jueves, 6 de marzo de 2025

Hablemos de glotopolítica


El término ‘glotopolítica’ sin duda es nuevo para muchos, de hecho, ‘apenas’ fue presentado a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado (1985-1986) por los sociolingüistas franceses Jean-Baptiste Marcellesi y Louis Guespin. La palabra glotopolítica está compuesta por la palabra griega glôtta, que significa ‘lengua’ y política; es decir, se refiere al estudio de las políticas lingüísticas que rigen en determinada región o a determinado grupo. En su artículo ‘Por la glotopolítica’, publicado en la revista Langages en 1986, Marcellesi y Guespin afirman que esta “es necesaria para englobar todos los hechos del lenguaje donde la acción de la sociedad reviste la forma de lo político”. Esto quiere decir que existen decisiones sociales, gubernamentales, económicas, entre otras, que legitiman los usos y establecen, de cierta manera, el estatus de las lenguas.

En muchas ocasiones puede parecer que lengua y política son conceptos cuya convergencia es ‘artificial’, pues, si lo vemos desde un punto de vista superficial, puede parecer absurdo que algo tan ‘puro’ como la lengua esté relacionado con algo tan ‘opaco’ como la política. No obstante, aunque el término de glotopolítica solo tenga tres décadas, las lenguas siempre han estado, de cierta forma, legitimadas (o deslegitimadas) por decisiones políticas. Pensemos, por ejemplo, en las situaciones que llevaron al español a imponerse en América o, más recientemente, en las decisiones políticas (que atraviesan lo económico, social, educativo, etc.) que llevan a que el inglés sea considerada una especie de ‘lengua franca’ en el mundo. Este caso, por ejemplo, no es circunstancial. Para que el inglés se imponga como una lengua de comunicación mundial, los diversos Estados tuvieron que establecer políticas que la ubican dentro de los programas educativos, por ejemplo.

En el caso de las lenguas consideradas oficiales, la glotopolítica juega un papel importante. Nos podemos preguntar, por ejemplo, ¿qué lleva a un Estado a decidir sobre la oficialidad de la lengua en detrimento de otras? El caso de nuestro país es bastante ilustrativo. Recordemos, por ejemplo, todo lo que ocurrió para que el kichwa y el shuar fueran incluidos como lenguas oficiales de relación intercultural en la Constitución de 2008. Si bien esta inclusión responde a una reivindicación y al reconocimiento de las lenguas ancestrales y los pueblos que las hablan, también responde a decisiones políticas en las que están implicados otros intereses, quizá menos ‘sacrosantos’. Pensemos también en por qué esta inclusión muchas veces se ha quedado en el papel y no ha pasado a la vida real. Es, precisamente, porque ese paso implica políticas sobre cuyas decisiones, en ciertos casos, ni siquiera intervienen los usuarios ‘de a pie’, es decir, no son del todo democráticas.

Marcellesi y Guespin, en su artículo fundacional de la glotopolítica, indican que, para que las políticas sean democráticas, debe haber una comunicación en dos direcciones: la de los responsables de establecer las políticas y la de los usuarios de las lenguas. Si bien los responsables son los que fijan estas políticas, por contar con el poder gubernamental, económico, etc., los usuarios las direccionan, pues son ellos quienes deben participar, según Marcellesi y Guespin, “de la búsqueda, de la discusión, de la decisión”. Es necesario siempre que los usuarios participen en las decisiones, que aporten con su identidad a las diversas prácticas. La cuestión de la glotopolítica merece muchas columnas, pero es importante que pensemos en que las decisiones que se toman en relación con las lenguas implican a toda una sociedad, a Estados, a pueblos originarios, y todos debemos involucrarnos en los debates que se generen en torno a ellas.

lunes, 29 de enero de 2024

¡Una errata!

Desde hace varios años, la Asociación de Correctores de Textos del Ecuador (Acorte) organiza el concurso Caza de Erratas. En este concurso, la Acorte invita a los ecuatorianos y ecuatorianas mayores de 15 años a buscar erratas en publicaciones digitales o físicas de instituciones públicas y privadas. 

¿No les ha pasado que caminan por la calle y encuentran un anuncio que les ofrece "la oportunidad de tú vida" o leen una publicidad en Facebook donde les cuentan que "a llegado el momento de brillar"? Pues ahora podemos evidenciar esas equivocaciones gramaticales y ortográficas que campean por ahí mientras hieren nuestros ojos sin compasión. Pueden tomar una foto a ese texto o hacer una captura de pantalla, y enviarla a la dirección de Acorte: acorte.ec@gmail.com. Las bases completas se encuentran en la página de Acorte.

Pero ¿qué son las erratas y por qué tenemos que evitarlas? En el DLE se define a la errata como "equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito". Las erratas suelen ser involuntarias y son muy comunes en los textos, más comunes de lo que imaginamos. Sin embargo, el hecho de que sean involuntarias o, mejor dicho, producto de deslices 'técnicos', no quiere decir que no debamos prestarles atención.

La Wikilengua, en su artículo referente a las erratas, menciona los siguientes tipos:

§  Duplicaciones de de palabras, sobre todo preposiciones y artículos

§  La supresión palabras, sobre todo si son cortas (las preposiciones son las más comunes)

§  El baile de letars

§  La adición ó supresión de acentos o dieresis 

§  La pulsación de uba tecla equivocada

§  La supresón o añadido de algunna letra

¿Notaron las erratas? Como ven, muchas veces estas se deben a despistes por no revisar el texto con suficiente atención. O, en ocasiones, se confía solo en el corrector del programa con el que trabajamos. Pensemos que estos programas pueden ser útiles, pero no registrarán erratas como la supresión de tildes o diéresis. Por ejemplo, si escribimos: "Mañana empezaran las rebajas", probablemente el corrector del sistema pase de largo la errata "empezaran" porque la palabra existe como un subjuntivo de tercera persona. El sistema casi nunca se preguntará si debió haberse escrito el futuro "empezarán", que sería lo correcto.

Ahora, seguro se estarán preguntando por qué se escapan las erratas. Hay una historia divertida con respecto a esto: en la Edad Media, cuando se encontraba una errata en los textos, los copistas lo atribuían a un demonio llamado Titivillus. Este demonio colaba las erratas y arruinaba todo. Sin embargo, aunque todavía ahora pensamos en Titivillus cuando se cometen erratas, sabemos que existen varias razones para que estas se deslicen en los textos. Estas son algunas:

§  Por descuido

§  Por desconocimiento

§  Por falta de rigor

§  Por falta de comunicación

§  Por apuro

§  Por saltarse algún paso del proceso

Estas razones, como habrán notado, no son culpa de Titivullus, sino de la poca atención que ponemos cuando escribimos. Es verdad que a veces estamos apurados, que escribimos el texto y lo enviamos sin darle una última mirada. También puede pasar que estamos tan cansados o tan familiarizados con nuestro texto, que no podemos poner la suficiente atención cuando lo releemos. O tal vez la fecha de publicación está tan cercana, que nos omitimos pasos, como enviar el texto para que lo revise un profesional. Por último, también ocurre que tenemos una duda, pero evitamos recurrir al diccionario porque estamos 'casi' seguros de que se escribe de esa manera equivocada.

Obviamente, habrá tipos de textos que no requerirán de tanta rigurosidad, como cuando chateamos con nuestros amigos y olvidamos tildar o poner el signo de interrogación de apertura, o incluso en nuestros posts personales de las redes sociales. Estos textos, aunque deberían estar siempre correctos, "se entienden" en relación con el contexto o la cercanía entre los participantes del proceso de comunicación. Sin embargo, hay otros textos en los que la revisión exhaustiva sí es indispensable. Por ejemplo, las publicidades de empresas o instituciones públicas. En estos casos, la errata no solo es una anécdota sino una muestra de falta de rigurosidad en los procesos e, incluso, de respeto a quienes reciben esos mensajes.

Pensemos también en que muchas veces las instituciones y las empresas cumplen roles pedagógicos y funcionan como autoridades. Si la ciudadanía encuentra un “mas respeto, por favor” en la puerta de un ministerio, pensará que ese “mas” es correcto y, quizá, que ya no deberá escribirse con tilde. Una errata en los textos de instituciones y empresas, además, habla muy mal de quien emite la comunicación.

Por esto, la iniciativa de Acorte resulta tan interesante. Es una invitación a registrar las erratas y también, de cierta forma, a exigir que los textos que se publican sean revisados con cuidado, con atención, con respeto hacia quien los lee. Entonces, ¿están dispuestos a aceptar el reto y salir a cazar erratas?

 


jueves, 2 de junio de 2022

¿Por qué cobramos las correctoras?

 "Son fijos por que los cambios que tienes que hacer básicamente es la sangría francesa, cursiva en algunos y poner bien los que tienen Pag web". Esto es, literalmente, lo que me escribe una persona que necesita mis servicios de corrección cuando le digo el precio que le cobraré por revisar una bibliografía. No es la primera vez que me pasa. Muchas veces los clientes piensan que el costo de la corrección es excesivo porque, para ellos, nuestro trabajo solo consiste en poner comas, arreglar las oraciones, cambiar algunas palabras, modificar un poco el formato y ya. 

La verdad es que el servicio de corrección no es barato, pero es un servicio indispensable si eres un autor o una autora responsable, si quieres que quienes te leen entiendan lo que les estás contando, si aspiras a que la experiencia de leer tu texto sea óptima. Sí, las correctoras cobramos, pero no  "básicamente" por poner sangrías, cursivas o páginas webs. Les voy a contar por qué "osamos" cobrar por nuestros servicios.

En primer lugar, no llegamos a ser correctoras por arte de magia. No nos despertamos un día cualquiera y, ¡oh sorpresa!, descubrimos que teníamos el maravilloso don de embellecer un texto. No. Nos preparamos para ser correctoras. En el Ecuador, como en varios países hispanohablantes, solo desde hace algunos años existe oferta de formación en corrección. Muchas de quienes ejercemos la corrección como una profesión tuvimos que formarnos por nuestra cuenta. No es suficiente estudiar pregrados y posgrados relacionados con la lingüística y las letras, sino que debemos especializarnos mucho más, y todo el tiempo. Hemos estudiado cursos sobre numerosos temas; invertimos en capacitaciones, en congresos, en libros y manuales (muchísimos libros y manuales), y consultamos constantemente con colegas y expertos. Muchas de nosotras incluso nos hemos dedicado a formar correctores de textos y hemos logrado que nuestra profesión sea reconocida en nuestros países. Convertirnos en correctoras ha implicado un camino largo, una inversión fuerte y mucha muchísima preparación. No cobramos por poner comas sino por todo lo que nos ha llevado a ser expertas en saber dónde poner una coma y dónde no.

En segundo lugar, muchas personas piensan que corregir es una labor mecánica, tan mecánica que incluso se puede reemplazar a quienes corrigen por el corrector de Word (que es más barato, por supuesto). Les cuento que no. La corrección no es una labor mecánica porque cada texto es un mundo. Si bien la norma tiende a ser la misma para todos los textos escritos en una lengua (algo que incluso podría refutarse), cada uno cuenta con sus particularidades. No podemos tratar de la misma manera a un texto periodístico que a uno académico o a uno literario. No es lo mismo revisar un libro de arqueología que uno de matemáticas. No son pertinentes las mismas correcciones en poesías que en recetas.

Además, cada autora y cada autor tienen su propio estilo. Es nuestro deber mantener esa impronta y lograr que el texto sea legible y cumpla con su intención comunicativa. Esto es algo que el corrector de Word no logrará; de hecho, ni siquiera lo logrará quien "escriba bonito y tenga buena ortografía". La corrección no es solo ortografía, buen gusto y sentido común. La corrección es saber mirar las particularidades de cada texto, de cada autor, de cada lector, y saber tender un puente que convierta a la lectura en una experiencia agradable y fascinante. Por esto también cobramos.

En tercer lugar, cobramos por todo lo que les ahorramos a los clientes. Sí, aunque no lo crean, se ahorran dinero cuando invierten en una buena corrección. Ilustraré esto con una anécdota: hace algunos meses, me contactó una persona que necesitaba que corrigiera su tesis de doctorado. El precio le pareció excesivo y contrató a una "correctora" que le cobraba menos. Resulta que esa "correctora" ultracorrigió y transformó tanto el texto que la autora ya no lo podía reconocer como suyo; además, no cumplió con el plazo que había ofrecido. La autora perdió dinero y recurrió a mí para que le corrigiera el texto. Como esta, son numerosas las anécdotas de personas que deben contratar nuevas correcciones porque las estafaron por querer ahorrarse el trabajo de corrección. También existen historias sobre empresas que, por no contratar correctores, publican textos plagados de errores que luego deben retirar de circulación. Invertir en una buena corrección, a la larga, te ahorrará dinero, tiempo y dolores de cabeza.

Por último, para cotizar una corrección, evaluamos varios parámetros. Los precios que cobramos no se nos ocurren de acuerdo con el estado de ánimo con el que nos hayamos despertado. Por ejemplo, no es igual contar con un mes para corregir un texto de 200 páginas que contar con dos semanas o con una. Los tiempos reducidos implican también un costo para nosotras; significan que destinaremos más tiempo a esa revisión y que deberemos dejar otras actividades, o incluso perder algunas asignaciones. Igualmente, si, por ejemplo, debemos corregir una traducción no podemos cobrar lo mismo que por un texto normal. Cuando corregimos traducciones debemos conocer el idioma de origen y comparar con el texto meta. Otro ejemplo: en algunos textos académicos se debe ajustar el formato al que piden las universidades o las editoriales; este es un trabajo largo y exige una extrema meticulosidad, por eso no lo podemos cobrar igual que un texto que tenga el formato adecuado. En fin, estos son solo algunos parámetros. Como cada texto es un mundo, cada uno deberá ser evaluado de distinta manera para establecer un precio. Cobramos por saber cómo medir esos parámetros.

Como ven, corregir implica muchos aspectos. Las correctoras cobramos precios justos por nuestro trabajo. Lo curioso es que precisamente quienes más lo necesitan (y no son conscientes de ello) son quienes más regatean o se escandalizan por los precios. La corrección cuesta, sí, pero contratar este servicio da cuenta de la responsabilidad de quien escribe y de su preocupación por ofrecer al mundo textos legibles, agradables, que aporten a la sociedad.


jueves, 2 de abril de 2020

Literatura para niños y jóvenes


Cuando escribimos, uno de los primeros puntos en los que debemos pensar, aparte de lo que queremos decir y cómo, es en nuestro destinatario. Escribir puede ser visto como una tarea sencilla, circunscrita a plasmar nuestras ideas en un papel o en una pantalla, pero ¿cuántas veces pensamos en el que está al otro lado, en el que leerá lo que escribimos? ¿Tenemos idea de sus gustos, de sus expectativas, de su manera de acercarse a lo escrito? ¿O solamente nos dejamos guiar por ideas preconcebidas? Es complicado plantear una tipología de los lectores, pues hay tantos lectores como interpretaciones pueda tener un texto, pero por lo menos podemos intentar acercarnos un poco a ellos, y pensarlos como personas reales. Muchas veces sucede que pensamos en el destinatario, pero lo hacemos de una manera ‘romántica’ y escribimos desde nuestras propias concepciones sin indagar quiénes son. Esto sucede, con frecuencia, en los textos para niños y jóvenes.

Durante mucho tiempo, la literatura para niños y jóvenes ha estado pensada como un tipo de literatura prescriptiva, ‘menor’, que debe limitarse a educar en valores y nada más. Está bien que la literatura transmita un mensaje, y que este sea positivo; sin embargo, no se debe subestimar al destinatario. Cuando nos acercamos a gran parte de la literatura para niños, nos encontramos, por ejemplo, con rimas fáciles, textos demasiado simples, derrames innecesarios de diminutivos, o temas llanos y superficiales. Como si el lector al que está dirigido no fuera tan inteligente o quisiéramos que se quedara en una eterna ignorancia de la vida.

En estos tiempos, la literatura para niños y jóvenes debe dejar de ser ingenua, y plantear temas que les interesen, que los hagan cuestionarse, que los identifiquen. Muchas veces, es evidente que la literatura ‘para niños y jóvenes’ (así, entre comillas)  pretende tranquilizar a los padres, con eufemismos y tratamientos políticamente correctos de los temas. También suele asociarse a este tipo de literatura con el best seller con potencial de convertirse en película. Es innegable que estos textos, como las sagas de Harry Potter o Narnia, han hecho que los niños y jóvenes adquieran gusto por la lectura, pero no podemos correr el riesgo de encasillarlos solo en este tipo de lecturas o mirar a sus lectores únicamente como un mercado rentable.

Afortunadamente, con el paso del tiempo la literatura para niños y jóvenes gana terreno, y las propuestas son cada vez más interesantes. En Ecuador contamos con grandes escritores y también con grandes ilustradores, que se juntan para que este tipo de literatura sea más atractiva y salga de lo meramente funcional hacia lo propositivo. También es importante que las políticas de Estado y las políticas editoriales sean más arriesgadas, y piensen en los lectores infantiles y juveniles como personas críticas, inteligentes, capaces de aceptar propuestas, de aprender, de conmoverse y plantear propuestas.

viernes, 27 de marzo de 2020

El lenguaje claro como una política ciudadana


Una de las tendencias actuales es comunicar en lenguaje claro. En muchos lugares se han formado movimientos que insisten en la importancia de este tipo de lenguaje, no solamente en el ámbito hispánico sino en todas las lenguas. Según la Asociación Internacional de Lenguaje Claro (Plain), “una comunicación está en lenguaje claro si la lengua, la estructura y el diseño son tan claros que el público al que está destinada puede encontrar fácilmente lo que necesita, comprende lo que encuentra y usa esa información”. Como vemos, se trata de pensar en textos que sean accesibles para todo tipo de lector y que comuniquen, de una manera sencilla y sin rodeos, lo que tienen que comunicar.

El principal objetivo del lenguaje claro es el lector. En la guía Cómo escribir con claridad, de la Comisión Europea, se proponen tres aspectos que facilitan pensar en el lector: hacer que se implique, imaginar sus preguntas y hacer que se interese. Estos tres pasos, que parecen tan obvios, muchas veces se pasan por alto. Cuando se redactan textos que tienen que ver con temas especializados, se tiende a caer en tecnicismos. Si estos textos están dirigidos a un público que conoce del tema, esto puede no ser un problema; pero si los textos están dirigidos a un público amplio y no especializado, los tecnicismos confunden y entorpecen el entendimiento del texto. Esto pasa, con frecuencia, en los textos jurídicos y médicos.

Si bien es conocida la máxima que dice que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, muchas veces el desconocimiento se da porque las leyes o las normas no están redactadas de una manera clara. Aunque no se pueda cambiar la redacción de las leyes, pues estas ya cuentan con aprobación de instancias estatales muy altas, se puede ayudar a los ciudadanos a entenderlas y asimilarlas. Esta es una tarea de los profesionales del lenguaje claro. Estos profesionales se encargan de crear textos más ‘digeribles’, pensando en las preguntas que puedan surgir del lector y poniendo a su disposición la información. Como indica la Asociación de Lenguaje Claro, tampoco se trata solamente de la redacción, pues el diseño y la disposición del texto también deben ayudar.

En el caso de los textos médicos, también es muy importante ‘traducirlos’ a un lenguaje claro. En muchas ocasiones los pacientes no entienden acerca de sus enfermedades, los procesos y los tratamientos, pues la información de la que disponen está redactada de una manera críptica, que parece solo dirigida a los médicos. Si el lector se encuentra con un texto claro, coherente y fácil de leer, puede incluso tomar más precauciones y cuidar más su salud. 

Estos son solamente algunos ejemplos de los ámbitos en los que puede (y debe) usarse el lenguaje claro, sin embargo, es una tendencia que debería seguirse en todos los ámbitos de comunicación ciudadana, pues cuando el lector entiende el texto es más fácil que se implique, que opine, y que no caiga en omisiones o errores que pueden costarle la vida o la libertad.

jueves, 26 de marzo de 2020

Celebremos a la poesía y todo lo que representa


En 1999, la Unesco declaró al 21 de marzo Día Mundial de la Poesía. Se eligió esta fecha porque en el hemisferio norte se celebra el equinoccio de primavera, la estación ‘más romántica’ del año (en el hemisferio sur, en cambio, se celebra el equinoccio de invierno).  La Unesco, al referirse a este día, dice que “la poesía es una manifestación de la diversidad en el diálogo, de la libre circulación de las ideas por medio de la palabra, de la creatividad y de la innovación La poesía contribuye a la diversidad creativa al cuestionar de manera siempre renovada la forma en que usamos las palabras y las cosas, y nuestros modos de percibir e interpretar la realidad. Merced a sus asociaciones y metáforas y a su gramática singular, el lenguaje poético constituye, pues, otra faceta posible del diálogo entre las culturas”.

Durante toda la historia de la humanidad, la poesía ha estado siempre presente. A los seres humanos nunca nos bastó describir el mundo tal como lo ven los ojos o como los perciben los sentidos, porque, además, hay cosas que no se pueden describir de manera objetiva. Necesitamos de la creatividad que nos brinda la poesía para expresar esos sentimientos o esas sensaciones que escapan de toda ‘lógica’ lingüística. Y también debemos ser creativos al decodificar ese mensaje. La poesía nos obliga a ir más allá. A veces las sensaciones que nos produce, al igual que toda forma de arte, no pueden explicarse sino solo sentirse, y la poesía nos ayuda a acercarnos a ellas.

Es interesante cuando la descripción de la Unesco menciona a la libre circulación de las ideas al referirse a la poesía y también cuando alude a la diversidad. La poesía es una de las más altas expresiones culturales. Al contrario de lo que muchos pueden suponer, la poesía no es una manifestación propia de las élites, pues todas las culturas y los pueblos, en todos sus niveles, se han comunicado a través de ella. Tenemos, por ejemplo, las mitologías, a través de las cuales cada pueblo intenta explicar el mundo y qué mejor manera que hacerlo que mediante la poesía. La poesía también está antes que la escritura, manifestada en la oralidad. Por eso es diversa y libre, porque cada pueblo se adueña y vibra con ella.

La poesía también es identidad y lucha. Mediante ella somos capaces de afirmarnos como individuos y como sociedades. Al expresar los sentimientos personales podemos llegar a identificarnos con los de otros. La poesía nos ayuda a sacar lo que se tiene adentro, las alegrías y las frustraciones; a hacer más evidentes aquellas cosas que solemos callar. El hecho de que nos conecte a un nivel mucho más profundo y de que nos proyecte hace que nos hermanemos sin importar dónde estemos, que compartamos las luchas que nos ocupan, que nuestras voces lleguen más lejos. Por eso, cuando celebramos a la poesía, celebramos las voces diversas, lo que nos mueve, lo que nos comunica y nos hace más humanos. Tal vez si nos dejáramos llevar por ella seríamos un poco más felices, más relajados y más conscientes de nuestro lugar y nuestro poder en el mundo.


domingo, 27 de octubre de 2019

Escritura para la vida y la academia, taller de Emepecé Asesoría Lingüística

En este taller, que durará ocho horas, revisaremos pautas que nos permitan redactar todo tipo de textos de una manera clara y eficiente. Veremos algunos trucos infalibles para puntuar y acentuar correctamente, así como errores frecuentes que cometemos en el español. También nos acercaremos a las particularidades de la escritura académica. Revisaremos las normas de citación y referenciación de la APA, y cómo estructurar un ensayo.
     El encuentro se llevará a cabo los sábados 9, 16, 23 y 30 de noviembre, de 10:30 a 12:30, en librería Rayuela (Germán Alemán E12-62 y Juan Ramírez, Quito).



Curso Introducción a la corrección de textos

Este es un curso diseñado para quienes deseen conocer las bases de la corrección de textos. Cuenta con dos componentes: gramatical y práctico. En el primero, revisaremos la normativa referente a la puntuación, la acentuación y la sintaxis. En el segundo, exploraremos cuestiones prácticas sobre nuestra profesión, como corrección de originales, en PDF y en maqueta, y ortotipografía.
       El curso se llevará a cabo del 5 de noviembre al 18 de diciembre de 2019, los lunes, martes y miércoles, de 18:00 a 20:00, en la Facultad de Comunicación, Lingüística y Literatura de la PUCE-Quito.







viernes, 31 de mayo de 2019

Ser personas de palabra: una forma de resistencia


Si buscamos en el DLE el término palabra, nos encontramos con 14 acepciones y muchas más construcciones y locuciones. La palabra no es solo la unidad lingüística dotada de significado o la capacidad de hablar, es, además, el “empeño que hace alguien de su fe y probidad en testimonio de lo que afirma” y “una promesa u oferta”. No tener palabra, según el mismo DLE, es “faltar fácilmente a lo que ofrece o contrata”, igual que faltar a la palabra. La palabra, en este sentido, es uno de los conceptos más desvirtuados que existen.

Las primeras acepciones son fáciles de entender, pues se refieren al acto de hablar, de articular sonidos que tengan un sentido, de construir enunciados que nos permitan comunicarnos. Y también, por supuesto, son fáciles de llevar a cabo. Desde pequeños aprendemos a articular sonidos para comunicarnos. Las palabras van brotando a medida que vamos comprendiendo el mundo y la urgencia de ser parte de él. Hablar (no solo en el sentido de articular sonidos) nos permite ‘entrar en sociedad’. Sin embargo, lo complicado es hacernos responsables de aquello que decimos, de las palabras (o la palabra) que dejamos salir; ser personas de palabra.

Lamentablemente, nos damos cuenta de que en nuestra sociedad resulta cada vez más difícil encontrar personas capaces de sostener la palabra, es decir, de cumplir aquello que prometen. Parecería que esta ya no es solo una costumbre de los demagogos que quieren ganar el poder popular con palabras y promesas, sino una especie de modus vivendi (y operandi) de casi todos. Es muy fácil decir palabras, hacer promesas, hablar hasta cansarse empleando millones de florituras, pero parece que muchas veces lo que se dice se pierde en el aire, como si la palabra solo fuera una expresión acústica y punto.

Parece que la palabra, por sí sola, careciera de todo valor. Es como si todo lo que se dice, para tener algún sentido, debiera contar con algún respaldo. Lo que se dice no existe o nunca existió si no está notariado, filmado o escrito; si no hay un testigo que corrobore lo que ha expresado el otro. Quien se confía de la palabra del otro es considerado un tonto, un ingenuo que no ha tenido la ‘viveza’ de sospechar siquiera de lo que le han prometido. Al contrario de lo que debería pasar en un mundo sano, de personas honestas, en el que no hay nada más valioso e importante que la palabra del otro, en nuestro mundo (o en nuestra ‘cultura’) se considera inteligente, ‘pilas’, al que miente, promete y dice cualquier cosa por salir del paso.

Puede ser un poco ingenuo de mi parte, pero creo que todavía podemos revertir las cosas y dar a la palabra el valor que debería tener. Todavía podemos, aunque nos tachen de tontos, empezar a prometer lo que vamos a cumplir, aunque sea una promesa mínima. Todavía podemos ser personas de palabra. Tal vez, precisamente, esa sea una forma de rebeldía, de resistir en un mundo en el que no se empeña nada y mucho menos la palabra, que tanto dice de nosotros y tanto nos representa.

sábado, 27 de octubre de 2018

De correctores voluptuosos y demiurgos


Dijo el corrector, Sí, el nombre de este signo es deleátur, se usa cuando necesitamos suprimir y borrar, la misma palabra lo dice, y tanto más vale para letras sueltas que para palabras completas. Esta es la primera frase de Raimundo Silva en Historia del cerco de Lisboa, de José Saramago. Corrige textos para una editorial de Lisboa, pero es autónomo, afortunadamente trabaja en casa y dispone de su tiempo. Tiene Raimundo Silva el hábito higiénico de concederse a sí mismo un día de libertad cuando termina la corrección de un libro. Es como un desahogo, dice él, una purga.

Esta mañana ha salido luego de entregar una corrección, pero no una corrección cualquiera: ha modificado un texto de historia de tal forma que ha cambiado el relato del cerco de Lisboa. Raimundo ha roto el código deontológico no escrito que pauta la relación del corrector en relación con las ideas y opiniones de los autores. Sin embargo, antes de que todo estalle, se sienta en una mesa de la confitería A Graciosa, con el manuscrito del libro que acaba de corregir. Saca unas páginas y lo lee. La confitería, la cafetería, el restaurante… lugares donde trabajan muchas veces los correctores. Junto a una taza de café dejan que pasen las horas mientras, en su computadora portátil o en los manuscritos, realizan esa labor de dar sentido a un texto, de ordenarlo para que quien lee pueda hacerlo con tranquilidad. Este café imaginario, que puede estar en cualquier esquina de Quito, Lima, Montevideo, Buenos Aires, Madrid, Barcelona, Caracas… nos convoca esta tarde a conversar sobre la corrección de textos.

Todos quienes compartimos esta mesa llevamos en la corrección por lo menos una década, nos han juntado congresos, trabajos, talleres… somos colegas de aquí y de allá; diría que más que colegas: cómplices y amigos. Cuando nos preguntamos sobre nuestra profesión, las respuestas surgen raudas, naturales. Nuria Gómez Belart vive en Buenos Aires y es correctora desde finales de los noventa. “La corrección es una forma de vida”, dice mientras bebe un sorbo de té. “También es un juego, donde hay que descubrir errores, y es un arte, donde hay que pulir los detalles de las obras que otras personas escribieron”. 

Andrea Torres, de Quito, suelta una frase que nos deja pensando: “Los correctores somos lectores que redimen”, y añade: “somos lectores especializados y expertos en la lengua; somos, no solo correctores, sino asesores lingüísticos”. Todos asentimos, pues nos identificamos: nuestra labor se ha convertido en una suerte de asesoría lingüística. Ya no solo consiste en corregir las erratas de un texto, sino en acompañar al autor, desde el aspecto lingüístico, para que su documento sea limpio y legible. Raimundo, desde su mesa, detiene su lectura: En lo más secreto de nuestras almas secretas, nosotros, los correctores, somos voluptuosos y esta voluptuosidad de la que habla con tanto desparpajo nos permite acercarnos a los lectores y tratar de mirar dentro de su alma. María Ester Capurro, de Buenos Aires, observa en silencio, piensa que necesitamos volver a la corrección gourmet, esa que se relaciona con el autor, que lo escucha y que lo asesora.

La corrección es uno de los eslabones indispensables de la cadena editorial. Mientras ceba un mate, Pilar Chargoñia, nuestra colega de Montevideo, lo resume así: “Cuando cada uno de los actores editoriales está formado para la tarea que se le pide, trabajar en la edición de las publicaciones es un verdadero placer: hacer buenos libros para los buenos lectores. No hay nada mejor”. Los correctores no trabajamos solos, lo hacemos con editores, diagramadores, diseñadores y, por supuesto (algunas veces), directamente con el autor. En este equipo editorial, el objetivo siempre es el lector. Por eso, una de las mayores satisfacciones de nuestro trabajo es ofrecerle un buen producto. 

Oscar Carrasco es limeño y, además de corrector, escritor de literatura juvenil. “Yo amo los libros”, nos dice, “y lo que más me satisface de la corrección es contribuir a hacerlos”. Gabriela Vargas, coterránea de Oscar, coincide con él: “Lo que me gusta más de esta profesión es ver el trabajo terminado. Es un orgullo saber que mi trabajo ha contribuido para que ese agente comunicacional pueda decir, cambiar planes o afianzarlos, y regalar conocimiento nuevo”. Para María Ester, este trabajo es especial: “Me da placer el hecho de tener un texto delante y enfrentar el desafío de mejorarlo”. Y Sofía Rodríguez, también de Lima, añade: “Me gusta mucho el trabajo terminado, también las dudas resueltas. Me emociona ser la primera lectora; me hace feliz aprender algo nuevo con cada trabajo”.  “Ese primer encuentro con el libro y la revista”, dice también la argentina Carolina Tosi, “es un placer inexplicable”. Somos voluptuosos, piensa Raimundo mientras nos mira.

Aparte de la satisfacción de entregar un trabajo bien hecho, la corrección nos reporta satisfacciones personales. Ricardo Tavares, de Caracas, nos confiesa que gracias a esta profesión se convirtió en un “mejor lingüista”, pues la corrección le ha “cambiado la vida” y le ha ayudado a ver nuevas perspectivas lingüísticas en su trabajo. También confiesa que una de las cosas que más le gusta de la profesión es la glocalidad, “actuar local en un contexto global”. Esto nos permite trabajar desde cualquier lugar del mundo para clientes de cualquier lugar del mundo. Todos trabajamos desde nuestras ciudades, pero eso no nos impide revisar textos de otros lugares, como Panamá o España, en el caso de Ricardo. 

Alberto Gómez Font, de Madrid, quien no se considera un “corrector al uso”, nos cuenta, mientras se sirve un martini (además de filólogo, Alberto es barman), que cuando trabajó en la agencia Efe, desde los ochenta hasta la primera década de los dos mil, el principal trabajo del Departamento de Español Urgente (que luego se convirtió en la Fundéu) era cuidar que los textos se presentaran en un español inteligible para todos los confines hispanohablantes; glocalidad en su máxima expresión. 

Amelia Padilla vive en Barcelona y, junto con Alberto, es, de todos nosotros, quien más tiempo se ha dedicado a esta profesión: más de treinta años. Ella, que empezó a corregir cuando todo se hacía en papel, nos cuenta: “Me gusta mi profesión, a la que no le es ajena una cierta vocación, y me vuelco en cada texto con la misma ilusión del primer día, con el afán de mejorarlo en la medida de lo posible; intento aprender algo cada día, así como evitar caer en la rutina”.

Llevamos horas hablando sobre nuestra profesión, nos sentimos hermanados en esa tarea a la que hemos llegado, casi siempre, por ‘caminos culebreros’. Gabriela nos cuenta que ella empezó a corregir porque se enfermó el corrector principal de la editorial donde trabajaba. Andrea dice que todo empezó “por necesidad y un golpe de suerte”, pues un amigo le pidió que revisara su tesis y, años más tarde, le contrató para revisar unos libros. María Ester es traductora, pero también se decantó por la corrección. Para Nuria la corrección fue una salida rebelde a la carrera de Secretariado en la que le matriculó su papá para que no estudiara Historia. Oscar optó por el mundo editorial porque no soportaba dedicarse a la docencia. Alberto aprendió de manera autodidacta. Amelia siguió unos cursos en una editorial, donde luego se quedó más de una década. Yo empecé como correctora cuando en un periódico, con la intención de ‘ascender a periodista’, y me apasioné tanto que esta profesión se convirtió en mi placer y sustento. Pilar y Carolina hicieron la carrera de docentes en Letras. En fin, todos llegamos a esta profesión por alguna casualidad maravillosa (o “causalidad”, como me corrige María Ester).

“Sin embargo, no todo es coser y cantar”, nos dice Amelia y todos asentimos. Es que si bien la corrección tiene innumerables satisfacciones, también tiene dificultades. Una de las principales es que los correctores no escapamos a la crisis económica que afecta a todos los países, en mayor o en menor medida. “La realidad actual, en España, pasa por la crisis mundial económica que nos ha afectado de pleno y que ha motivado que algunos sectores hayan recortado algunos procesos, en los que los correctores hemos visto mermada la demanda de nuestros servicios”, nos cuenta Amelia. María Ester comenta que en Argentina la situación es complicada; igual que en Ecuador. 

Sin embargo, el caso más complicado es el de Venezuela, donde la corrección se encuentra determinada por la grave crisis que afronta el país: “Por una parte, cada vez se cierran más espacios laborales tradicionales, pues la baja demanda de productos editoriales en papel y su elevado costo de producción desestimula mantener operativas a las empresas de este ramo. Por otra parte, presupuestar un proyecto de corrección en un contexto de hiperinflación es harto complicado, pues lograr que el cliente acepte el costo de los honorarios profesionales y sobre todo que lo pague con prontitud es toda una carrera contra el tiempo. En caso de tener un trabajo para una editorial, la presión sobre el cumplimiento de los plazos es aún mayor, porque las imprentas ofrecen presupuestos de muy corta vigencia. Otra dificultad, mucho más acentuada en el interior del país, son las constantes fallas de energía eléctrica y de conexión a internet. Limita mucho el trabajo, pues todo se hace a computadora”. Todos nos quedamos en silencio…

Aparte de la crisis económica, tenemos otras dificultades, como la poca valoración que todavía sufre nuestra profesión, que incide, sobre todo, en la baja remuneración. Gabriela resume esta realidad, que es la misma en Perú como en el resto de nuestros países: “Lo que más frena a la profesión en el Perú, es que la mayoría no le da tanta importancia. Por eso ofrecen bajos sueldos y los independientes enviamos muchos presupuestos y casi ninguno es aceptado. Estar mal pagado tiene consecuencias. Una de ellas es no poder acceder a capacitaciones, actualizaciones, congresos, etcétera, aparte de lo que exige vivir. Otro ejemplo de lo que sucede aquí es que cada vez hay más improvisados que toman el papel de “corrector de textos”, cobran menos de la mitad de lo justo y consiguen los trabajos (quién sabe cómo dejan los encargos)”. Y, justamente, uno de los problemas que genera esta proliferación de “improvisados” es el hecho de que en muchos países, como Ecuador, todavía no exista una educación formal en corrección de textos. Por fortuna, en Venezuela, Argentina, España y Uruguay, sí la hay, cuentan nuestros colegas.

Pilar nos pincha el globo a todos, que atribuimos nuestras tribulaciones a causas ajenas. “Los correctores también tenemos carencias”, nos dice, y enumera tres: “La falta de conocimiento normativo, la falta de comprensión lectora y la falta de una cultura mínima”. Los que estamos en la mesa bajamos la mirada, sabemos que no sufrimos de esas carencias, pero estamos conscientes de que todavía hay mucho que hacer en la corrección de textos, y ese mucho que hacer pasa por la formación constante, la actualización, la capacitación, y, claro, la apertura de estos espacios para conversar sobre nuestra profesión, nuestros retos, satisfacciones y dificultades. 

Aun así, todos amamos nuestra profesión, incluso Raimundo, que, aunque hojea el texto que acaba de corregir (e invadir), no ha dejado de estar atento a lo que sucede en nuestra mesa. Sin embargo, se acerca y, con una actitud de demiurgo, nos dice: Los correctores, si pudieran, si no estuviesen atados de pies y manos por un conjunto de prohibiciones más impositivo que el código penal, sabrían mudar la faz del mundo, implantar el reino de la felicidad universal, dando de beber a quien tiene sed, de comer a quien tiene hambre, paz a los que viven agitados, alegría a los tristes, compañía a los solitarios, esperanza a quien la tenga perdida, por no hablar ya de la fácil liquidación de miserias y crímenes, porque todo lo harían con un simple cambio de palabras…

martes, 25 de septiembre de 2018

Los cambios en la lengua como una cuestión pública


Hace un par de semanas se suscitó una polémica en España porque se comentó que el Gobierno solicitaría a la Real Academia Española que revisara la Constitución del país y la adecuara a un lenguaje inclusivo. Es interesante el debate que esto ha armado, pues, por un lado, se encuentran quienes apoyan que los documentos oficiales, sobre todo, estén escritos en un lenguaje inclusivo, que no solo evidencie la presencia femenina y de otros géneros entre la ciudadanía sino la de todas las llamadas minorías. Por otro lado, se encuentran quienes defienden a capa y espada el statu quo en la lengua, y recurren al hecho de que el masculino sea el género marcado en el español.

Los grupos que defienden el statu quo afirman que la lengua ya cuenta con los géneros definidos y que tratar de incluir un tercer género atentaría contra el sistema de la lengua, pues no solamente se trata de cambiar una letra en sustantivos y adjetivos, sino de pensar en cambios estructurales que afectan a todo el sistema. Esto es obvio, pues no se trata solo de un cambio en el léxico, sino de cambios morfológicos que serán mucho más complejos de asimilar. El incluir un género neutro, por ejemplo introduciendo la letra ‘e’, es más complicado  que cambiar acepciones en el diccionario. Y ya vemos que lograr que la RAE haga cambios en este aspecto es algo muy peliagudo. Sin embargo, hay que empezar por algo y, al parecer, este tema no va a detenerse porque la RAE lo ignore o porque los gobiernos se pronuncien al respecto (por ejemplo, en Francia, el Gobierno se manifestó contra el lenguaje inclusivo).

Otro argumento que esgrimen quienes defienden que la lengua permanezca como está es que  ya existen dentro de esta fórmulas que permiten evidenciar que no es sexista ni oculta a las minorías. Se han generado textos académicos sobre el tema, como el informe que Ignacio Bosque redactó para la RAE en 2012, en el que analiza varias guías de lenguaje no sexista, y, al final, llega a la conclusión de que no es necesario hacer un cambio en la lengua. También se ha tachado a todos estos cambios de ‘novelerías’ o se ha tratado de minimizar cualquier lucha en el campo lingüístico, son argumentos lingüísticos, por supuesto. El problema es que no solo se trata de un asunto gramatical o léxico; se trata de una cuestión pública, de las demandas de grupos que han sido eternamente minorizados.

La cuestión es que la lengua no le pertenece a un gobierno ni a una institución, pertenece a quien la usa. Si bien todas las lenguas cuentan con normas internas que la regulan y la encauzan, estas pueden modificarse. El debate sobre el lenguaje inclusivo es una muestra de que la lengua está en constante movimiento, y que quienes la usamos podemos intervenir sobre ella, proponer y generar modificaciones que evidencien los cambios y las luchas sociales. Debemos ver que esta lucha no es una ‘novelería’, independientemente de qué letra se imponga en las terminaciones, es una cuestión pública y política en la que lengua juega un papel importante. Y me parece una suerte que seamos parte de este debate, porque decídase lo que se decida se está generando un cambio de conciencia.


La educación intercultural bilingüe y las relaciones diglósicas


Cuando nos encontramos en contextos interculturales, como el ecuatoriano, surge la duda de hasta qué punto se practica la interculturalidad, o es un instrumento funcional que sirve para legitimar y naturalizar las hegemonías. A lo largo de la historia, encontramos ejemplos que dan cuenta de que conceptos como interculturalidad, diversidad o pluralidad se han utilizado como mecanismos para disfrazar prácticas de dominación a las mismas comunidades a las que se pretende ‘revitalizar’, integrar y proteger. En el caso de la lengua, varios grupos colonizadores usaron las lenguas autóctonas para legitimar su poder; como sucedió con la colonización española, que se valió de traducciones de la Biblia a las lenguas autóctonas para dominar a los colonizados. Aun hoy, muchos siglos más tarde, seguimos siendo testigos de este tipo de prácticas, tal vez más sutiles pero igual de ‘eficaces’.



En la educación intercultural bilingüe (EIB) se pueden observar rasgos que indican que la interculturalidad es una práctica y un concepto que muchas veces se queda en el papel. Sabemos que el castellano es la lengua oficial de nuestro país, y que esta, el kichwa y el shuar son reconocidas en la Constitución como lenguas de relación intercultural. Las otras lenguas ancestrales son de uso oficial en su territorio de influencia. Pese al plurilingüismo del país, al ser el castellano el idioma oficial, todos los documentos oficiales deben expresarse en esta lengua. El hecho de que el castellano, el kichwa y el shuar sean lenguas de relación intercultural implica que cuando se apliquen normas relacionadas con la interculturalidad, estas se contrasten. En la EIB, este ‘bilingüismo’ implicará al castellano, como lengua oficial, y a otra de las lenguas de relación intercultural. En el artículo 347 de la Constitución, se establece que dentro del sistema de EIB, la lengua de la nacionalidad es la principal, mientras el castellano será la segunda lengua de relación intercultural. Es decir, aunque el castellano no sea el idioma principal, todos los aprendizajes deberán pasar por su tamiz. Esto ubica a las lenguas en una relación diglósica.


En la EIB se contempla el estudio de dos currículos paralelos de lengua y literatura: uno que se imparte en castellano y otro, el de Lengua y Literatura de la Nacionalidad, impartido en la lengua de las comunidades. Aunque ambos se basen en un enfoque comunicativo, en el que la lengua es un elemento funcional que forma usuarios competentes que puedan comunicarse de manera oral y escrita, al comparar varios pasajes se nota esta relación diglósica de las lenguas. Por un lado, el castellano sirve como lengua funcional, para desenvolverse en el mundo, y, por otro, la lengua de la nacionalidad sirve para revitalizar las culturas, no se llega totalmente a su funcionalidad. Este es un caso muy claro en el que la interculturalidad no alcanza a la realidad del país. Esperemos que ahora, que se está revitalizando la EIB, se considere a las lenguas y a sus usuarios en los mismos niveles.



Reubicar al ser ecuatoriano, una tarea de todos


Esta semana se celebró en Guayaquil el vigésimo Congreso de la Asociación de Ecuatorianistas, con el tema ‘(Re)ubicando el ser ecuatoriano’. En este congreso, que se efectúa cada año en diversas ciudades del país, participan estudiosos e intelectuales que discuten acerca de varios temas que se relacionan con la ecuatorianidad y, sobre todo, cómo nos vemos desde los distintos espacios culturales. Los temas de las ponencias tienen que ver especialmente con la literatura, con cómo se construye ese ser ecuatoriano desde las letras, desde la ficción, desde los estudios sobre nosotros mismos. Y a la vez es un diálogo con otras latitudes, con otros espacios en los que nos reflejamos y en los que se habla sobre nosotros.

La Asociación de Ecuatorianistas surgió en EE.UU., con la intención de reunir a los investigadores ecuatorianos que trabajan en las universidades de ese país, en el campo de la literatura y las artes. La idea era crear foros que permitieran el intercambio de información, tanto dentro como fuera del país. Estas redes que se crean permiten compartir los conocimientos, dar a conocer los trabajos que se efectúan, las investigaciones, así como promover nuevos estudios interdisciplinares y difundir lo que se hace en Ecuador. En la actualidad no solo forman parte de la Asociación quienes residen en el exterior, sino varios investigadores que han participado en los congresos y han contribuido a la discusión sobre el ser ecuatoriano.

Los temas del Congreso de la Asociación de Ecuatorianistas son muy variados, en cuanto abarcan varias etapas de la literatura y la cultura ecuatoriana. Es destacable, por ejemplo, el espacio que se da a nuevas lecturas de los autores de la generación del 30 de nuestro país. Se revisan obras de los autores indigenistas, de los miembros del grupo de Guayaquil, hay varios espacios dedicados a releer la obra de Pablo Palacio… Es interesante esta (re)ubicación del ser ecuatoriano desde estos autores que marcaron una etapa importante en nuestra literatura, sobre todo porque a partir de esta generación la literatura nacional empezó a mirar hacia adentro y a pensarse como ecuatoriana, ya sea desde la denuncia de la explotación de los desposeídos por parte de los terratenientes, la iglesia o el poder político, o desde una nueva manera de hacer literatura.

También se ponen en diálogo las nuevas escrituras con los autores canónicos de nuestra literatura y de la literatura extranjera. Se plantean revisiones a la luz de nuestra realidad actual. Asimismo, se da espacio a la ciencia ficción y a nuevas voces, ya sea desde la periferia o desde la academia. Los congresos como este siempre son una buena noticia porque nos acercan al pensamiento de otros, a las diversas formas de afrontar una obra o una manifestación cultural, nos pone frente al espejo, y hace que nos pensemos hacia adentro y hacia afuera. Estas iniciativas deben diseminarse y también compartirse; es importante que los diversos estudios circulen y se discutan, pues eso ayuda a pensar sobre nuestra identidad.


Las dificultades y los retos de los profesionales de la edición

Hace unos días, una exalumna me escribió para pedirme que revisara un texto que había escrito y lo necesitaba de urgencia, “es corto”, me decía, a manera de excusa. También me llamó un señor que necesitaba que alguien corrigiera su ‘librito’, pero me advirtió que no tenía mucho presupuesto; revisé la primera página y tiene más de cincuenta errores. Varias veces me han llamado amigos para pedirme que les enviara cotizaciones para trabajos de edición o corrección y, días más tarde, he descubierto que ellos necesitaban saber cuánto se cobraba porque estaba iniciándose la tarea. Hace poco, una universidad me ofreció un trabajo en el que pagaban menos de la mitad (¡menos de la mitad!) de lo que se paga normalmente a un corrector, resaltando que, aunque son conscientes de que no pagan mucho, el prestigio de trabajar para la institución lo valía. Estas son unas pocas historias con las que me he enfrentado durante las dos décadas que llevo en la corrección y en la edición. Y no solo me pasan a mí ni a los correctores; esto es bastante común entre los profesionales de la edición: editores, traductores, diseñadores, ilustradores, autores, etc.   

Parece que se pensaría que trabajar con un texto, en cualquiera de sus niveles, es solo cuestión de ‘echarle un ojo’, cuando no es así. Cada uno de los profesionales de la edición (de los profesionales, recalco, no de los improvisados) ha tenido que invertir mucho en su carrera. Con inversión me refiero al dinero invertido en estudios formales, en capacitación y en actualización; al tiempo que esto ha demandado, y a todo el trabajo para conseguir experiencia y experticia. Hay esa falsa idea de que corregir, traducir, editar o diseñar son algo así como un ‘pasatiempo’ para nosotros; se cree que si pasas todo el día leyendo o en la computadora ‘haciendo dibujitos’, cinco minutos de revisar un texto son nada. 

Seguramente esas mismas personas no hacen su trabajo gratis. No se atreverían tampoco a pedirle a un cirujano que, ya que abrió el cuerpo del paciente para operar el corazón, les ‘eche un ojo’ al hígado y a los pulmones; o a un arquitecto, que ya que hizo los planos para una casa, de una vez diseñe una bodega sin cobrar más. Creo que hace falta tomar conciencia de que trabajar con textos es igual de importante para nuestra sociedad que trabajar con cualquier otro tipo de objetos. Los libros, y los textos en general, cumplen, casi siempre, una función educativa fundamental para nuestro desarrollo como sociedad; de ahí nuestra importancia.

Sin embargo, a veces esta subvaloración del trabajo de las profesiones relacionadas con la edición no solo surge de afuera, sino de adentro, de los mismos profesionales que no son conscientes de su importancia. Esto genera una competencia desleal que va en detrimento de la valoración de todos sus colegas. Me parece que, ahora más que nunca, es importante que unirse y plantear propuestas conjuntas para que se valoren nuestras profesiones. Es necesario insistir a las universidades y a las instituciones educativas para que se abran opciones de carreras y de capacitación, y también trabajar en equipo para diseñar perfiles profesionales que nos permitan exigir un trato y un pago justo. Hay que valorar nuestras tareas para que nunca, nadie más, confunda ‘echar un ojito’ con trabajar seriamente.

El terror de la página en blanco y la estructuración de las ideas


Uno de los mayores terrores que afronta quien empieza a escribir, sea novato o experimentado, es la hoja en blanco. Muchas veces resulta angustioso mirar titilar el cursor, si escribimos en la computadora, u observar la hoja de papel vacía, inmaculada. Cuesta empezar, y cuesta, sobre todo, porque cuando empezamos a escribir a veces no sabemos exactamente qué vamos a decir. Tenemos una idea vaga en nuestra cabeza, acaso el tema o dos puntos importantes, pero no hemos pensado en el texto antes de volcarlo a la página. Por esto ocurren muchos problemas de redacción, ya que al tener una idea poco clara de qué queremos escribir, nos lanzamos a decir todo lo que se nos ocurre sobre el tema que escogimos y lo hacemos de una manera desordenada. A la hora de escribir, por lo tanto, es importante planificar el texto y estructurar previamente las ideas que abarcará.

Cuando trabajo en clases de redacción, uno de los ejercicios consiste, precisamente, en ordenar las ideas para escribir un texto. El ejercicio parte de la redacción de una tesis, que no es más que una oración con una idea principal y tres secundarias que la apoyan. La idea principal refleja la intencionalidad del texto (argumentativo, contrastivo, descriptivo, etc.) y las ideas secundarias son los argumentos, ideas, descripciones, etc., que refuerzan esa intencionalidad. El ejercicio parece fácil, pero cuesta bastante, porque se complica encontrar solo tres ideas que apoyen a la principal. Y cuesta también encontrar una idea principal alrededor de la cual gire el resto. También es difícil ‘dejar ir’ otros asuntos relacionados con el tema principal, que nos parecen igual de importantes. Para empezar a escribir un texto, debemos tener claro, entonces, sobre qué hablaremos y cómo restringiremos el tema. Con esta oración base de cualquier texto, la idea queda delimitada y la página vacía empieza a llenarse de ideas ordenadas e importantes.

Otro ejercicio que propongo es escribir un esquema del texto. Con la oración de tesis bien delimitada esto es más fácil, pues simplemente se toman las ideas secundarias y se buscan otras ideas que las sostengan. Con tres o cuatro ideas que sostengan a cada una de las secundarias, tenemos ya estructurado un párrafo. Los párrafos, como sabemos, son un conjunto de oraciones que sostienen una idea principal. En este ejercicio también suele ser complicado ‘dejar ir’ a ideas que pueden ser interesantes, pero no aportan suficientemente al texto que queremos redactar. Hay otros ejercicios, como hacer una lluvia de ideas, servirnos de esquemas gráficos para discriminar lo principal y lo secundario, dejar los textos reposar, etc. Lo importante es buscar una manera de estructurar nuestro texto antes de volcarlo a la página en blanco.

Si tenemos idea de lo que vamos a decir, la página en blanco nos resulta menos terrorífica, y nuestros textos resultarán más interesantes y ordenados. Hay una frase del escritor del Siglo de Oro Baltasar Gracián que funciona como una máxima para la escritura: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Cuando nos enfrentamos con una página en blanco es bueno tener esta frase en mente, sobre todo porque en el momento de estructurar las ideas que vamos a comunicar a nuestro lector, escribiremos solo lo importante, lo que aporte, y dejaremos de lado aquello que corte el ritmo, que no brinde información necesaria o que esté de relleno.

El impulso a la cultura, un reto nacional


La semana pasada, en Quito, se llevó a cabo en la Universidad Católica (PUCE) la 51 edición de la Feria del Libro. Esta es, tal vez, una de las ferias más antiguas de nuestro país. En ella se efectuaron varias mesas de discusión, presentaciones de libros, entrevistas, talleres y mucho más. Estuvieron presentes varias editoriales y librerías, independientes y sobre todo de la ciudad. Fue una fiesta, como tiene que ser toda feria que celebre al libro y a la lectura. Afortunadamente, esta no es la única feria ni la única ventana que se abre para las letras en nuestro país. Cada vez son más las iniciativas que impulsan el que se discuta y se comparta acerca de las diversas labores que rodean al libro. Aunque, todavía, sigue tratándose de espacios y de proyectos que cuentan con poca difusión y un público acotado.

Durante los últimos años, se han fortalecido las ferias del libro organizadas por universidades, entre las que se destacan la mencionada de la PUCE o la Libre Libro de la Universidad de las Artes. Y también han ganado fuerza aquellas regionales organizadas por iniciativa gubernamental o privada, como las de Quito y de Guayaquil. Asimismo, ha aumentado la oferta editorial, sobre todo de editoriales literarias independientes y universitarias. Hay una oferta muy amplia de libros, algunos de muy buena calidad en cuanto a contenido como a presentación. Igualmente, se abren nuevas librerías y centros culturales que apuestan por brindar espacios alternativos, que promueven debates, talleres, incluso micrófonos abiertos para que el que quiera comparta sus creaciones. Sin embargo, aunque estos espacios proliferan, no convocan a un público masivo, pues parece que todavía se cree que la cultura está reservada a ‘las personas de letras’.

Esto se debe, sobre todo, a que la difusión de estos espacios se da por el boca a boca. Salvo las grandes ferias o las grandes editoriales, que cuentan con un presupuesto para difusión, la mayoría de iniciativas se difunden apenas por redes sociales o cuentan, si tienen suerte, con un espacio diminuto e insuficiente en los medios masivos. Parece que si bien la oferta aumenta, no encuentra un impulso. Una muestra de esto es que el círculo se restringe casi siempre a los mismos nombres y a los mismos autores y actores, o quizá a grupos pequeños de ‘habitúes’, lo que convierte a muchas iniciativas en fuegos que se apagan con facilidad. Hace falta una mayor difusión y un compromiso desinteresado de quienes están a cargo de los grandes espacios para hacerse eco de iniciativas que contribuyen al crecimiento como sociedad.

Deben darse a conocer las iniciativas, crear asociaciones de actores culturales que puedan llegar a espacios más grandes, dejar de lado el ego y abrirse a otras manifestaciones enriquecedoras y válidas. También es necesario que se abran espacios de creación, como talleres y concursos para que los interesados puedan participar sin miedo. Debemos hacer esfuerzos para que los buenos ejemplos se difundan porque una sociedad sin arte, sin espacios culturales, sin creatividad y sin memoria camina en círculos y no va a ninguna parte.

Las falencias de la edición universitaria en Ecuador


En los últimos años, sobre todo a raíz la Ley Orgánica de Educación de Superior, las universidades ecuatorianas han aumentado su producción editorial. No es que antes no publicaran textos (especialmente en las instituciones de posgrado), sino que con la Ley esto se volvió indispensable, pues garantiza una mejor evaluación. Además, publicar es uno de los requisitos indispensables y de las obligaciones que debe cumplir un profesor universitario de tiempo completo. Por esto, en los últimos años, ha habido un crecimiento exponencial de las publicaciones y las editoriales universitarias. Esto debería ser una buena noticia y un indicador de que la producción editorial académica está despegando muy bien en nuestro país. Sin embargo, cabe preguntarse si lo que se publica es relevante, si tiene calidad, si aporta al conocimiento, si los canales de distribución son los adecuados, si quienes escriben los libros están preparados para escribirlos...

Lamentablemente, publicar muchos libros no garantiza que sean de calidad. Hay universidades, sobre todo de posgrado, que ya cuentan con una larga trayectoria editorial, con departamentos editoriales consolidados y profesionales, y evaluadores competentes. En estos casos, la producción se mantiene y la calidad es evidente. Sin embargo, muchas otras no cuentan con estas trayectorias y el material que producen deja mucho que desear. He encontrado libros de ‘editoriales universitarias’ cuya presentación es muy mala, parecen diagramados por inexpertos y no cuentan con un estilo académico definido. En varios casos, se nota que los textos no pasaron por los filtros adecuados de edición. Son textos mal escritos, poco rigurosos en cuanto a la investigación, pobres en cuanto a propuesta. En esos momentos, una no solo se pregunta acerca del proceso editorial, sino acerca del proceso de revisión por pares ciegos que exige el Reglamento de Carrera y Escalafón del Profesor e Investigador del Sistema de Educación Superior. ¿En realidad alguien revisa esos textos? Parece que no, que su publicación es una obligación para que la institución se acredite y nada más.

Además de las fallas que tienen las instituciones y sus ‘editoriales’ (insisto, no todas), también está la preparación de los docentes. Muchos no están acostumbrados a producir textos académicos o a investigar. Si bien estas destrezas se adquieren en la vida académica, en varias ocasiones no se lo hace con la debida rigurosidad. Otra razón es que los docentes tienen muy poco tiempo real para investigar y, por lo tanto, producir textos. Para sistematizar en un texto una investigación de calidad se necesitan años y un trabajo en equipo, pero las instituciones y las leyes no garantizan esto. En fin, muchas las costuras se le encuentran aún a la producción editorial universitaria, y quizá para arreglarlas sea necesario revisar las leyes y los reglamentos y, sobre todo, crear conciencia de que la producción no son números sino calidad y seriedad.



La lengua, el cambio, los usuarios y el devenir de la historia

En estas semanas, a raíz de la discusión sobre el aborto seguro y legal en Argentina, han surgido varias discusiones acerca del lenguaje. Palabras y conceptos como feminismo, machismo, concepción, anticoncepción, religión, vida, aborto y muchas más se han pensado y reformulado. Asimismo, la OMS acaba de ‘despatologizar’ la transexualidad, lo que llevará a meditar sobre nuevas maneras de nombrar la realidad de esta identidad sexual. También vimos la tragedia del Aquarius, que obliga a reflexionar acerca de términos como solidaridad, asilo, migración... Hay protestas en muchos países que nos conducen a pensar qué son los gobiernos o la oposición, qué la guerra o las desapariciones. También hay procesos de elecciones que nos ponen frente a palabras como continuidad, terrorismo, Estado, ciudadanía... En el mundo pasan cosas todo el tiempo que nos enfrentan con disyuntivas sobre cómo lograr que todos nos sintamos cómodos al hablar de ellas, para que asimilemos, vivamos y cuestionemos las realidades no solo desde lo político o ideológico, sino también desde lo lingüístico. 

Las palabras, precisamente porque son parte de la historia, siempre están en transformación. Por eso no es raro que ellas se vuelvan el campo de batalla, y su uso suscite largas discusiones y pugnas por el poder de su reino. Sin embargo, estas pugnas resultan incluso risibles e infructuosas porque en el devenir de la historia el uso dicta la última palabra. Es necesario que existan instituciones que normen y regulen la lengua, pero estas no son palabra sagrada. El usuario es quien discrimina las voces, los usos, las connotaciones. Quien está inmerso en el manejo constante de la lengua, desde la calle o desde la plaza, moldea la lengua hasta que las instituciones normativas no tengan otro remedio que fijarlas. Ha pasado siempre durante la historia de nuestras civilizaciones y seguirá pasando. Seguramente siempre habrá alguien que no esté de acuerdo y que pugnará por seguir transformando la lengua. Bendita y maravillosa mutación.

Con las palabras pasan cosas curiosas: adquieren nuevas connotaciones; están quietas esperando una coyuntura que las movilice; otras veces es necesario crear nuevos términos porque el universo léxico es insuficiente; también puede que estén ahí hiriéndonos pero sean tan naturales que no nos damos cuenta de su violencia, o que el rato menos pensado detone la carga ideológica y política con la que se las ha dotado para darnos cuenta de que están ahí…

En estos momentos de mutación es importante que quienes trabajamos con la lengua estemos muy atentos. Escritores, periodistas, docentes, lexicógrafos, lingüistas, correctores, editores, traductores, filólogos, etc., tenemos que estar alertas a las mutaciones y dar respuestas que encaucen los usos para que los significados no se pierdan. Hoy más que nunca tenemos que pensar acerca de la lengua, estar cerca de los usuarios, ser puentes para que las transformaciones lleguen a buen punto, para que todos podamos hacer de la lengua no solo nuestro campo de batalla sino también nuestro refugio y nuestra respuesta.