sábado, 27 de octubre de 2018

De correctores voluptuosos y demiurgos


Dijo el corrector, Sí, el nombre de este signo es deleátur, se usa cuando necesitamos suprimir y borrar, la misma palabra lo dice, y tanto más vale para letras sueltas que para palabras completas. Esta es la primera frase de Raimundo Silva en Historia del cerco de Lisboa, de José Saramago. Corrige textos para una editorial de Lisboa, pero es autónomo, afortunadamente trabaja en casa y dispone de su tiempo. Tiene Raimundo Silva el hábito higiénico de concederse a sí mismo un día de libertad cuando termina la corrección de un libro. Es como un desahogo, dice él, una purga.

Esta mañana ha salido luego de entregar una corrección, pero no una corrección cualquiera: ha modificado un texto de historia de tal forma que ha cambiado el relato del cerco de Lisboa. Raimundo ha roto el código deontológico no escrito que pauta la relación del corrector en relación con las ideas y opiniones de los autores. Sin embargo, antes de que todo estalle, se sienta en una mesa de la confitería A Graciosa, con el manuscrito del libro que acaba de corregir. Saca unas páginas y lo lee. La confitería, la cafetería, el restaurante… lugares donde trabajan muchas veces los correctores. Junto a una taza de café dejan que pasen las horas mientras, en su computadora portátil o en los manuscritos, realizan esa labor de dar sentido a un texto, de ordenarlo para que quien lee pueda hacerlo con tranquilidad. Este café imaginario, que puede estar en cualquier esquina de Quito, Lima, Montevideo, Buenos Aires, Madrid, Barcelona, Caracas… nos convoca esta tarde a conversar sobre la corrección de textos.

Todos quienes compartimos esta mesa llevamos en la corrección por lo menos una década, nos han juntado congresos, trabajos, talleres… somos colegas de aquí y de allá; diría que más que colegas: cómplices y amigos. Cuando nos preguntamos sobre nuestra profesión, las respuestas surgen raudas, naturales. Nuria Gómez Belart vive en Buenos Aires y es correctora desde finales de los noventa. “La corrección es una forma de vida”, dice mientras bebe un sorbo de té. “También es un juego, donde hay que descubrir errores, y es un arte, donde hay que pulir los detalles de las obras que otras personas escribieron”. 

Andrea Torres, de Quito, suelta una frase que nos deja pensando: “Los correctores somos lectores que redimen”, y añade: “somos lectores especializados y expertos en la lengua; somos, no solo correctores, sino asesores lingüísticos”. Todos asentimos, pues nos identificamos: nuestra labor se ha convertido en una suerte de asesoría lingüística. Ya no solo consiste en corregir las erratas de un texto, sino en acompañar al autor, desde el aspecto lingüístico, para que su documento sea limpio y legible. Raimundo, desde su mesa, detiene su lectura: En lo más secreto de nuestras almas secretas, nosotros, los correctores, somos voluptuosos y esta voluptuosidad de la que habla con tanto desparpajo nos permite acercarnos a los lectores y tratar de mirar dentro de su alma. María Ester Capurro, de Buenos Aires, observa en silencio, piensa que necesitamos volver a la corrección gourmet, esa que se relaciona con el autor, que lo escucha y que lo asesora.

La corrección es uno de los eslabones indispensables de la cadena editorial. Mientras ceba un mate, Pilar Chargoñia, nuestra colega de Montevideo, lo resume así: “Cuando cada uno de los actores editoriales está formado para la tarea que se le pide, trabajar en la edición de las publicaciones es un verdadero placer: hacer buenos libros para los buenos lectores. No hay nada mejor”. Los correctores no trabajamos solos, lo hacemos con editores, diagramadores, diseñadores y, por supuesto (algunas veces), directamente con el autor. En este equipo editorial, el objetivo siempre es el lector. Por eso, una de las mayores satisfacciones de nuestro trabajo es ofrecerle un buen producto. 

Oscar Carrasco es limeño y, además de corrector, escritor de literatura juvenil. “Yo amo los libros”, nos dice, “y lo que más me satisface de la corrección es contribuir a hacerlos”. Gabriela Vargas, coterránea de Oscar, coincide con él: “Lo que me gusta más de esta profesión es ver el trabajo terminado. Es un orgullo saber que mi trabajo ha contribuido para que ese agente comunicacional pueda decir, cambiar planes o afianzarlos, y regalar conocimiento nuevo”. Para María Ester, este trabajo es especial: “Me da placer el hecho de tener un texto delante y enfrentar el desafío de mejorarlo”. Y Sofía Rodríguez, también de Lima, añade: “Me gusta mucho el trabajo terminado, también las dudas resueltas. Me emociona ser la primera lectora; me hace feliz aprender algo nuevo con cada trabajo”.  “Ese primer encuentro con el libro y la revista”, dice también la argentina Carolina Tosi, “es un placer inexplicable”. Somos voluptuosos, piensa Raimundo mientras nos mira.

Aparte de la satisfacción de entregar un trabajo bien hecho, la corrección nos reporta satisfacciones personales. Ricardo Tavares, de Caracas, nos confiesa que gracias a esta profesión se convirtió en un “mejor lingüista”, pues la corrección le ha “cambiado la vida” y le ha ayudado a ver nuevas perspectivas lingüísticas en su trabajo. También confiesa que una de las cosas que más le gusta de la profesión es la glocalidad, “actuar local en un contexto local”. Esto nos permite trabajar desde cualquier lugar del mundo para clientes de cualquier lugar del mundo. Todos trabajamos desde nuestras ciudades, pero eso no nos impide revisar textos de otros lugares, como Panamá o España, en el caso de Ricardo. 

Alberto Gómez Font, de Madrid, quien no se considera un “corrector al uso”, nos cuenta, mientras se sirve un martini (además de filólogo, Alberto es barman), que cuando trabajó en la agencia Efe, desde los ochenta hasta la primera década de los dos mil, el principal trabajo del Departamento de Español Urgente (que luego se convirtió en la Fundéu) era cuidar que los textos se presentaran en un español inteligible para todos los confines hispanohablantes; glocalidad en su máxima expresión. 

Amelia Padilla vive en Barcelona y, junto con Alberto, es, de todos nosotros, quien más tiempo se ha dedicado a esta profesión: más de treinta años. Ella, que empezó a corregir cuando todo se hacía en papel, nos cuenta: “Me gusta mi profesión, a la que no le es ajena una cierta vocación, y me vuelco en cada texto con la misma ilusión del primer día, con el afán de mejorarlo en la medida de lo posible; intento aprender algo cada día, así como evitar caer en la rutina”.

Llevamos horas hablando sobre nuestra profesión, nos sentimos hermanados en esa tarea a la que hemos llegado, casi siempre, por ‘caminos culebreros’. Gabriela nos cuenta que ella empezó a corregir porque se enfermó el corrector principal de la editorial donde trabajaba. Andrea dice que todo empezó “por necesidad y un golpe de suerte”, pues un amigo le pidió que revisara su tesis y, años más tarde, le contrató para revisar unos libros. María Ester es traductora, pero también se decantó por la corrección. Para Nuria la corrección fue una salida rebelde a la carrera de Secretariado en la que le matriculó su papá para que no estudiara Historia. Oscar optó por el mundo editorial porque no soportaba dedicarse a la docencia. Alberto aprendió de manera autodidacta. Amelia siguió unos cursos en una editorial, donde luego se quedó más de una década. Yo empecé como correctora cuando en un periódico, con la intención de ‘ascender a periodista’, y me apasioné tanto que esta profesión se convirtió en mi placer y sustento. Pilar y Carolina hicieron la carrera de docentes en Letras. En fin, todos llegamos a esta profesión por alguna casualidad maravillosa (o “causalidad”, como me corrige María Ester).

“Sin embargo, no todo es coser y cantar”, nos dice Amelia y todos asentimos. Es que si bien la corrección tiene innumerables satisfacciones, también tiene dificultades. Una de las principales es que los correctores no escapamos a la crisis económica que afecta a todos los países, en mayor o en menor medida. “La realidad actual, en España, pasa por la crisis mundial económica que nos ha afectado de pleno y que ha motivado que algunos sectores hayan recortado algunos procesos, en los que los correctores hemos visto mermada la demanda de nuestros servicios”, nos cuenta Amelia. María Ester comenta que en Argentina la situación es complicada; igual que en Ecuador. 

Sin embargo, el caso más complicado es el de Venezuela, donde la corrección se encuentra determinada por la grave crisis que afronta el país: “Por una parte, cada vez se cierran más espacios laborales tradicionales, pues la baja demanda de productos editoriales en papel y su elevado costo de producción desestimula mantener operativas a las empresas de este ramo. Por otra parte, presupuestar un proyecto de corrección en un contexto de hiperinflación es harto complicado, pues lograr que el cliente acepte el costo de los honorarios profesionales y sobre todo que lo pague con prontitud es toda una carrera contra el tiempo. En caso de tener un trabajo para una editorial, la presión sobre el cumplimiento de los plazos es aún mayor, porque las imprentas ofrecen presupuestos de muy corta vigencia. Otra dificultad, mucho más acentuada en el interior del país, son las constantes fallas de energía eléctrica y de conexión a internet. Limita mucho el trabajo, pues todo se hace a computadora”. Todos nos quedamos en silencio…

Aparte de la crisis económica, tenemos otras dificultades, como la poca valoración que todavía sufre nuestra profesión, que incide, sobre todo, en la baja remuneración. Gabriela resume esta realidad, que es la misma en Perú como en el resto de nuestros países: “Lo que más frena a la profesión en el Perú, es que la mayoría no le da tanta importancia. Por eso ofrecen bajos sueldos y los independientes enviamos muchos presupuestos y casi ninguno es aceptado. Estar mal pagado tiene consecuencias. Una de ellas es no poder acceder a capacitaciones, actualizaciones, congresos, etcétera, aparte de lo que exige vivir. Otro ejemplo de lo que sucede aquí es que cada vez hay más improvisados que toman el papel de “corrector de textos”, cobran menos de la mitad de lo justo y consiguen los trabajos (quién sabe cómo dejan los encargos)”. Y, justamente, uno de los problemas que genera esta proliferación de “improvisados” es el hecho de que en muchos países, como Ecuador, todavía no exista una educación formal en corrección de textos. Por fortuna, en Venezuela, Argentina, España y Uruguay, sí la hay, cuentan nuestros colegas.

Pilar nos pincha el globo a todos, que atribuimos nuestras tribulaciones a causas ajenas. “Los correctores también tenemos carencias”, nos dice, y enumera tres: “La falta de conocimiento normativo, la falta de comprensión lectora y la falta de una cultura mínima”. Los que estamos en la mesa bajamos la mirada, sabemos que no sufrimos de esas carencias, pero estamos conscientes de que todavía hay mucho que hacer en la corrección de textos, y ese mucho que hacer pasa por la formación constante, la actualización, la capacitación, y, claro, la apertura de estos espacios para conversar sobre nuestra profesión, nuestros retos, satisfacciones y dificultades. 

Aun así, todos amamos nuestra profesión, incluso Raimundo, que, aunque hojea el texto que acaba de corregir (e invadir), no ha dejado de estar atento a lo que sucede en nuestra mesa. Sin embargo, se acerca y, con una actitud de demiurgo, nos dice: Los correctores, si pudieran, si no estuviesen atados de pies y manos por un conjunto de prohibiciones más impositivo que el código penal, sabrían mudar la faz del mundo, implantar el reino de la felicidad universal, dando de beber a quien tiene sed, de comer a quien tiene hambre, paz a los que viven agitados, alegría a los tristes, compañía a los solitarios, esperanza a quien la tenga perdida, por no hablar ya de la fácil liquidación de miserias y crímenes, porque todo lo harían con un simple cambio de palabras…

martes, 25 de septiembre de 2018

Los cambios en la lengua como una cuestión pública


Hace un par de semanas se suscitó una polémica en España porque se comentó que el Gobierno solicitaría a la Real Academia Española que revisara la Constitución del país y la adecuara a un lenguaje inclusivo. Es interesante el debate que esto ha armado, pues, por un lado, se encuentran quienes apoyan que los documentos oficiales, sobre todo, estén escritos en un lenguaje inclusivo, que no solo evidencie la presencia femenina y de otros géneros entre la ciudadanía sino la de todas las llamadas minorías. Por otro lado, se encuentran quienes defienden a capa y espada el statu quo en la lengua, y recurren al hecho de que el masculino sea el género marcado en el español.

Los grupos que defienden el statu quo afirman que la lengua ya cuenta con los géneros definidos y que tratar de incluir un tercer género atentaría contra el sistema de la lengua, pues no solamente se trata de cambiar una letra en sustantivos y adjetivos, sino de pensar en cambios estructurales que afectan a todo el sistema. Esto es obvio, pues no se trata solo de un cambio en el léxico, sino de cambios morfológicos que serán mucho más complejos de asimilar. El incluir un género neutro, por ejemplo introduciendo la letra ‘e’, es más complicado  que cambiar acepciones en el diccionario. Y ya vemos que lograr que la RAE haga cambios en este aspecto es algo muy peliagudo. Sin embargo, hay que empezar por algo y, al parecer, este tema no va a detenerse porque la RAE lo ignore o porque los gobiernos se pronuncien al respecto (por ejemplo, en Francia, el Gobierno se manifestó contra el lenguaje inclusivo).

Otro argumento que esgrimen quienes defienden que la lengua permanezca como está es que  ya existen dentro de esta fórmulas que permiten evidenciar que no es sexista ni oculta a las minorías. Se han generado textos académicos sobre el tema, como el informe que Ignacio Bosque redactó para la RAE en 2012, en el que analiza varias guías de lenguaje no sexista, y, al final, llega a la conclusión de que no es necesario hacer un cambio en la lengua. También se ha tachado a todos estos cambios de ‘novelerías’ o se ha tratado de minimizar cualquier lucha en el campo lingüístico, son argumentos lingüísticos, por supuesto. El problema es que no solo se trata de un asunto gramatical o léxico; se trata de una cuestión pública, de las demandas de grupos que han sido eternamente minorizados.

La cuestión es que la lengua no le pertenece a un gobierno ni a una institución, pertenece a quien la usa. Si bien todas las lenguas cuentan con normas internas que la regulan y la encauzan, estas pueden modificarse. El debate sobre el lenguaje inclusivo es una muestra de que la lengua está en constante movimiento, y que quienes la usamos podemos intervenir sobre ella, proponer y generar modificaciones que evidencien los cambios y las luchas sociales. Debemos ver que esta lucha no es una ‘novelería’, independientemente de qué letra se imponga en las terminaciones, es una cuestión pública y política en la que lengua juega un papel importante. Y me parece una suerte que seamos parte de este debate, porque decídase lo que se decida se está generando un cambio de conciencia.


La educación intercultural bilingüe y las relaciones diglósicas


Cuando nos encontramos en contextos interculturales, como el ecuatoriano, surge la duda de hasta qué punto se practica la interculturalidad, o es un instrumento funcional que sirve para legitimar y naturalizar las hegemonías. A lo largo de la historia, encontramos ejemplos que dan cuenta de que conceptos como interculturalidad, diversidad o pluralidad se han utilizado como mecanismos para disfrazar prácticas de dominación a las mismas comunidades a las que se pretende ‘revitalizar’, integrar y proteger. En el caso de la lengua, varios grupos colonizadores usaron las lenguas autóctonas para legitimar su poder; como sucedió con la colonización española, que se valió de traducciones de la Biblia a las lenguas autóctonas para dominar a los colonizados. Aun hoy, muchos siglos más tarde, seguimos siendo testigos de este tipo de prácticas, tal vez más sutiles pero igual de ‘eficaces’.



En la educación intercultural bilingüe (EIB) se pueden observar rasgos que indican que la interculturalidad es una práctica y un concepto que muchas veces se queda en el papel. Sabemos que el castellano es la lengua oficial de nuestro país, y que esta, el kichwa y el shuar son reconocidas en la Constitución como lenguas de relación intercultural. Las otras lenguas ancestrales son de uso oficial en su territorio de influencia. Pese al plurilingüismo del país, al ser el castellano el idioma oficial, todos los documentos oficiales deben expresarse en esta lengua. El hecho de que el castellano, el kichwa y el shuar sean lenguas de relación intercultural implica que cuando se apliquen normas relacionadas con la interculturalidad, estas se contrasten. En la EIB, este ‘bilingüismo’ implicará al castellano, como lengua oficial, y a otra de las lenguas de relación intercultural. En el artículo 347 de la Constitución, se establece que dentro del sistema de EIB, la lengua de la nacionalidad es la principal, mientras el castellano será la segunda lengua de relación intercultural. Es decir, aunque el castellano no sea el idioma principal, todos los aprendizajes deberán pasar por su tamiz. Esto ubica a las lenguas en una relación diglósica.


En la EIB se contempla el estudio de dos currículos paralelos de lengua y literatura: uno que se imparte en castellano y otro, el de Lengua y Literatura de la Nacionalidad, impartido en la lengua de las comunidades. Aunque ambos se basen en un enfoque comunicativo, en el que la lengua es un elemento funcional que forma usuarios competentes que puedan comunicarse de manera oral y escrita, al comparar varios pasajes se nota esta relación diglósica de las lenguas. Por un lado, el castellano sirve como lengua funcional, para desenvolverse en el mundo, y, por otro, la lengua de la nacionalidad sirve para revitalizar las culturas, no se llega totalmente a su funcionalidad. Este es un caso muy claro en el que la interculturalidad no alcanza a la realidad del país. Esperemos que ahora, que se está revitalizando la EIB, se considere a las lenguas y a sus usuarios en los mismos niveles.



Reubicar al ser ecuatoriano, una tarea de todos


Esta semana se celebró en Guayaquil el vigésimo Congreso de la Asociación de Ecuatorianistas, con el tema ‘(Re)ubicando el ser ecuatoriano’. En este congreso, que se efectúa cada año en diversas ciudades del país, participan estudiosos e intelectuales que discuten acerca de varios temas que se relacionan con la ecuatorianidad y, sobre todo, cómo nos vemos desde los distintos espacios culturales. Los temas de las ponencias tienen que ver especialmente con la literatura, con cómo se construye ese ser ecuatoriano desde las letras, desde la ficción, desde los estudios sobre nosotros mismos. Y a la vez es un diálogo con otras latitudes, con otros espacios en los que nos reflejamos y en los que se habla sobre nosotros.

La Asociación de Ecuatorianistas surgió en EE.UU., con la intención de reunir a los investigadores ecuatorianos que trabajan en las universidades de ese país, en el campo de la literatura y las artes. La idea era crear foros que permitieran el intercambio de información, tanto dentro como fuera del país. Estas redes que se crean permiten compartir los conocimientos, dar a conocer los trabajos que se efectúan, las investigaciones, así como promover nuevos estudios interdisciplinares y difundir lo que se hace en Ecuador. En la actualidad no solo forman parte de la Asociación quienes residen en el exterior, sino varios investigadores que han participado en los congresos y han contribuido a la discusión sobre el ser ecuatoriano.

Los temas del Congreso de la Asociación de Ecuatorianistas son muy variados, en cuanto abarcan varias etapas de la literatura y la cultura ecuatoriana. Es destacable, por ejemplo, el espacio que se da a nuevas lecturas de los autores de la generación del 30 de nuestro país. Se revisan obras de los autores indigenistas, de los miembros del grupo de Guayaquil, hay varios espacios dedicados a releer la obra de Pablo Palacio… Es interesante esta (re)ubicación del ser ecuatoriano desde estos autores que marcaron una etapa importante en nuestra literatura, sobre todo porque a partir de esta generación la literatura nacional empezó a mirar hacia adentro y a pensarse como ecuatoriana, ya sea desde la denuncia de la explotación de los desposeídos por parte de los terratenientes, la iglesia o el poder político, o desde una nueva manera de hacer literatura.

También se ponen en diálogo las nuevas escrituras con los autores canónicos de nuestra literatura y de la literatura extranjera. Se plantean revisiones a la luz de nuestra realidad actual. Asimismo, se da espacio a la ciencia ficción y a nuevas voces, ya sea desde la periferia o desde la academia. Los congresos como este siempre son una buena noticia porque nos acercan al pensamiento de otros, a las diversas formas de afrontar una obra o una manifestación cultural, nos pone frente al espejo, y hace que nos pensemos hacia adentro y hacia afuera. Estas iniciativas deben diseminarse y también compartirse; es importante que los diversos estudios circulen y se discutan, pues eso ayuda a pensar sobre nuestra identidad.


Las dificultades y los retos de los profesionales de la edición

Hace unos días, una exalumna me escribió para pedirme que revisara un texto que había escrito y lo necesitaba de urgencia, “es corto”, me decía, a manera de excusa. También me llamó un señor que necesitaba que alguien corrigiera su ‘librito’, pero me advirtió que no tenía mucho presupuesto; revisé la primera página y tiene más de cincuenta errores. Varias veces me han llamado amigos para pedirme que les enviara cotizaciones para trabajos de edición o corrección y, días más tarde, he descubierto que ellos necesitaban saber cuánto se cobraba porque estaba iniciándose la tarea. Hace poco, una universidad me ofreció un trabajo en el que pagaban menos de la mitad (¡menos de la mitad!) de lo que se paga normalmente a un corrector, resaltando que, aunque son conscientes de que no pagan mucho, el prestigio de trabajar para la institución lo valía. Estas son unas pocas historias con las que me he enfrentado durante las dos décadas que llevo en la corrección y en la edición. Y no solo me pasan a mí ni a los correctores; esto es bastante común entre los profesionales de la edición: editores, traductores, diseñadores, ilustradores, autores, etc.   

Parece que se pensaría que trabajar con un texto, en cualquiera de sus niveles, es solo cuestión de ‘echarle un ojo’, cuando no es así. Cada uno de los profesionales de la edición (de los profesionales, recalco, no de los improvisados) ha tenido que invertir mucho en su carrera. Con inversión me refiero al dinero invertido en estudios formales, en capacitación y en actualización; al tiempo que esto ha demandado, y a todo el trabajo para conseguir experiencia y experticia. Hay esa falsa idea de que corregir, traducir, editar o diseñar son algo así como un ‘pasatiempo’ para nosotros; se cree que si pasas todo el día leyendo o en la computadora ‘haciendo dibujitos’, cinco minutos de revisar un texto son nada. 

Seguramente esas mismas personas no hacen su trabajo gratis. No se atreverían tampoco a pedirle a un cirujano que, ya que abrió el cuerpo del paciente para operar el corazón, les ‘eche un ojo’ al hígado y a los pulmones; o a un arquitecto, que ya que hizo los planos para una casa, de una vez diseñe una bodega sin cobrar más. Creo que hace falta tomar conciencia de que trabajar con textos es igual de importante para nuestra sociedad que trabajar con cualquier otro tipo de objetos. Los libros, y los textos en general, cumplen, casi siempre, una función educativa fundamental para nuestro desarrollo como sociedad; de ahí nuestra importancia.

Sin embargo, a veces esta subvaloración del trabajo de las profesiones relacionadas con la edición no solo surge de afuera, sino de adentro, de los mismos profesionales que no son conscientes de su importancia. Esto genera una competencia desleal que va en detrimento de la valoración de todos sus colegas. Me parece que, ahora más que nunca, es importante que unirse y plantear propuestas conjuntas para que se valoren nuestras profesiones. Es necesario insistir a las universidades y a las instituciones educativas para que se abran opciones de carreras y de capacitación, y también trabajar en equipo para diseñar perfiles profesionales que nos permitan exigir un trato y un pago justo. Hay que valorar nuestras tareas para que nunca, nadie más, confunda ‘echar un ojito’ con trabajar seriamente.

El terror de la página en blanco y la estructuración de las ideas


Uno de los mayores terrores que afronta quien empieza a escribir, sea novato o experimentado, es la hoja en blanco. Muchas veces resulta angustioso mirar titilar el cursor, si escribimos en la computadora, u observar la hoja de papel vacía, inmaculada. Cuesta empezar, y cuesta, sobre todo, porque cuando empezamos a escribir a veces no sabemos exactamente qué vamos a decir. Tenemos una idea vaga en nuestra cabeza, acaso el tema o dos puntos importantes, pero no hemos pensado en el texto antes de volcarlo a la página. Por esto ocurren muchos problemas de redacción, ya que al tener una idea poco clara de qué queremos escribir, nos lanzamos a decir todo lo que se nos ocurre sobre el tema que escogimos y lo hacemos de una manera desordenada. A la hora de escribir, por lo tanto, es importante planificar el texto y estructurar previamente las ideas que abarcará.

Cuando trabajo en clases de redacción, uno de los ejercicios consiste, precisamente, en ordenar las ideas para escribir un texto. El ejercicio parte de la redacción de una tesis, que no es más que una oración con una idea principal y tres secundarias que la apoyan. La idea principal refleja la intencionalidad del texto (argumentativo, contrastivo, descriptivo, etc.) y las ideas secundarias son los argumentos, ideas, descripciones, etc., que refuerzan esa intencionalidad. El ejercicio parece fácil, pero cuesta bastante, porque se complica encontrar solo tres ideas que apoyen a la principal. Y cuesta también encontrar una idea principal alrededor de la cual gire el resto. También es difícil ‘dejar ir’ otros asuntos relacionados con el tema principal, que nos parecen igual de importantes. Para empezar a escribir un texto, debemos tener claro, entonces, sobre qué hablaremos y cómo restringiremos el tema. Con esta oración base de cualquier texto, la idea queda delimitada y la página vacía empieza a llenarse de ideas ordenadas e importantes.

Otro ejercicio que propongo es escribir un esquema del texto. Con la oración de tesis bien delimitada esto es más fácil, pues simplemente se toman las ideas secundarias y se buscan otras ideas que las sostengan. Con tres o cuatro ideas que sostengan a cada una de las secundarias, tenemos ya estructurado un párrafo. Los párrafos, como sabemos, son un conjunto de oraciones que sostienen una idea principal. En este ejercicio también suele ser complicado ‘dejar ir’ a ideas que pueden ser interesantes, pero no aportan suficientemente al texto que queremos redactar. Hay otros ejercicios, como hacer una lluvia de ideas, servirnos de esquemas gráficos para discriminar lo principal y lo secundario, dejar los textos reposar, etc. Lo importante es buscar una manera de estructurar nuestro texto antes de volcarlo a la página en blanco.

Si tenemos idea de lo que vamos a decir, la página en blanco nos resulta menos terrorífica, y nuestros textos resultarán más interesantes y ordenados. Hay una frase del escritor del Siglo de Oro Baltasar Gracián que funciona como una máxima para la escritura: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Cuando nos enfrentamos con una página en blanco es bueno tener esta frase en mente, sobre todo porque en el momento de estructurar las ideas que vamos a comunicar a nuestro lector, escribiremos solo lo importante, lo que aporte, y dejaremos de lado aquello que corte el ritmo, que no brinde información necesaria o que esté de relleno.

El impulso a la cultura, un reto nacional


La semana pasada, en Quito, se llevó a cabo en la Universidad Católica (PUCE) la 51 edición de la Feria del Libro. Esta es, tal vez, una de las ferias más antiguas de nuestro país. En ella se efectuaron varias mesas de discusión, presentaciones de libros, entrevistas, talleres y mucho más. Estuvieron presentes varias editoriales y librerías, independientes y sobre todo de la ciudad. Fue una fiesta, como tiene que ser toda feria que celebre al libro y a la lectura. Afortunadamente, esta no es la única feria ni la única ventana que se abre para las letras en nuestro país. Cada vez son más las iniciativas que impulsan el que se discuta y se comparta acerca de las diversas labores que rodean al libro. Aunque, todavía, sigue tratándose de espacios y de proyectos que cuentan con poca difusión y un público acotado.

Durante los últimos años, se han fortalecido las ferias del libro organizadas por universidades, entre las que se destacan la mencionada de la PUCE o la Libre Libro de la Universidad de las Artes. Y también han ganado fuerza aquellas regionales organizadas por iniciativa gubernamental o privada, como las de Quito y de Guayaquil. Asimismo, ha aumentado la oferta editorial, sobre todo de editoriales literarias independientes y universitarias. Hay una oferta muy amplia de libros, algunos de muy buena calidad en cuanto a contenido como a presentación. Igualmente, se abren nuevas librerías y centros culturales que apuestan por brindar espacios alternativos, que promueven debates, talleres, incluso micrófonos abiertos para que el que quiera comparta sus creaciones. Sin embargo, aunque estos espacios proliferan, no convocan a un público masivo, pues parece que todavía se cree que la cultura está reservada a ‘las personas de letras’.

Esto se debe, sobre todo, a que la difusión de estos espacios se da por el boca a boca. Salvo las grandes ferias o las grandes editoriales, que cuentan con un presupuesto para difusión, la mayoría de iniciativas se difunden apenas por redes sociales o cuentan, si tienen suerte, con un espacio diminuto e insuficiente en los medios masivos. Parece que si bien la oferta aumenta, no encuentra un impulso. Una muestra de esto es que el círculo se restringe casi siempre a los mismos nombres y a los mismos autores y actores, o quizá a grupos pequeños de ‘habitúes’, lo que convierte a muchas iniciativas en fuegos que se apagan con facilidad. Hace falta una mayor difusión y un compromiso desinteresado de quienes están a cargo de los grandes espacios para hacerse eco de iniciativas que contribuyen al crecimiento como sociedad.

Deben darse a conocer las iniciativas, crear asociaciones de actores culturales que puedan llegar a espacios más grandes, dejar de lado el ego y abrirse a otras manifestaciones enriquecedoras y válidas. También es necesario que se abran espacios de creación, como talleres y concursos para que los interesados puedan participar sin miedo. Debemos hacer esfuerzos para que los buenos ejemplos se difundan porque una sociedad sin arte, sin espacios culturales, sin creatividad y sin memoria camina en círculos y no va a ninguna parte.