solo una costumbre de los demagogos que quieren ganar el poder popular con palabras y promesas, sino una especie de modus vivendi (y operandi) de casi todos. Es muy fácil decir palabras, hacer promesas, hablar hasta cansarse empleando millones de florituras, pero parece que muchas veces lo que se dice se pierde en el aire, como si la palabra solo fuera una expresión acústica y punto.

Parece que la palabra, por sí sola, careciera de todo valor. Es como si todo lo que se dice, para tener algún sentido, debiera contar con algún respaldo. Lo que se dice no existe o nunca existió si no está notariado, filmado o escrito; si no hay un testigo que corrobore lo que ha expresado el otro. Quien se confía de la palabra del otro es considerado un tonto, un ingenuo que no ha tenido la ‘viveza’ de sospechar siquiera de lo que le han prometido. Al contrario de lo que debería pasar en un mundo sano, de personas honestas, en el que no hay nada más valioso e importante que la palabra del otro, en nuestro mundo (o en nuestra ‘cultura’) se considera inteligente, ‘pilas’, al que miente, promete y dice cualquier cosa por salir del paso.

Puede ser un poco ingenuo de mi parte, pero creo que todavía podemos revertir las cosas y dar a la palabra el valor que debería tener. Todavía podemos, aunque nos tachen de tontos, empezar a prometer lo que vamos a cumplir, aunque sea una promesa mínima. Todavía podemos ser personas de palabra. Tal vez, precisamente, esa sea una forma de rebeldía, de resistir en un mundo en el que no se empeña nada y mucho menos la palabra, que tanto dice de nosotros y tanto nos representa.

sábado, 27 de octubre de 2018

De correctores voluptuosos y demiurgos


Dijo el corrector, Sí, el nombre de este signo es deleátur, se usa cuando necesitamos suprimir y borrar, la misma palabra lo dice, y tanto más vale para letras sueltas que para palabras completas. Esta es la primera frase de Raimundo Silva en Historia del cerco de Lisboa, de José Saramago. Corrige textos para una editorial de Lisboa, pero es autónomo, afortunadamente trabaja en casa y dispone de su tiempo. Tiene Raimundo Silva el hábito higiénico de concederse a sí mismo un día de libertad cuando termina la corrección de un libro. Es como un desahogo, dice él, una purga.

Esta mañana ha salido luego de entregar una corrección, pero no una corrección cualquiera: ha modificado un texto de historia de tal forma que ha cambiado el relato del cerco de Lisboa. Raimundo ha roto el código deontológico no escrito que pauta la relación del corrector en relación con las ideas y opiniones de los autores. Sin embargo, antes de que todo estalle, se sienta en una mesa de la confitería A Graciosa, con el manuscrito del libro que acaba de corregir. Saca unas páginas y lo lee. La confitería, la cafetería, el restaurante… lugares donde trabajan muchas veces los correctores. Junto a una taza de café dejan que pasen las horas mientras, en su computadora portátil o en los manuscritos, realizan esa labor de dar sentido a un texto, de ordenarlo para que quien lee pueda hacerlo con tranquilidad. Este café imaginario, que puede estar en cualquier esquina de Quito, Lima, Montevideo, Buenos Aires, Madrid, Barcelona, Caracas… nos convoca esta tarde a conversar sobre la corrección de textos.

Todos quienes compartimos esta mesa llevamos en la corrección por lo menos una década, nos han juntado congresos, trabajos, talleres… somos colegas de aquí y de allá; diría que más que colegas: cómplices y amigos. Cuando nos preguntamos sobre nuestra profesión, las respuestas surgen raudas, naturales. Nuria Gómez Belart vive en Buenos Aires y es correctora desde finales de los noventa. “La corrección es una forma de vida”, dice mientras bebe un sorbo de té. “También es un juego, donde hay que descubrir errores, y es un arte, donde hay que pulir los detalles de las obras que otras personas escribieron”. 

Andrea Torres, de Quito, suelta una frase que nos deja pensando: “Los correctores somos lectores que redimen”, y añade: “somos lectores especializados y expertos en la lengua; somos, no solo correctores, sino asesores lingüísticos”. Todos asentimos, pues nos identificamos: nuestra labor se ha convertido en una suerte de asesoría lingüística. Ya no solo consiste en corregir las erratas de un texto, sino en acompañar al autor, desde el aspecto lingüístico, para que su documento sea limpio y legible. Raimundo, desde su mesa, detiene su lectura: En lo más secreto de nuestras almas secretas, nosotros, los correctores, somos voluptuosos y esta voluptuosidad de la que habla con tanto desparpajo nos permite acercarnos a los lectores y tratar de mirar dentro de su alma. María Ester Capurro, de Buenos Aires, observa en silencio, piensa que necesitamos volver a la corrección gourmet, esa que se relaciona con el autor, que lo escucha y que lo asesora.

La corrección es uno de los eslabones indispensables de la cadena editorial. Mientras ceba un mate, Pilar Chargoñia, nuestra colega de Montevideo, lo resume así: “Cuando cada uno de los actores editoriales está formado para la tarea que se le pide, trabajar en la edición de las publicaciones es un verdadero placer: hacer buenos libros para los buenos lectores. No hay nada mejor”. Los correctores no trabajamos solos, lo hacemos con editores, diagramadores, diseñadores y, por supuesto (algunas veces), directamente con el autor. En este equipo editorial, el objetivo siempre es el lector. Por eso, una de las mayores satisfacciones de nuestro trabajo es ofrecerle un buen producto. 

Oscar Carrasco es limeño y, además de corrector, escritor de literatura juvenil. “Yo amo los libros”, nos dice, “y lo que más me satisface de la corrección es contribuir a hacerlos”. Gabriela Vargas, coterránea de Oscar, coincide con él: “Lo que me gusta más de esta profesión es ver el trabajo terminado. Es un orgullo saber que mi trabajo ha contribuido para que ese agente comunicacional pueda decir, cambiar planes o afianzarlos, y regalar conocimiento nuevo”. Para María Ester, este trabajo es especial: “Me da placer el hecho de tener un texto delante y enfrentar el desafío de mejorarlo”. Y Sofía Rodríguez, también de Lima, añade: “Me gusta mucho el trabajo terminado, también las dudas resueltas. Me emociona ser la primera lectora; me hace feliz aprender algo nuevo con cada trabajo”.  “Ese primer encuentro con el libro y la revista”, dice también la argentina Carolina Tosi, “es un placer inexplicable”. Somos voluptuosos, piensa Raimundo mientras nos mira.

Aparte de la satisfacción de entregar un trabajo bien hecho, la corrección nos reporta satisfacciones personales. Ricardo Tavares, de Caracas, nos confiesa que gracias a esta profesión se convirtió en un “mejor lingüista”, pues la corrección le ha “cambiado la vida” y le ha ayudado a ver nuevas perspectivas lingüísticas en su trabajo. También confiesa que una de las cosas que más le gusta de la profesión es la glocalidad, “actuar local en un contexto global”. Esto nos permite trabajar desde cualquier lugar del mundo para clientes de cualquier lugar del mundo. Todos trabajamos desde nuestras ciudades, pero eso no nos impide revisar textos de otros lugares, como Panamá o España, en el caso de Ricardo. 

Alberto Gómez Font, de Madrid, quien no se considera un “corrector al uso”, nos cuenta, mientras se sirve un martini (además de filólogo, Alberto es barman), que cuando trabajó en la agencia Efe, desde los ochenta hasta la primera década de los dos mil, el principal trabajo del Departamento de Español Urgente (que luego se convirtió en la Fundéu) era cuidar que los textos se presentaran en un español inteligible para todos los confines hispanohablantes; glocalidad en su máxima expresión. 

Amelia Padilla vive en Barcelona y, junto con Alberto, es, de todos nosotros, quien más tiempo se ha dedicado a esta profesión: más de treinta años. Ella, que empezó a corregir cuando todo se hacía en papel, nos cuenta: “Me gusta mi profesión, a la que no le es ajena una cierta vocación, y me vuelco en cada texto con la misma ilusión del primer día, con el afán de mejorarlo en la medida de lo posible; intento aprender algo cada día, así como evitar caer en la rutina”.

Llevamos horas hablando sobre nuestra profesión, nos sentimos hermanados en esa tarea a la que hemos llegado, casi siempre, por ‘caminos culebreros’. Gabriela nos cuenta que ella empezó a corregir porque se enfermó el corrector principal de la editorial donde trabajaba. Andrea dice que todo empezó “por necesidad y un golpe de suerte”, pues un amigo le pidió que revisara su tesis y, años más tarde, le contrató para revisar unos libros. María Ester es traductora, pero también se decantó por la corrección. Para Nuria la corrección fue una salida rebelde a la carrera de Secretariado en la que le matriculó su papá para que no estudiara Historia. Oscar optó por el mundo editorial porque no soportaba dedicarse a la docencia. Alberto aprendió de manera autodidacta. Amelia siguió unos cursos en una editorial, donde luego se quedó más de una década. Yo empecé como correctora cuando en un periódico, con la intención de ‘ascender a periodista’, y me apasioné tanto que esta profesión se convirtió en mi placer y sustento. Pilar y Carolina hicieron la carrera de docentes en Letras. En fin, todos llegamos a esta profesión por alguna casualidad maravillosa (o “causalidad”, como me corrige María Ester).

“Sin embargo, no todo es coser y cantar”, nos dice Amelia y todos asentimos. Es que si bien la corrección tiene innumerables satisfacciones, también tiene dificultades. Una de las principales es que los correctores no escapamos a la crisis económica que afecta a todos los países, en mayor o en menor medida. “La realidad actual, en España, pasa por la crisis mundial económica que nos ha afectado de pleno y que ha motivado que algunos sectores hayan recortado algunos procesos, en los que los correctores hemos visto mermada la demanda de nuestros servicios”, nos cuenta Amelia. María Ester comenta que en Argentina la situación es complicada; igual que en Ecuador. 

Sin embargo, el caso más complicado es el de Venezuela, donde la corrección se encuentra determinada por la grave crisis que afronta el país: “Por una parte, cada vez se cierran más espacios laborales tradicionales, pues la baja demanda de productos editoriales en papel y su elevado costo de producción desestimula mantener operativas a las empresas de este ramo. Por otra parte, presupuestar un proyecto de corrección en un contexto de hiperinflación es harto complicado, pues lograr que el cliente acepte el costo de los honorarios profesionales y sobre todo que lo pague con prontitud es toda una carrera contra el tiempo. En caso de tener un trabajo para una editorial, la presión sobre el cumplimiento de los plazos es aún mayor, porque las imprentas ofrecen presupuestos de muy corta vigencia. Otra dificultad, mucho más acentuada en el interior del país, son las constantes fallas de energía eléctrica y de conexión a internet. Limita mucho el trabajo, pues todo se hace a computadora”. Todos nos quedamos en silencio…

Aparte de la crisis económica, tenemos otras dificultades, como la poca valoración que todavía sufre nuestra profesión, que incide, sobre todo, en la baja remuneración. Gabriela resume esta realidad, que es la misma en Perú como en el resto de nuestros países: “Lo que más frena a la profesión en el Perú, es que la mayoría no le da tanta importancia. Por eso ofrecen bajos sueldos y los independientes enviamos muchos presupuestos y casi ninguno es aceptado. Estar mal pagado tiene consecuencias. Una de ellas es no poder acceder a capacitaciones, actualizaciones, congresos, etcétera, aparte de lo que exige vivir. Otro ejemplo de lo que sucede aquí es que cada vez hay más improvisados que toman el papel de “corrector de textos”, cobran menos de la mitad de lo justo y consiguen los trabajos (quién sabe cómo dejan los encargos)”. Y, justamente, uno de los problemas que genera esta proliferación de “improvisados” es el hecho de que en muchos países, como Ecuador, todavía no exista una educación formal en corrección de textos. Por fortuna, en Venezuela, Argentina, España y Uruguay, sí la hay, cuentan nuestros colegas.

Pilar nos pincha el globo a todos, que atribuimos nuestras tribulaciones a causas ajenas. “Los correctores también tenemos carencias”, nos dice, y enumera tres: “La falta de conocimiento normativo, la falta de comprensión lectora y la falta de una cultura mínima”. Los que estamos en la mesa bajamos la mirada, sabemos que no sufrimos de esas carencias, pero estamos conscientes de que todavía hay mucho que hacer en la corrección de textos, y ese mucho que hacer pasa por la formación constante, la actualización, la capacitación, y, claro, la apertura de estos espacios para conversar sobre nuestra profesión, nuestros retos, satisfacciones y dificultades. 

Aun así, todos amamos nuestra profesión, incluso Raimundo, que, aunque hojea el texto que acaba de corregir (e invadir), no ha dejado de estar atento a lo que sucede en nuestra mesa. Sin embargo, se acerca y, con una actitud de demiurgo, nos dice: Los correctores, si pudieran, si no estuviesen atados de pies y manos por un conjunto de prohibiciones más impositivo que el código penal, sabrían mudar la faz del mundo, implantar el reino de la felicidad universal, dando de beber a quien tiene sed, de comer a quien tiene hambre, paz a los que viven agitados, alegría a los tristes, compañía a los solitarios, esperanza a quien la tenga perdida, por no hablar ya de la fácil liquidación de miserias y crímenes, porque todo lo harían con un simple cambio de palabras…

martes, 25 de septiembre de 2018

Los cambios en la lengua como una cuestión pública


Hace un par de semanas se suscitó una polémica en España porque se comentó que el Gobierno solicitaría a la Real Academia Española que revisara la Constitución del país y la adecuara a un lenguaje inclusivo. Es interesante el debate que esto ha armado, pues, por un lado, se encuentran quienes apoyan que los documentos oficiales, sobre todo, estén escritos en un lenguaje inclusivo, que no solo evidencie la presencia femenina y de otros géneros entre la ciudadanía sino la de todas las llamadas minorías. Por otro lado, se encuentran quienes defienden a capa y espada el statu quo en la lengua, y recurren al hecho de que el masculino sea el género marcado en el español.

Los grupos que defienden el statu quo afirman que la lengua ya cuenta con los géneros definidos y que tratar de incluir un tercer género atentaría contra el sistema de la lengua, pues no solamente se trata de cambiar una letra en sustantivos y adjetivos, sino de pensar en cambios estructurales que afectan a todo el sistema. Esto es obvio, pues no se trata solo de un cambio en el léxico, sino de cambios morfológicos que serán mucho más complejos de asimilar. El incluir un género neutro, por ejemplo introduciendo la letra ‘e’, es más complicado  que cambiar acepciones en el diccionario. Y ya vemos que lograr que la RAE haga cambios en este aspecto es algo muy peliagudo. Sin embargo, hay que empezar por algo y, al parecer, este tema no va a detenerse porque la RAE lo ignore o porque los gobiernos se pronuncien al respecto (por ejemplo, en Francia, el Gobierno se manifestó contra el lenguaje inclusivo).

Otro argumento que esgrimen quienes defienden que la lengua permanezca como está es que  ya existen dentro de esta fórmulas que permiten evidenciar que no es sexista ni oculta a las minorías. Se han generado textos académicos sobre el tema, como el informe que Ignacio Bosque redactó para la RAE en 2012, en el que analiza varias guías de lenguaje no sexista, y, al final, llega a la conclusión de que no es necesario hacer un cambio en la lengua. También se ha tachado a todos estos cambios de ‘novelerías’ o se ha tratado de minimizar cualquier lucha en el campo lingüístico, son argumentos lingüísticos, por supuesto. El problema es que no solo se trata de un asunto gramatical o léxico; se trata de una cuestión pública, de las demandas de grupos que han sido eternamente minorizados.

La cuestión es que la lengua no le pertenece a un gobierno ni a una institución, pertenece a quien la usa. Si bien todas las lenguas cuentan con normas internas que la regulan y la encauzan, estas pueden modificarse. El debate sobre el lenguaje inclusivo es una muestra de que la lengua está en constante movimiento, y que quienes la usamos podemos intervenir sobre ella, proponer y generar modificaciones que evidencien los cambios y las luchas sociales. Debemos ver que esta lucha no es una ‘novelería’, independientemente de qué letra se imponga en las terminaciones, es una cuestión pública y política en la que lengua juega un papel importante. Y me parece una suerte que seamos parte de este debate, porque decídase lo que se decida se está generando un cambio de conciencia.


La educación intercultural bilingüe y las relaciones diglósicas


Cuando nos encontramos en contextos interculturales, como el ecuatoriano, surge la duda de hasta qué punto se practica la interculturalidad, o es un instrumento funcional que sirve para legitimar y naturalizar las hegemonías. A lo largo de la historia, encontramos ejemplos que dan cuenta de que conceptos como interculturalidad, diversidad o pluralidad se han utilizado como mecanismos para disfrazar prácticas de dominación a las mismas comunidades a las que se pretende ‘revitalizar’, integrar y proteger. En el caso de la lengua, varios grupos colonizadores usaron las lenguas autóctonas para legitimar su poder; como sucedió con la colonización española, que se valió de traducciones de la Biblia a las lenguas autóctonas para dominar a los colonizados. Aun hoy, muchos siglos más tarde, seguimos siendo testigos de este tipo de prácticas, tal vez más sutiles pero igual de ‘eficaces’.



En la educación intercultural bilingüe (EIB) se pueden observar rasgos que indican que la interculturalidad es una práctica y un concepto que muchas veces se queda en el papel. Sabemos que el castellano es la lengua oficial de nuestro país, y que esta, el kichwa y el shuar son reconocidas en la Constitución como lenguas de relación intercultural. Las otras lenguas ancestrales son de uso oficial en su territorio de influencia. Pese al plurilingüismo del país, al ser el castellano el idioma oficial, todos los documentos oficiales deben expresarse en esta lengua. El hecho de que el castellano, el kichwa y el shuar sean lenguas de relación intercultural implica que cuando se apliquen normas relacionadas con la interculturalidad, estas se contrasten. En la EIB, este ‘bilingüismo’ implicará al castellano, como lengua oficial, y a otra de las lenguas de relación intercultural. En el artículo 347 de la Constitución, se establece que dentro del sistema de EIB, la lengua de la nacionalidad es la principal, mientras el castellano será la segunda lengua de relación intercultural. Es decir, aunque el castellano no sea el idioma principal, todos los aprendizajes deberán pasar por su tamiz. Esto ubica a las lenguas en una relación diglósica.


En la EIB se contempla el estudio de dos currículos paralelos de lengua y literatura: uno que se imparte en castellano y otro, el de Lengua y Literatura de la Nacionalidad, impartido en la lengua de las comunidades. Aunque ambos se basen en un enfoque comunicativo, en el que la lengua es un elemento funcional que forma usuarios competentes que puedan comunicarse de manera oral y escrita, al comparar varios pasajes se nota esta relación diglósica de las lenguas. Por un lado, el castellano sirve como lengua funcional, para desenvolverse en el mundo, y, por otro, la lengua de la nacionalidad sirve para revitalizar las culturas, no se llega totalmente a su funcionalidad. Este es un caso muy claro en el que la interculturalidad no alcanza a la realidad del país. Esperemos que ahora, que se está revitalizando la EIB, se considere a las lenguas y a sus usuarios en los mismos niveles.



Reubicar al ser ecuatoriano, una tarea de todos


Esta semana se celebró en Guayaquil el vigésimo Congreso de la Asociación de Ecuatorianistas, con el tema ‘(Re)ubicando el ser ecuatoriano’. En este congreso, que se efectúa cada año en diversas ciudades del país, participan estudiosos e intelectuales que discuten acerca de varios temas que se relacionan con la ecuatorianidad y, sobre todo, cómo nos vemos desde los distintos espacios culturales. Los temas de las ponencias tienen que ver especialmente con la literatura, con cómo se construye ese ser ecuatoriano desde las letras, desde la ficción, desde los estudios sobre nosotros mismos. Y a la vez es un diálogo con otras latitudes, con otros espacios en los que nos reflejamos y en los que se habla sobre nosotros.

La Asociación de Ecuatorianistas surgió en EE.UU., con la intención de reunir a los investigadores ecuatorianos que trabajan en las universidades de ese país, en el campo de la literatura y las artes. La idea era crear foros que permitieran el intercambio de información, tanto dentro como fuera del país. Estas redes que se crean permiten compartir los conocimientos, dar a conocer los trabajos que se efectúan, las investigaciones, así como promover nuevos estudios interdisciplinares y difundir lo que se hace en Ecuador. En la actualidad no solo forman parte de la Asociación quienes residen en el exterior, sino varios investigadores que han participado en los congresos y han contribuido a la discusión sobre el ser ecuatoriano.

Los temas del Congreso de la Asociación de Ecuatorianistas son muy variados, en cuanto abarcan varias etapas de la literatura y la cultura ecuatoriana. Es destacable, por ejemplo, el espacio que se da a nuevas lecturas de los autores de la generación del 30 de nuestro país. Se revisan obras de los autores indigenistas, de los miembros del grupo de Guayaquil, hay varios espacios dedicados a releer la obra de Pablo Palacio… Es interesante esta (re)ubicación del ser ecuatoriano desde estos autores que marcaron una etapa importante en nuestra literatura, sobre todo porque a partir de esta generación la literatura nacional empezó a mirar hacia adentro y a pensarse como ecuatoriana, ya sea desde la denuncia de la explotación de los desposeídos por parte de los terratenientes, la iglesia o el poder político, o desde una nueva manera de hacer literatura.

También se ponen en diálogo las nuevas escrituras con los autores canónicos de nuestra literatura y de la literatura extranjera. Se plantean revisiones a la luz de nuestra realidad actual. Asimismo, se da espacio a la ciencia ficción y a nuevas voces, ya sea desde la periferia o desde la academia. Los congresos como este siempre son una buena noticia porque nos acercan al pensamiento de otros, a las diversas formas de afrontar una obra o una manifestación cultural, nos pone frente al espejo, y hace que nos pensemos hacia adentro y hacia afuera. Estas iniciativas deben diseminarse y también compartirse; es importante que los diversos estudios circulen y se discutan, pues eso ayuda a pensar sobre nuestra identidad.